Nací en un pueblo que con demasiada velocidad se convirtió en ciudad. Actualmente, según datos oficiales, tiene 51.600 habitantes: 26.190 mujeres y 25.410 hombres. Si las pusiéramos juntas, nos daríamos cuenta de que son muchas personas. En el momento de escribir este artículo las muertes por Covid19 en España, desde que comenzó la pandemia, superan las 58.000, también según datos oficiales. Es como si todos los habitantes de la ciudad donde nací, y aún muchos más, hubieran muerto por los efectos de un virus.

Esto que podría parecer de ciencia ficción, es una realidad que me ha hecho mucha impresión. Tantas muertes juntas son una barbaridad. La cifra de defunciones diarias puede parecer poco si miramos sólo eso, la cifra. Pero si nos detenemos a pensar que cada dígito es una persona, nos horrorizaremos de haber normalizado una catástrofe diaria de esta magnitud. Llevamos demasiados días cenando, desayunando y comiendo con las muertes, así en plural. Y no sólo por numerosas.

Nadie puede hablar de su propia muerte. Sólo puede hacerlo de la muerte de los demás. Lo hacemos, especialmente, de aquellas personas cercanas, conocidas, estimadas … Aquellas con quien hemos compartido, de cerca o de lejos, algún tramo del camino de la vida. Su desaparición definitiva nos provoca un dolor que se incorpora a nuestro bagaje vital, convirtiéndose en una de nuestras muertes …

Sí, la separación es una de las muertes que sufrimos a lo largo de la vida. En los últimos meses, abundan todo tipo de separaciones. Muchas, desgraciadamente, definitivas. Otras, temporales, debidas a las restricciones de visitas a residencias y hospitales o, sencillamente, a la imposibilidad de encontrarnos con amigos y familiares. Grandes y pequeñas muertes que salpican nuestra vida personal y colectiva.

Un jardín sembrado de sombras, de muertes de todo calibre. También de espacios soleados y luminosos, ciertamente. Claridades que iluminan y clarifican, pero también que ponen aún más de relieve las muertes de cada día. Renuncias y pérdidas. Cada uno se sabe las suyas. Muchas, sin embargo, están en el escaparate que todos contemplamos sólo pasando por las calles. Quizá por primera vez en la historia personal de la mayoría de nosotros, la muerte se ha convertido en un hecho colectivo. Las muertes, también.

Sin embargo, las semillas mueren necesariamente para dar vida, flor, fruto. La naturaleza nos enseña pues, que la muerte es necesaria para la vida. No es una fatalidad. Es sólo un vacío imprescindible para dar paso al estallido vital, al crecimiento fecundo. Las muertes hacen daño sólo si nos recluimos en ellas y cerramos puertas y ventanas. Entonces estaremos a oscuras. Pero si las dejamos abiertas, tal vez permitamos la entrada de la claridad necesaria para captar las enseñanzas sobre la vida que las muertes llevan inscritas a su médula ósea.

La pandemia, con su rastro de muertes y separaciones, dolor y sufrimiento; es pues sobre todo tiempo para la vida.

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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