La actual polarización política en nuestro país y en tantos otros tiene una estrecha relación con las identidades colectivas. Éstas condicionan nuestras relaciones tanto individuales como grupales y tenemos que ser conscientes de ello si aspiramos a construir un mundo más unido. Este artículo se centra en las identidades culturales, pero muchas de sus reflexiones y propuestas se podrían aplicar también a otros tipos de pertenencias colectivas como las ideológicas o las religiosas.

Patrias y lenguas

Confieso que me inquieta la palabra patria. Es una palabra que en nuestro contexto sociopolítico suele tener demasiadas connotaciones y no siempre positivas en la convivencia social.

Tratando de acercarme a esta experiencia personal con una perspectiva racionalizadora y lo más objetiva posible, un primer apunte podría ser la comparación de este concepto con el de país, o con mi país, pues el concepto de patria casi siempre lleva aparejado el de pertenencia o sea “mi patria”, la “madre patria”.

Patria, mi patria, tiene significados asociados con mi grupo, mi filiación, siempre inevitablemente con una idealización voluntaria, inducida o casi obligatoria de una cierta sacralización, como de valor supremo al que todo individuo debería someterse después de proyectarse e identificarse; por supuesto con graves riesgos de que el poder instrumentalice esa reverencialidad para sus fines. “Todo por la patria” sería una llamada y una muestra clara de la sumisión del individuo a ese valor absoluto.

Lo curioso es que los individuos, por su necesidad de filiación y pertenencia y quizá por el deseo de engrandecer su limitada y pobre consciencia humana personal, se adhieren e identifican con una realidad colectiva superior que les proporciona seguridad y autoestima.

Todo ello es comprensible y hasta cierto punto deseable, pues ¿Quién duda de que este concepto, en su idealización, recoge aspectos morales positivos? Valgan los ejemplos de una buena cohesión social, una sincronía colectiva, quizás una armonización de intereses particulares y, cómo no, de una unidad de las personas o grupos más allá de sus diferencias.

Pero el concepto de patria participa de significados o connotaciones de belleza, infancia, costumbres (que también gozan el de país, nación o, si queremos de forma más local, de pueblo o de mi pueblo), lengua común, tradiciones, folklore, etc. Pero tiene también el de fuerza, poder, ejército, estado y, sobre todo, superioridad cuando no beligerancia respecto a otras patrias.

Y es ahí, creo, donde radica mi dificultad de aceptación, si bien también es cierto que la idea también se usa en positivo cuando, por ejemplo se habla de “mi segunda patria”, “un comportamiento patriótico”, “ser patriota”…

En un mundo que ha mejorado sensiblemente su conciencia respecto a la arbitrariedad e injusticia de las relaciones de poder, que ha conquistado espacios de reivindicación como la superación y condena de la esclavitud o el avance del feminismo hacia la equiparación de los géneros, es extraño o sospechoso que todavía perdure con tanta fuerza la sacralización de la patria o del estado que la sustenta.

Puede parecer sorprendente el hecho de que en las relaciones personales se advierten cada vez más la necesidad de cultivar la empatía y la prosocialidad y en cambio, en las relaciones entre patrias, y a menudo entre naciones, no suele ocurrir esto.

En lo interpersonal se aprecian beneficios como la disminución de los sentimientos negativos y los conflictos o la reducción de la violencia y esto comporta una mayor felicidad, incluso aumenta la eficacia en las negociaciones y la eficiencia en los procesos. Por otro lado, en lo colectivo sucede lo contrario: mi patria es mejor que la suya. Es superior.

Parece que los individuos, percatándonos de que ya no queda bien decir “yo soy mejor que tú”, nos proyectáramos en la colectividad que nos identifica y ya pudiésemos, sin miramientos, afirmar nuestra superioridad. Lo que no nos permitiríamos, quizás por ridículo, afirmar sobre “lo magnífico que soy” y “que los demás me reconozcan”, podemos hacerlo a nivel colectivo y con derecho refiriéndonos a “mi patria”, “mi país”, “mi nación”, “mi pueblo”, “mi club”. Somos lo mejor del mundo.

La empatía, la reciprocidad y la prosocialidad son, pues, necesarias si queremos avanzar también en las relaciones entre pueblos, países, comunidades autónomas y lenguas en un camino hacia la unidad en la diversidad. Se trata, en definitiva, de ir aprendiendo a ver las cosas referentes a las patrias desde la perspectiva del interlocutor para saber conocer y estimar las otras como si fueran las nuestras. Valorar siempre positivamente lo de los demás. Es la mejor vía para la paz activa y para el reconocimiento de nuestra propia identidad personal o colectiva por cuanto surge de la reciprocidad.

