Un buen amigo me decía, no sin cierta gracia, que para que las cosas salgan bien, son necesarias tres condiciones: la primera: orden; la segunda: orden; y la tercera: orden. Así ponía de manifiesto la importancia que le daba a este aspecto de la vida. Entendía por orden, aquella capacidad de tener las cosas en su sitio y, además, de encontrarlas de forma fácil y rápida.
Cuando no es así, se da la incongruencia de que, puedes encontrar lo que no buscas y buscar lo que no encuentras. El orden y la armonía que somos capaces de generar a nuestro alrededor, es también de alguna manera, el reflejo de nuestro orden interior. A veces nos pasa que nuestra cabeza es como una especie de cajón desordenado, en donde todo se encuentra mezclado. Las cosas importantes están medio escondidas y las secundarias están en primera fila. Es decir: a menudo nos falta un orden de prioridades, de manera que vamos cojos por el mundo. Unos aspectos los potenciamos mucho, otros poco y otros nada.
Es necesario añadir a todo esto, la presión que el mercado ejerce sobre las personas, de forma que sin darse cuenta, los aspectos secundarios se nos comen los fundamentales. Por otra parte, también es cierto que, a menudo, estamos muy ocupados, tenemos que trabajar muchas horas y aún así, tenemos que llevarnos tareas a casa. El conjunto provoca que no nos quede tiempo para las relaciones con la pareja, los hijos, los vecinos, los amigos… Y esto no está nada bien.
Sería ideal que, de las veinticuatro horas del día, ocho fuesen para trabajar, ocho para descansar y las otras ocho deberían tener una dimensión de diversidad enriquecedora. En primer lugar, es imprescindible disponer de espacio para la relación con nuestro entorno más inmediato. Un espacio de relación donde no puede faltar un diálogo de calidad. Un espacio para la salud y, si el cuerpo lo permite, para practicar algún deporte. Un espacio para formarnos y para informarnos… Con los ojos bien abiertos para saber quien nos informa y cuáles son los intereses que defiende. Un espacio para la vida social y comunitaria. Podernos implicar en movimientos, asociaciones o entidades en lo que podríamos llamar, nuestra contribución a una ciudadanía activa. Y también un espacio para la espiritualidad, el silencio, la interioridad, la reflexión… Esto debería permitirnos ver las cosas que van bien y aquellas que van mal y cómo se pueden mejorar. En este sentido, puede tomar especial importancia poder reflexionar sobre aquellas relaciones que, por el motivo que sea, se han deteriorado… Será este un espacio privilegiado desde el cual trabajar por la concordia y la fraternidad.
Acerca del autor
Licenciado en Ciencias Químicas, Master en Astronomía, casado con Blanca, dos hijos, cuatro nietos, colaborador habitual de Ràdio Estel, de Ciutat Nova y de CAT-Diàleg. Asesor ocasional de la Eurocámara en temas de medio ambiente.
