Una vida tejiendo

El fast–fashion y la producción masificada de ropa eclipsan oficios tan bonitos y tradicionales como el de tejedora artesanal.

Esther Santamaría comenzó en el mundo del textil por vocación y con una gran curiosidad de crear su propia ropa y destacar creando piezas llamativas, que escapaban de los límites establecidos socialmente. “La ropa, anteriormente, no tenía color”, afirma ella, y precisamente por eso cambió, un poco, el statu quo de la moda de entonces.

Aprendió a tejer de pequeña gracias a su abuela y, con veintiséis años, se compró la primera máquina de tejer. Un año, y un hijo, después aprendió a usarla, comenzó a tejer profesionalmente y a hacerse un lugar en este sector.

Fiel a su estilo, el primer pedido fue para la marca Salta i Para, una tienda progresista de Barcelona que vendía ropa que pocas personas se atrevían a vestir. De esta manera, Esther siempre ha apostado por tiendas y diseñadores jóvenes que se atrevieran a cambiar los esquemas que encorsetaban la forma de vestir.

Las prendas artesanales ya casi no se ven. Tras años teniendo estas piezas como única opción en el mercado, ahora están desapareciendo; todo debido a la industria y las técnicas de producción masiva. Sin embargo, Esther no ha dejado nunca su actividad de tejedora, aunque ha frenado el ritmo.

La industria de la moda ha sufrido cambios de forma acelerada. Los últimos años, el consumidor ha dejado de buscar calidad en las prendas de ropa y ahora se rige por las tendencias a la hora de elegir una prenda. Esto se conoce actualmente como fast–fashion. Mientras que la ropa es algo útil y duradero si es de calidad, la moda es efímera. Esto ha dado pie a grandes multinacionales que se dedican a la producción masificada de ropa.

El fast–fashion, pues, aparte de incentivar la cultura del consumo, pone en peligro el medio ambiente. De los 100.000 millones de piezas de ropa producidas al año en todo el mundo, el 80% de la ropa que se consume termina en vertederos y sólo el 1% del material utilizado en confección se recicla.

La producción artesanal, en cambio, ya en los años 80, respondía a una moral sostenible que apostaba por el reciclaje total. De hecho, Esther Santamaría afirma que se preocupaba por no tirar la lana sobrante y, de este modo, con los recortes que tenía por el taller, tejía unos  jerseys muy originales.

Bernabé Martínez

«Llegué a colocar 800 máquinas en un pueblo de solo 1.500 habitantes»

Fue distribuidor de máquinas de la industria textil en su momento álgido en Cataluña. Según explica, en aquella época las tricotosas –así se conocen las máquinas de tejer– eran muy demandadas ya que para las familias era una forma de llevar más dinero a casa cada mes. “Paseabas por las calles de Barcelona y sentías el ruido de las máquinas”. “Allí donde había tricotosas, había felicidad porque había trabajo y, por tanto, dinero”.

 

 

 

Por Pilar Olona, Rita de Rivera, Lidia Jurado y Maite de Urrengoechea. Un proyecto de Elisava

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