Viajamos para tener excusas para empalmar sobremesas. Caminar calles bonitas de ciudades desconocidas para comentar la jugada con uno, iniciar un debate con otro, que se añadan los de al lado y detenerse de nuevo en una cafetería. La convivencia como excusa para (re)conocernos, recuperar bromas, rememorar la historia conjunta que nos une y construir una de nueva. Dosis de calor nostálgica y frescor de experiencias inéditas, viajes dentro de viajes, hábitos que a todos nos encajan pero que antes nos hubieran parecido extraños, porque evolucionamos y pasamos pantallas con la sincronía de pertenecer a la misma generación. Reímos, reímos mucho. Siempre se nos ha dado bien jartarnos, poner humor, ser diana de los dardos que nos lanzamos con cariño por el bien colectivo de la carcajada. Y saber no apretar cuando a uno se le ve rayado porque no llega la pizza, pero ya la ha pagado sin querer, porque los botones están muy próximos unos a otros. Inventamos expresiones, creamos jerga compartida y un vocabulario que nos vincula y nos convierte en grupo de amigos, que hablan el mismo lenguaje a pesar de las diferencias. Aunque tenemos suerte de estar hechos de la misma pasta, de la misma masa madre. De familias que nos han amado, y de infancias y adolescencias de haber(nos) escogido buenos amigos. Somos tíos con buen criterio, y un contexto que lo propició, y que tuvimos la pirula de que nos colocara en la misma escuela.

Desde entonces los caminos han ido divergiendo, unos somos más así y otros más asá, pero todos tenemos bastante claro como somos y que merece la pena troncharnos de nuestras chifladuras y decirnos las cosas bonitas que aportamos a la coctelera. El que sabe mucho de tocar con los pies en el suelo, ubicar dónde están los extremos y plantear reflexiones que son clics que abren nuevas pantallas, para jugar salvaje con todo lo que queda en medio y reír (mucho) en voz alta. El que hace obras de arte con maletas y ordena y colabora y pone la iniciativa cuando todo da pereza, y te la cuela doblada con elegancia aquella que lo convierte en el yerno que quieren todos los suegros. El que va al rescate cuando uno tropieza, te trae el botiquín y te levanta con palabras positivas, y controla que todo el mundo esté a gusto y bien y esta caring nature que tanto lo caracteriza. El que es sí por defecto, sumador por tendencia y desposeído de preferencias porque el juego de equipo es el que sabe que importa, la palabra agradable y bondad hecha persona. El que es tribunero hijo de la tradición y acaba por jartarse de sus rigideces que no lo son tanto, que va a la suya y que observa los debates desde la segunda fila pero que ficha por la puerta grande con esta sonrisa traviesa de que goza con pure haze y el aire que inhala. Y el del foco que pone la radio cuando se enchicha, que abre las puertas de par en par sin que nadie se lo haya pedido pero que reparte contenido que alimenta estas sobremesas que tanto nos gustan. Y que vertebran y que son la razón de ser del viaje, la gasolina que mantiene los vínculos. Los primeros primerísimos que escogimos, con criterio excelente, fuera de casa. La familia que no nos viene dada. Tuvimos mucha suerte, todos nosotros, dos veces.

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Lluís Moregó
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