Hace poco más de un mes un amigo me envió un enlace a un artículo de una revista digital pensando que podría interesarme. El autor era totalmente desconocido para mí. Esto despertó mi curiosidad y me hizo indagar en su biografía. Descubrí que se trataba de un filósofo surcoreano que a los 26 años había abandonado Seúl y se había trasladado a Alemania sin hablar ni una palabra de la lengua teutónica, la cual aprendió mientras estudiaba Filosofía, Literatura Alemana y Teología en Friburgo y Múnich. Tras doctorarse en Filosofía, ha sido profesor en la universidad de Basilea (Filosofía), en la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe (Filosofía y teoría de los medios) y, actualmente, en la Universidad de las Artes de Berlín (Filosofía y Estudios culturales).

Descubrí estas cosas y, con rubor por mi ignorancia, que desde 2012 es uno de los filósofos más influyentes de la actualidad: Byung-Chul Han.

El artículo se titulaba La obligación de ser feliz y es un fragmento de su ensayo La sociedad paliativa. En él, Han pone de relieve los efectos nocivos que provocan el exceso de positividad y la extendida necesidad de estar siempre felices, sumiéndonos socialmente en un estado anestesiado que rechaza y evita cualquier tipo de aspecto negativo, doloroso o molesto tanto en lo colectivo cuanto en lo individual.

La nueva fórmula de dominación es «sé feliz». La positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor. Como capital emocional positivo, la felicidad debe proporcionar una ininterrumpida capacidad de rendimiento. La automotivación y la autooptimización hacen que el dispositivo neoliberal de felicidad sea muy eficaz, pues el poder se las arregla entonces muy bien sin necesidad de hacer demasiado. El sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se figura que es muy libre. Sin necesidad de que lo obliguen desde afuera, se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que se está realizando. La libertad no se reprime, sino que se explota. El imperativo de ser feliz genera una presión que es más devastadora que el imperativo de ser obediente (Han, 2021).

Quizás lo superpositivo sería empezar a reflexionar qué hacemos cada cual en, y con, nuestra vida. La realidad nos demuestra que las cosas pueden no ir bien siempre, que del mismo modo que nacemos, también moriremos un día. Que somos seres en relación y que, más allá de nuestras pantallas táctiles y de nuestras conexiones digitales, podemos contactar y comunicarnos cara a cara. Que, además de mis intereses personales o mis problemas, están los tuyos y los de tantas personas que nos rodean: cercanas o lejanas, pero cada cual con los suyos… Tal vez lo superpositivo sería volver a pensar más en nosotras y nosotros que seguir encerrados en el narcisista yo.


Autor: Juan Carlos Duque Ametxazurra

Este artículo se ha publicado en el blog: Inteligencia emocional

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