Ya son semanas las que andamos dándole vueltas al tema de la distancia como uno de los elementos esenciales para evitar la propagación de este virus que nos trae de cabeza. Afortunadamente se ha dejado de hablar de distancia social, para precisar que se trata de mantener la distancia física entre personas. De hecho, la distancia social ya existía antes de la crisis y, en todo caso, lo que es necesario asegurar es de que los caminos de salida de la crisis no acaben ensanchándola aún más. Quizás por esto, de la distancia se suele hablar en sentido negativo.

En realidad, la distancia abre opciones, crea espacios, hace posible el encuentro y el reencuentro. No debe confundirse la distancia con la lejanía o el alejamiento. La distancia no separa, de ser así, no podríamos tener amigos o familiares muy queridos, a quilómetros de distancia. La distancia entre un tu y un yo, es aquel espacio por el que transita el abrazo, la emoción, la confianza y el amor. No es un camino yermo, al contrario, es una ventana que proporciona aire, a ti y a mí, un lugar abierto donde construir, soñar, encontrar complicidades, acuerdos y desacuerdos, esperar…

Entre el todo y la nada es necesario un espacio para llenar. Entre la ira y la serenidad es necesario una distancia que lo haga posible. Entre el conflicto y la concordia es necesario un camino, una grieta, una apertura que permita el encuentro. Entre la desconfianza y la confianza hay un trabajo que pide espacio en el que abandonarse. Entre cerrado y abierto conviene, a menudo, encontrar un entreabierto que invite. Entre la imposición y la colaboración, los espacios participativos exigen distancias para transitar, puntos de encuentro y cruces para dudar. Entre el desacuerdo y el acuerdo, no basta con un punto, se necesita una línea, un segmento, una vía por recorrer.

Sí, la distancia ofrece la posibilidad de encontrar perspectivas diferentes, nuevos enfoques, nuevas caras de una misma realidad. Para apreciar plenamente la belleza de un cuadro, tomamos una cierta distancia. De no ser así, quizás tendríamos una visión distorsionada del mismo, parcial, no completa. En definitiva, equivocada.

Entre la masificación y las compras compulsivas que habitan los templos del consumo, la distancia puede permitirnos un consumo más racional, más reflexivo. Sin las aglomeraciones propias de las respuestas a las llamadas consumistas, la distancia entre la sobreabundancia y la austeridad, puede permitirnos encontrar una paleta de colores impensables, bonitos y sencillos, para colorear la vida. Entre el beneficio desmesurado e, incluso, máximo, y la compensación legítima, la distancia puede abrir una brecha que permita la transformación hacia una economía a medida de la persona. Entre la política del poder y la de la gobernanza, la distancia entre ciudadanía y gobernantes abre un abismo por el que avanzar decididos hacia la nueva democracia que necesitan las sociedades complejas y plurales.

En definitiva, la distancia puede hacer ganar espacio para las personas y puede hacerlo perder a las actuaciones abusivas de empresas e instituciones de todo tipo. La distancia, lejos de alejarnos, puede unirnos en la reivindicación del lugar, del espacio que toda persona se merece en una sociedad más justa, más igualitaria y feliz. Que nos empecinemos en el derecho a la distancia no gusta nada al sistema económico actual. Tenemos ya una muestra de ello en la lucha de las compañías aéreas para no disminuir la capacidad de sus aviones. Posiblemente esto vaya a más. Donde las personas ganan espacio, los beneficios desmesurados deben retroceder hasta el lugar que les corresponde y el medio ambiente respira.

Alejémonos, pues, del virus, mientras de las personas sólo debemos mantener la distancia física necesaria para preservar la salud de todo el mundo y mantener el sistema económico a raya.

Francesc Brunés
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