Mi experiencia de recorrer Barcelona vacía me hace reflexionar sobre la valía de las personas, los ciudadanos que habitan y conforman una ciudad. Los ciudadanos que le dan a ésta su ritmo y latencia.
El Paseo de Gracia sin las personas que lo caminen deviene un espacio como cualquier otro, sin nada particular; de nada le valen sus farolas, sus tiendas exclusivas… igual que el Gótico, el Born. Si por las calles no hay corazones caminando, no hay historias transcurriendo y todo pierde el encanto, la razón de ser.
Llego al mar, toda su inmensidad también está vallada y no me alegra sentirme privilegiada viendo el mar, porque no puedo compartirlo, esta sensación me confirma aquello que he leído tantas veces: los humanos somos criaturas sociales, no nos sirven el mar, los parques, la ciudad… si todo está vacío, si estamos solos en tales espacios construidos para ser compartidos.
Los bancos de mi barrio, que tan llenitos están siempre de abuelos tomando el sol, permanecen inertes como estatuas en un día cargado de primavera.
Las manos asoman por los balcones cual presos asoman de sus celdas, pero nadie está preso. Me doy cuenta de mi comparación y entonces reflexiono… ¡Cuantos presos quisieran nuestra prisión estos días!
Hay tanta necesidad por compartir de este lado de las pantallas, de este lado del teléfono, de este lado. La ciudad vacía trae consigo infinitas oportunidades de conectar (más literal que nunca) desde dentro de los balcones, desde dentro de uno mismo. Mientras camino veo y oigo a vecinos que hablan de balcón a balcón, de balcón a calle y de calle a balcón. Se explican cómo lo llevan, se cuentan qué harán por la noche, qué harán cuando esto acabe, ¿cuándo acabará? Escucho que alguno pregunta.
Desde la calle los edificios devienen viñetas de cómic con diálogos tan vivos y sinceros como nunca en mi vida los había visto. Ahora todos tienen tiempo de hablar y cuando preguntan “¿Cómo lo llevas?” realmente están dispuestos a escuchar, y quien cuenta está abierto a compartir cómo transita esta experiencia tan particular. Las conversaciones devienen en espacios de encuentros reales y el barrio se hace comunidad, si bien “la comunidad” se genera en ciertos barrios por circunstancia más que por opción, puede que al final, cuando los bancos se vuelvan a llenar, cuando las calles vuelvan a ser transitadas, cuando salgamos de este paréntesis particular, estemos listos para volver a mirar a los ojos y preguntar: ¿Cómo estás? Sin tanta prisa, con más presencia, con más amor.
Acerca del autor
Fotógrafa Vivencial desde 2014. Colabora en Ciutat Nova con la sección de Historias Vivas y la imagen visual de la revista.
