Mi padre fue un soldado americano, acuartelado en Filipinas al final de la Segunda Guerra Mundial. Tenía apenas 22 años cuando conoció a mi madre, que tenía 20.

Más tarde, él regresó a los Estados Unidos, sin saber que yo nacería algunos meses más tarde. Escribió a mi madre, pero ella no respondió. Sin embargo, mi madre conservaba una fotografía de él, con su dirección escrita al dorso.

Mi familia era pobre. Mamá tenía que trabajar y yo fui dejada al cuidado de su tía, mamá Mary, quien me crio. Mamá y yo vivíamos la mayor parte del tiempo en casa de mi tía, con su marido y mis cuatro primos. Mi gran deseo era tener una familia como la de ellos. Crecí sin tener otro conocimiento de mi padre que el de la fotografía, pero mamá Mary me aseguraba, a menudo, que yo le conocería algún día. Yo sufría porque la mayoría de mis amigos conocían a su padres, ¡Y yo no!

Transcurrido cierto tiempo, mi madre se casó y tuvo cuatro hijos más. Los dos mayores fueron educados por los padres de su padre, por lo que yo sólo les veía de vez en cuando. Los dos más pequeños se quedaron con mamá, por lo que les pude conocer mejor.

Mi familia se encontraba muy disgregada y yo deseaba poder hacer de puente para lograr reunirlos a todos. La idea de llegar conocer a mi padre algún día estaba siempre presente en mi mente y la oportunidad surgió cuando yo tenía unos 10 años. A través de un familiar que vivía en Nueva York pude enviar una carta a la dirección que figuraba en el dorso de la foto de mi padre. Apenas puedo imaginarme la sorpresa que él tendría al recibir la carta. Y respondió. Descubrí que tenía una familia y, por lo tanto, yo tenía una madrastra, un hermano y una hermana. Su respuesta fue muy cálida y también me envió un regalo, ¡Mi primera cámara! ¡Me entusiasmaba! Comenzamos a cartearnos.

Después de un año, aproximadamente, llegó su última carta, explicando que su abogado le había aconsejado que dejara de escribirme, por la carga financiera que suponía otra hija, y mi padre siguió su consejo. Yo estaba destrozada; era como si perdiera a mi padre por segunda vez.

Continuamente rezaba para que surgiera una ocasión para conocerle personalmente, pero los años iban pasando y comprendí que tenía que esperar el momento oportuno. Un año después de mi graduación, cuando tenía 15 años, gracias a la generosidad de mis familiares de Nueva York, llegué a Estados Unidos para estudiar enfermería.

Terminados mis estudios, me casé y tuve tres hijos, pero todavía no estaba tranquila. Anhelaba conocer a mi padre y reunir a mi familia. Mi marido, Tom, y yo sentimos que quizás había llegado el momento de volver a escribir a mi padre. Ahora, podía asegurarle que no le sería ninguna carga y que simplemente quería conocerle personalmente.

Una tarde recibimos una llamada telefónica de papá; yo estaba tan nerviosísima y agitada que le pedí a Tom que hablara con él. Se pusieron de acuerdo para encontrarnos cerca de su casa, en Florida. Fuimos con nuestros tres niños y nos encontramos en un salón del hotel. Cuando él entró en la sala con su esposa, nuestros ojos se encontraron y, exultante de alegría, me dijo: “¡Incluso tienes en la nariz el mismo bultito que yo tengo!” y me dio un largo abrazo.

Era como si todos los años transcurridos sin él no hubiesen existido. En un instante, ¡fuimos la familia que siempre había sido! Yo estaba con papá y con mi otra mamá; ellos, inmediatamente, fueron los abuelos de los tres niños y parecía como  como si siempre los hubieran conocido y amado.

Conocí a mi hermano y a mi hermana el día siguiente. Fui presentada como una amiga de Nueva York y ellos se preguntaban cómo es que nunca había oído hablar de ella anteriormente. Papá me aseguró que les diría la verdad en el momento adecuado.

Un par de meses más tarde, recibí una llamada suya: “Hay alguien que quiere hablar contigo”, me dijo. Fue, primero, mi hermano y después mi hermana quienes me hablaron por teléfono; los dos parecían estar muy felices de tener una hermana mayor, y yo estaba muy agradecida y sorprendida por su gran apertura.

Poco tiempo después de esta presentación, mi padre me llamó para preguntarme si su otra hija, mi hermana Holley, podía venir a visitarme en algún momento. Ella estaba tan ilusionada sabiendo que tenía una hermana mayor, que deseaba pasar algún tiempo conmigo. Este regalo providencial fue el comienzo de lo que se convirtió en una hermosa relación con Holley, que aún ahora es más especial.

Pasaron algunos años. Tom y yo pudimos traer a mi mamá de Filipinas a vivir con nosotros. Poco tiempo después, mis dos hermanos y dos hermanas también vinieron. Nosotros habíamos crecido sabiendo que éramos una familia, pero nunca habíamos experimentado el hecho de ser una familia bajo un mismo techo. Fue una enorme alegría saber que tanto mis padres como mis hermanas estábamos ahora en el mismo país.

El Este y el Oeste, finalmente, se habían reencontrado.

Mi padre y mi madre americana vinieron a Nueva York, desde Florida, para asistir al bautizo de uno de nuestros hijos. Había llegado el momento del reencuentro de mamá y papá, después de 30 años sin haberse visto.

Al principio era complicado. Mamá era muy reservada y se aturdía fácilmente. Mi padre americano era más lanzado. Mi madre americana estaba preocupada por encontrar su papel allí. Finalmente todos consiguieron ir más allá de sí mismos y encontraron el modo de conectar entre ellos.

A partir de este primer encuentro cada año celebrábamos juntos el día de Acción de Gracias y los acontecimientos familiares: bautizos, graduaciones, bodas. Las vacaciones de verano las pasábamos en la granja Gramp, llena de arándanos, donde pasábamos mucho tiempo en la cocina de la abuel. Habíamos llegado a ser una familia, en la que nos amábamos profundamente unos a otros. Los tres abuelos eran un regalo enorme y nuestros hijos se querían mucho.

Hace dos años mi padre nos dejó, a sus casi 90 años. Mi madre biológica y mi otra madre habían fallecido antes que él. Cuando llegó el momento de ponernos de acuerdo para liquidar sus bienes yo estaba algo preocupada, pues había conocido situaciones similares, en las que las mejores relaciones se habían deteriorado y roto en el momento de tener que repartir las pertenencias entre los herederos. Me recordé a mí misma que lo que más importaba era mi relación con mis hermanos y hermana. Las otras cosas, aunque pudieran ser de utilidad, no importaban nada. Pero ninguno de mis temores se materializó, al contrario, todos tratamos de querernos mientras realizábamos los necesarios trámites legales para resolver el proceso. Fue un tiempo de paz y alegría.

Cada vez que encontrábamos papeles y pertenencias de papá era una fiesta y tuvimos muchas sorpresas, como cuando descubrimos una caja de zapatos llena de mis cartas a mi padre, de cuando yo tenía 10 años. Él las había guardado todas. También encontramos una foto de mamá  a sus 20 años y otra de mi papá de uniforme, a sus 22 años: sus tesoros de aquel tiempo en Filipinas. Los consideré como sus regalos de despedida para mí.

Cuando era joven, había momentos en los que sentía que tal vez mi nacimiento había sido un error. Al fin y al cabo, mis padres nunca se casaron… Pero he llegado a comprender que Dios no comete errores. Nací, y he sido hija, hermana, esposa, madre, suegra… Yo no soy un error.

Mary Hartmann

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