Si, por ejemplo, pensamos en la diversidad de lenguas en España, deberíamos alejarnos de los prejuicios que a veces puede haber hacia las lenguas que no son el castellano y acercarnos con apertura mental a la otra hermosa lengua hermana. Deberíamos querer aprender sus matices, sus frases hechas que son todo un pozo de sabiduría… Es lo mínimo que podemos hacer si queremos de verdad a este país y a sus gentes y deseamos avanzar en una interculturalidad positiva.

Y aquellos que no sean castellanohablantes de nacimiento, por su lado, deberían hacer oídos sordos a quienes les quieran apartar de apreciar, valorar y estimar el castellano. Fuera de nosotros sentimientos de desprecio hacia una lengua y una cultura que, más allá de la imposición cierta de una política desgraciada en épocas anteriores, hemos aprendido también de la mano de personas que han llegado de otros pueblos de España, toda una riqueza y un patrimonio que no podemos desaprovechar. Para que sea así hay que amarla, hay que descubrir y disfrutar de la poesía de palabras como «el atardecer», «el amanecer», «la madrugada», «el susurro de las hojas al viento” …

Seguro que encontraríamos otras palabras hermosas singulares en cada una de nuestras lenguas con las que estamos en contacto.

Qué lástima que, inversamente, cuando se producen conflictos políticos entre patrias y países, en la percepción subjetiva de las gentes las respectivas lenguas van contaminándose, desprestigiándose como menos apreciadas, más ajenas y extrañas e incluso antipáticas o indeseables al ser vehículos de los conflictos, con lo que retroalimentan nuevos conflictos.

Propongo a todos los lectores, como primer paso de buena voluntad en una pequeña contribución a un mundo más unido, buscar, leer, seleccionar y apreciar algunas palabras de la lengua prejuiciada negativamente para dejarnos penetrar por la belleza de la “otra patria”, de la “otra nacionalidad”.

La formación de identidades colectivas

Para poder optimizar estas actitudes de consideración hacia los elementos positivos de los otros pueblos, hemos de penetrar en las raíces de la identidad. La identidad tanto personal como colectiva va de la mano de la autoestima personal y colectiva. Todos sabemos, a nivel individual, la importancia de la autoestima para el desarrollo de la persona.

Las lenguas e identidades colectivas son muy delicadas y vulnerables psicológicamente. Como las individuales. Como la autoestima. También son vulnerables aquellas identidades que no están bien asumidas o difícilmente expresadas por el propio individuo o colectivo. No siguen las leyes del convencimiento desde fuera; se rigen por la aspiración, por el deseo, por los sentimientos y emociones hacia una identificación con unos valores procedentes, a menudo, de experiencias de la infancia y por una necesidad profunda de pertenencia a un colectivo de referencia.

No aceptar o cuestionar, aunque sea sólo una pequeña parte, la identidad del interlocutor, es percibido o sentido por éste como un menosprecio o incluso como una agresión.

Es decir, las identidades colectivas -pueblo, nación, patria…- hunden sus raíces en sentimientos y emociones muy profundas que arrancan en un primer nivel ya de la niñez. Por lo tanto, no pueden imponerse “desde fuera”. Sólo se van consolidando y, a veces, variando, cuando otras identidades se van haciendo atractivas por su capacidad de acoger, de estimar a los sujetos.

En cualquier caso, la delicadeza, el respeto y la estima con que estos temas se traten son fundamentales. Por ejemplo, es muy arriesgado hacer bromas sobre tópicos culturales de los otros pueblos. Ignorar esto puede llevar a incomprensiones, desencuentros o conflictos entre las personas que siempre conllevan dificultades importantes para la cohesión y armonía entre los pueblos.

Debido a las presiones políticas y de los medios de comunicación, estas identidades, si son tratadas con cierta crítica o menosprecio, consolidan reacciones adversas o resistencias y terminan por provocar reciprocidad en lo negativo a modo de defensa.

En España aparecen identidades variadas vinculadas a pueblos, aunque muchas de ellas tienen como identidad superior la española que despierta un sentimiento de patria muy clara.

Pero también hay otras, particularmente aquellas asociadas a las comunidades llamadas históricas, en las que muchos no sienten esa identidad. Quizás se debe a que ya desde pequeños nunca la tuvieron porque crecían en otra, o porque, con el desarrollo personal, cultural o social de los sujetos, agravado actualmente por las presiones políticas o mediáticas procedentes de ámbitos relacionados con la identidad española, consolidó este aspecto diferencial con tintes excluyentes en ambas partes. Todo ello puede estar generando desafecciones y sentimientos negativos mutuos.

