Una llamada al móvil del trabajo fuera de horario, fuera de plantilla. Y no te la esperas. Tampoco el mensaje de las diez, ni de las veintiuna treinta y seis. Pero notas en ellas un aprecio real, un tono de voz honesto. Unos emoticones que no tendrían porqué estar ahí. Son gestos pequeños que te abren el corazón. Su sonrisa y la sudadera azul de montaña, aparentando que entiende lo que dicen en la videollamada. Que le doliera la cabeza y le diese igual. El life soulmate firmado al final, él, que no era de expresar. Que nunca había escogido estas palabras. Una coreografía, un baile con figurantes de cabecera que empiezan a ser personajes con nombre y apellidos. Un video editado y bromas ingeniosas que te hacen reír en voz alta, porqué carai, porque son divertidos de la hostia.

También son gestos pequeños los que cambian el color de los titulares. A veces los rompen. Y buenas noticias se convierten en cortes finos de papel que sangra. Que te cambian el humor y te hacen estar extraño, fuera de lugar. Que te dejan con mal cuerpo porque, ups, aquí hay algo que no… Que no. Pendiente de resolver. Y me sabe mal porque, a veces, te hieren las personas que más amas. Y tu sabes que no querían, y que tampoco… ¿cómo podían evitarlo? Pero, auch.

Si el golpe es reiterado, produce rechazo. Les hechas las culpas sin que se lo merezcan, pero estás girado y te apetece estar con otras personas que no tengan estas inercias. Existen muchas personas en el mundo, y muchos gestos pequeños que vienen sin precio a pagar.

El de todas las personas fantásticas que aún no te conocen, y empiezan a hacerlo y hay sintonía. Y todos juntos vamos con más cuidado. ¿Hay una conciencia, un cuidado especial, en los vínculos aún tiernos?

Después llega su nota y te das cuenta de que no. Que el precio también lo pagas si no profundizas, si no causas y te causan dolor para pediros perdón a continuación, y entender cuáles son los límites de cada uno. Y amaros en el ring, mientras se ensancha el tatami, el espacio para jugar.

Los aniversarios son excusas. Para pensarnos y decirnos todo aquello que no parece justificado el resto de los días del año. Para notar el calor de todas las personas que has ido conociendo chup-chup y que, ep, este año se confirma que están ahí. Que parece que se quedan. O que han regresado. Y que bien que estén aquí.

Para recogernos en el centro del campo y observar a 360 grados, todo lo lejos que hemos avanzado en el horizonte desde que… Desde que hicimos la misma pausa, desde que nos dimos cuenta de que (), desde que nos conocimos. Desde la última fotografía caminando de espaldas.

Un gesto pequeño, como un día de un mes de un año, de un calendario que tenemos marcado y que tiraremos el treinta y uno del doce. Pero que es, o que puede ser, la puerta a.

Este artículo se publicó en algunsaprenentatges

Lluís Moregó
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