Pocas veces nos paramos para mirarnos a nosotros mismos. Quizás, si lo hacemos, sea para ponernos ante el espejo y ver que pinta tenemos. Pero no me refería a la auto contemplación externa, sino más bien a la visión de nuestra manera de hacer y de ser. Es un análisis que, con mucha facilidad aplicamos a los demás, no siempre con acierto, pero nos resulta muchos más difícil hacérnoslo a nosotros mismos.

No acostumbramos a prestar demasiada atención a cómo funcionan nuestras relaciones con los demás, especialmente con aquellos que tienen pensamientos o sentimientos diferentes a los nuestros. Entonces es cuando se pone de manifiesto si somos gente de concordia y diálogo, o de enfrentamiento y disputa. Esta disyuntiva resulta de vital importancia porque es la que nos abre el camino a una vida plena o, al contrario, nos sitúa en la mediocridad estéril de la trifulca. Vivir en plenitud se manifiesta a través de una armonía interior, en primer lugar, con nosotros mismos y después con los demás. Estar en armonía con uno mismo, empieza por aceptarnos tal como somos. Quisiéramos ser unos “fuera de serie” y resulta que somos normalidad pura. Aceptar nuestra realidad, es un paso previo a otros que seguirán, como el de descubrir todos los rincones oscuros, que es necesario revisar y mejorar, porque nos dificultan la parte más importante: la relación con los demás.

Podemos preguntarnos si en nuestras relaciones tenemos actitudes activas o pasivas. En la actitud activa, me hago responsable de mi vida, soy yo quien quiero hacer, soy yo quien quiero ayudar, soy yo quien quiero amar, etc. En la actitud pasiva, hago a los otros responsables de todo lo que me ocurre. Quiero que los otros estén pendientes de mí, quiero que los otros me ayuden, quiero que los otros me amen, siempre culpo a los demás de mis desgracias. No hay duda que, una actitud activa en el ámbito del ser, que nos abra la capacidad de relación, la capacidad de escuchar, la capacidad de pensar, de reflexionar, de ayudar, de amar, … nos abre el camino a una segunda línea de prioridades, las del ámbito del hacer.

Las capacidades operativas, la capacidad de gestión, la capacidad de ganarnos la vida, la capacidad organizativa, el orden físico, como expresión de nuestro orden interno de prioridades. Después existiría un tercer nivel más bajo. Es el nivel del tener. Hay que tener aquello que necesitamos para vivir dignamente, pero sin pasarnos de rosca y caer en la espiral consumista. Lo mismo podríamos decir en el ámbito del hacer. Una sobrecarga en la actividad, nos lleva al activismo, nos ocasiona ansiedad, prisas, estrés y resta calidad a nuestras relaciones. El hacer y el tener, no deben ser nunca unos valores finales, sino unos valores instrumentales al servicio de la realización de la persona.

Acerca del autor

Licenciado en Ciencias Químicas, Master en Astronomía, casado con Blanca, dos hijos, cuatro nietos, colaborador habitual de Ràdio Estel, de Ciutat Nova y de CAT-Diàleg. Asesor ocasional de la Eurocámara en temas de medio ambiente.

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