Era pleno verano, a pocos meses todavía de los atentados de Barcelona y Cambrils. Repaso, con la perspectiva del tiempo, alguno de los momentos que hemos vivido y vienen a mi mente una infinidad de imágenes y sensaciones. Aquellos días, mucha gente sufrió. Por supuesto, las personas directamente afectadas y sus familias. Todos los que estaban en las Ramblas o en el paseo marítimo de Cambrils el 17 de Agosto, y los vecinos de la fatídica casa de Alcanar. Y la ciudad de Ripoll, que ha visto como, de repente, todo un modelo de convivencia social se ponía en tela de juicio.
Y también han sufrido, y de modo muy especial, las comunidades islámicas. Unas comunidades hacia las que se han vuelto todas las miradas, frente a unos actos atroces que unos asesinos decían cometer en nombre del Islam. Estos días, he visto muchas lágrimas en los ojos de los musulmanes catalanes. Lágrimas de solidaridad con las víctimas y también lágrimas de rabia, la rabia contenida de los que querían gritar que el Islam no justifica la violencia y que, bajo ningún concepto, querían ser señalados como cómplices de aquellos actos criminales.
Efectivamente, los terroristas generaron mucho sufrimiento, pero ese sufrimiento nos afecta a todos, también a los musulmanes. Y, aunque todos hemos oído a la hermana de uno de los atacantes abatidos en Cambril condenando el terrorismo sin paliativos, a pesar de que todos hemos visto la fotografía del imán de Rubí abrazándose entre sollozos al padre de uno de los recién nacidos, muertos en la Rambla, aunque hayamos visto miles de musulmanes manifestándose por las calles, todavía hay quien interpreta estas acciones terroristas a la luz de un supuesto conflicto de religiones.
Creo que haríamos bien eliminando esta noción de nuestro imaginario colectivo. En primer lugar, porque, como mínimo en Cataluña, no hay ningún elemento que nos pueda indicar que hay un enfrentamiento entre diferentes comunidades religiosas, sino más bien lo contrario. Según los datos del último Barómetro de la Religiosidad, tan solo el 3,1% de los catalanes perciben que las relaciones entre los vecinos de diferentes culturas, nacionalidades o religiones se desarrollan en un clima de tensión u hostilidad. Este porcentaje es todavía más reducido cuando se hace la misma pregunta a ciudadanos musulmanes: únicamente el 1,1% tiene una percepción de conflicto. En Cataluña, las diferentes confesiones religiosas cooperan habitualmente entre ellas y, de hecho, somos uno de los países punteros en la organización de iniciativas de diálogo interreligioso.
Pero, además, necesitamos eliminar la noción de conflicto religioso, porque ese es un concepto que, claramente, pretenden instrumentalizar los terroristas. La misma elección del nombre “Estado islámico” no es en absoluto inocente. Los terroristas pretenden ocultar sus objetivos criminales utilizando el nombre del Islam de manera totalmente repulsiva. Pretenden sumar adeptos disfrazándose de defensores de los musulmanes. Unos musulmanes a los que asesinan –no olvidemos que la mayoría de las víctimas del terrorismo son de esta confesión- y torturan si no siguen sus postulados dictatoriales. Y si no encuentran argumentos para justificar sus acciones en el presente, no dudan en rehacer la historia, si esto les permite sostener que existe un conflicto religioso, en el cual ellos se sienten obligados a intervenir.
Poco después de los atentados de Londres del pasado mes de abril, uno de los imanes de Leicester, el jeque Ibrahim Mogra, lo dijo claramente: “El odio entre religiones es una idea de los terroristas”.
Intentan hacernos creer que existe un conflicto de raíz religiosa, justamente porque pretenden dividir la sociedad. Desean que la diversidad religiosa, que en Cataluña y en muchos otros lugares del mundo se vive con normalidad, sea problematizada; que se convierta en una fractura a cuyo alrededor se generen bandos enfrentados. Es en este escenario donde los terroristas se sienten fuertes. 
Por eso, nuestra estrategia ha de ser justamente la contraria a la de los terroristas. Allí donde ellos pretendan dividir a las diferentes comunidades religiosas, hay que trabajar para que éstas se muestren más unidas que nunca. Ante los tópicos y las imágenes estereotipadas de las religiones, hay que difundir el conocimiento y la transparencia. Frente a los que quisieran muros entre las personas de diferentes creencias, hay que construir espacios de encuentro en los que podamos expresarnos con plena libertad. No hay conflictos entre religiones en Cataluña, ni hemos de permitir que nadie los cree. La respuesta ciudadana de después de los atentados es la mejor prueba
Acerca del autor
Desde 2013 soy director general de Afers Religiosos de la Generalitat de Catalunya. Conocer de primera mano la diversidad religiosa del país, me ha permitido tener una nueva visión de nuestra sociedad.