El reto que tenemos ante nosotros es enorme: revertir esos sentimientos negativos avanzando en el conocimiento y estima de las identidades mutuas y en contacto. Para ello, debemos aprender a diferenciar nuestras percepciones y atribuciones sobre las identidades de los otros pueblos con los que convivimos, de las políticas de los gobiernos de turno que, muchas veces, manipulan y utilizan estas percepciones para enfrentar a los pueblos.

Las llamadas a la unidad son creíbles y deseables cuando son hechas desde la base, desde la ciudadanía, pero siempre sospechosas cuando lo son desde el poder.

Diálogo prosocial entre identidades personales o colectivas

A continuación, propongo una serie de pautas que se podrían tener en cuenta a la hora de establecer un diálogo auténticamente prosocial.

1. Identificación posible sólo si el modelo es amable

  • Las identificaciones de una persona, grupo o pueblo con un modelo o con un colectivo superior (por ejemplo, patria o nación) surgirán si este modelo (personal o colectivo) transmite estima, amor por el bien de la persona o del grupo aspirante.
  • Desde fuera, pues, cualquier intento por influir en este proceso de desarrollo debe surgir de la verdadera estima y amor por el bien del otro, del receptor.
  • Una identificación impuesta y forzada desde el poder, desde el dominio, desde la amenaza y el infundir miedo a otro no es prosocial.

2. Valoración mutua

  • El diálogo prosocial y la unidad auténticas deben expresar una valoración mutua e igualitaria ya que ninguna identidad, cultura o pueblo es superior a otra. Es difícilmente creíble una unidad producida como consecuencia de la lucha y el menosprecio.
  • Se debe diferenciar entre la unidad que es fruto de esta valoración mutua positiva y la que sea fruto de un interés cooperativo entre diversos, pero muy centrada y polarizada en la propia identidad de cada uno. Este fenómeno es semejante a la cohesión que a veces se produce cuando el grupo se une para afrontar un enemigo común.

3. Conquistar la palabra y el pensamiento frente al menosprecio y la violencia

  • El estilo de un diálogo de calidad prosocial no es compatible con el menosprecio, la agresión verbal, el insulto…
  • No es prosocial aceptar ninguna clase de agresividad o violencia de pensamiento o palabra, aunque ésta estuviera externalizada por otra persona con la que, en realidad, nos estamos identificando. Si eso es así, en realidad somos partícipes de esta violencia.

4. Apertura al otro

  • El diálogo verdadero no puede resultar de posiciones cerradas y dogmáticas. En este caso no hay posibilidad de diálogo.
  • Diálogo supone una apertura de mente a la idea del otro y, por lo tanto, con atención, acogida y al mismo tiempo interés por descubrir lo positivo de esta idea.
  • El hecho de preguntarse si se acostumbra a tener esta apertura con todas las personas, y en gran amplitud de temas, puede ser un buen indicador para la persona que procede con buena voluntad de diálogo prosocial y, al mismo tiempo, es una prueba para autoevaluarse. Una excepción a esto podría ser la apertura a ideologías de odio o violencia.

5. Disminución voluntaria del poder

  • Una persona que quiere actuar prosocialmente no puede pretender doblegar la voluntad del otro, ni tan solo debe obstinarse en convencer al otro.
  • Está bien preguntarse frecuentemente en qué estructuras de poder e imposición estamos participando.
  • Es necesario que cada uno se examine acerca del porqué quiere convencer o imponerse al otro: ¿Hay expectativas de conseguir ventajas sobre el otro?
  • El reto de una persona generosa y espiritual está en una sincera deconstrucción del poder. De igual modo, a nivel colectivo, las organizaciones que se plantean optimizar unas relaciones humanas sinceras y auténticas deben eliminar, sin descartar la autoridad necesaria, gestos o palabras que manifiestan las relaciones de poder. Para ello hay que analizar, especialmente en aquellos que han detentado o detentan un poder económico, social, político o religioso, qué aspectos de su conducta en relación con los demás son verticales, jerárquicos pero accesorios, innecesarios, y, en definitiva, ineficaces para el rol de autoridad, pues sólo mantienen su vanidad y no crean una autentica complicidad en los demás. Son adherencias y hábitos indeseables y poco ideales a la luz de las nuevas consciencias del hombre, de la sociedad y del mundo modernos, y por lo tanto hay que superarlas.

Artículo publicado en la revista número 179, Grietas, ya disponible en Amazon.

Robert Roche
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