Radicalismo religioso

Los atentados terroristas, sucedidos recientemente en Cataluña, han activado la sospecha de que pudiera haber en el seno de las religiones, y no tan sólo en el Islam, una potencial semilla de conflictividad social.

Según la lectura mayoritaria que se hace de ello hoy en día, existe el riesgo latente de que esa semilla salga a la luz como un organismo capaz de atentar contra vidas humanas inocentes, si se radicaliza; por lo tanto, si es así, la religión, para ser buena, tendría que ser moderada.

Las religiones, especialmente las monoteístas, son acusadas de intransigentes, de dogmáticas, de sostener ideas fijas y de querer imponerlas; y ahora representan, además, un peligro si se radicalizan.

Estas afirmaciones resultan frontalmente contradichas cuando se constata que todos los actos terroristas realizados en Europa asociados al Islam, porque se ha gritado Al•lahu-akhbar! ‘Alá es el más grande’, han sido cometidos por personas que, si bien pertenecen, de una u otra manera, a la comunidad musulmana, no habían leído nunca el Corán, no tenían conocimientos fundamentales de esta religión y descuidaban las prácticas del culto, así como las normas dietéticas y otras.

Pero eso no importa nada… El radicalismo religioso los habría contagiado igualmente, de modo un tanto misterioso. Tal sería la capacidad destructiva de esta semilla religiosa.

Se necesita, por lo tanto, una reflexión serena y en profundidad. ¿Cómo hay que entender el radicalismo religioso?

Naturaleza de la religión

Llegados a este punto, hay que reconocer que la religión, todas las religiones, son radicales por naturaleza; sencillamente, porque su objeto de interés, Dios, es un absoluto, un Bien absoluto.

Toda eventual relación con este Ser que denominamos Dios exige del creyente, por lo tanto, una respuesta totalitaria, radical.

Es considerado santo, justamente, aquel cuya coherencia con su Dios le ha llevado a vivir las virtudes de forma heroica, es decir, con radicalidad: de esa manera, ha conseguido participar existencialmente de la categoría de la santidad, que es propia de Dios.

Así, pues, el radicalismo de las religiones, en realidad, lo que hace es estimular al máximo las capacidades de la persona para dedicarlas al bien.

El hombre religioso, de todas la latitudes y épocas, siente que, en todas las actividades profesionales, familiares, en los problemas de la sociedad, se requiere la coherencia y que sus actos han de estar en consonancia con el Bien total, en el que descubre el sentido de su vida.

Hay que precisar que una relación plena con Dios no está limitada a los fieles de una determinada religión. La historia nos muestra ejemplos de personas pertenecientes al Cristianismo, al Islam, al Hinduismo, al Judaísmo que han vivido la tendencia hacia lo Absoluto de forma radical .E incluso, ha habido personajes que, al margen de toda confesión religiosa, han sido fieles a aquella Voz que hablaba en su conciencia y que percibían como superior, no solamente a sus tendencias biológicas sino que orientaba su obrar hacia un Bien supremo.

El hecho de asociar la religión a cualquier acto de violencia contra otro ser humano es, simplemente, un absurdo.

El Islam

Ciertamente, hoy en día, es el Islam la religión que sale más malparada cuando se la somete a juicio. Como cualquier otra religión, también ésta exige vivir con radicalidad, y esto equivaldría al termino jihad, que tanto se ha divulgado. ¡Pero esto no quiere decir que se tenga que ir por el mundo cortando cabezas!

Especialmente en sus inicios, el impulso psicológico que la nueva religión dio a sus fieles hizo que se difundiera y se contagiase no solamente al norte de África y al Oriente Medio, sino a toda Asia, donde la India es el país el mundo con mayor número de musulmanes. Pero es claro que la causa de esta difusión no fue el hecho de forzar las conciencias de nadie. De hecho, según el Corán, las otras religiones monoteístas tienen todo el derecho a coexistir con el Islam. El Cristianismo se mantuvo en todo el Oriente Medio, incluso bajo el imperio turco, durante siglos.

Islam quiere decir ser del todo obediente a la voluntad de Dios, a lo largo de toda la vida, tanto en los acontecimientos gozosos como en los dolorosos.

Las cinco plegarias diarias de todo musulmán son una concesión que hizo Mahoma, ya que él comprendió que la grandeza de Dios exigiría una plegaria continua.

Una característica, que aparece de forma muy evidente en el Islam, es la solidaridad objetiva entre todos los creyentes, siguiendo el mandamiento del Corán, lo que produjo que las propuestas de adhesión al comunismo, por parte de Lenin, a las repúblicas musulmanas de la URSS les resultaran incomprensibles.

Es un hecho que por allí por donde pasa el Islam desaparecen las castas.

¿Dónde podemos, pues, situar las causas de un riesgo de comportamientos radicales violentos?

Las religiones en la sociedad

Los mensajes religiosos penetran en las sociedades muy lentamente, requieren mucho tiempo. No existe, hoy en día, ninguna colectividad en la que todos sus miembros vivan seriamente su religión. Las personas religiosas conviven con aquellas otras que, simplemente, su único afán es obtener objetivos temporales.

Esto produce que, como vemos a lo largo de la historia, los diferentes grupos humanos luchen entre sí con el único objetivo de ocupar tanto espacio como sea posible. En estos enfrentamientos, vemos asociado un grupo humano a la religión con la que más se identifica. Pero, ciertamente, no ha sido nunca la religión la motivación del enfrentamiento y sí, en todo caso, una excusa para obtener una mayor adhesión de sus miembros.

Por ejemplo, parece evidente que cuando nuestro rey Jaime I conquistó Mallorca –con  la ayuda financiera de los judíos-y en la toma de Palma se hizo una horrorosa carnicería de musulmanes, no fue el catolicismo lo que la promovió, aunque se consiguió que el Papa declarase la campaña como cruzada…

La radicalización de la política

En el doloroso caso de los recientes atentados en Cataluña, constatamos que el principal responsable de haber metido ideas destructivas en el cerebro de un grupo de jóvenes claramente inmaduros era simplemente una persona de mala vida que, aunque hiciera de imán, no lo hacía con objetivos religiosos.

Además, el ritmo económico del grupo estaba por encima de sus posibilidades: viajes a Francia y Suiza, alquiler de coches y de casas, etc. Se desprende, pues, que las causas reales no eran solamente ajenas a todo proyecto religioso, sino que hay que buscarlas más allá de los simples datos de los que disponemos los simples ciudadanos.

Lo único que parece claro en este asunto  es que lo podemos asociar al actual conflicto que se está desarrollando en el Oriente Medio desde hace años, donde todo resulta bastante enmarañado. Entre los elementos inexplicables, aparece el nacimiento del ISIS, como una seta, fundado por soldados mercenarios que se dedican a hacer la guerra y a matar, en primer lugar, a musulmanes. Nadie sabe quién los financia ni quien los ha armado, y comienzan a hacer negocio con el petróleo de los pozos que llegan a controlar, y éste entra tranquilamente en el flujo mundial del comercio del petróleo: actividades éstas claramente ajenas a todo objetivo trascendente, religioso y sí, en cambio, propias del más oscuro mundo político.

Llegados a este punto, insistir constantemente en hablar de radicalismo religioso como  el causante del terrorismo nos llega a sonar incluso sospechoso. ¿No se podría ver, en esta campaña, una forma de desviar las miradas, evitando que se dirija cualquier sospecha hacia el verdadero autor final, que se esconde, hasta el día de hoy, en el anonimato?

¿No tendríamos que hablar, en cambio, de radicalización del laicismo?

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