La realidad religiosa de Cataluña se ha transformado a lo largo de las últimas décadas. A la par que avanzaba el proceso de secularización, otras confesiones religiosas diferentes de la católica se han ido expandiendo de manera notable. Esta transformación puede dar lugar al afloramiento de perjuicios que supongan un lastre para la cohesión social. Evitar que esto suceda es un de los principales retos de la Cataluña actual.
“El conocimiento profundo de las religiones permite derribar las barreras que las separan”, decía Mahatma Gandhi. Las barreras entre personas que profesan creencias religiosas diferentes pueden construirse de muchas maneras. Una de las más extendidas es la barrera del prejuicio, que nos impide ver al otro más allá, de otro modo que no sea como nosotros nos lo imaginamos.
Pienso que esta reflexión es oportuna, dado el momento en que nos encontramos. Cataluña ha pasado, en muy pocas décadas, de ser una sociedad monolíticamente católica (o casi) a otra en la que la diversidad religiosa se evidencia diariamente en nuestras plazas y calles. Para la mayor parte de la ciudadanía catalana, esta diversidad es un fenómeno que apenas está descubriendo, de modo que es ahora cuando el riesgo de que el afloramiento de los prejuicios es más elevado.
El descubrimiento de la diversidad religiosa
El gobierno de la Generalitat se ha dotado de instrumentos suficientes con objeto de conocer esta diversidad religiosa. Entre éstos, cabe destacar el Mapa Religioso de Cataluña. Este mapa nos permite localizar las entidades religiosas implantadas en nuestro país, cual es su ámbito de actuación o cuales son sus características doctrinales. Más recientemente, el Govern ha impulsado también el Barómetro de la religiosidad, una encuesta a partir de la cual es posible hacer aproximaciones al número de seguidores de las diferentes confesiones religiosas y conocer cual es la actitud de la población hacia esa diversidad.
Con todo ello, podemos hacer una foto de la situación religiosa en Cataluña, donde tienen lugar dos fenómenos paralelos. En primer lugar, el proceso de secularización continua avanzando, de manera que hay hasta un 30,2% de la ciudadanía que no se identifica como seguidora de confesión alguna. Segundo, la presencia de tradiciones religiosas diferentes de la católica ya no es algo anecdótico: un 15% de la población catalana se define como seguidora de una de las mal denominadas “confesiones minoritarias” . Y es que, más allá de la Iglesia Católica, en Cataluña, están implantadas, como mínimo, doce grandes confesiones.
Construir complicidades sociales para evitar barreras
Una amplísima parte de los catalanes percibe la libertad religiosa como un derecho que está garantizado. Pero también los datos de que dispone el Govern ponen de manifiesto una inquietante falta de relación entre las personas vinculadas a las diferentes tradiciones. Así pues, si sólo un 5,3% de la población percibe hostilidad entre las diferentes comunidades religiosas, más del 50% confiesa que la relación entre éstas es prácticamente nula. Todavía es más preocupante la respuesta cuando se pregunta a la ciudadanía por su nivel de conocimiento de las diversas tradiciones. A pesar de que cerca del 60% de los catalanes opinan que es bastante o muy importante disponer de unos conocimientos mínimos sobre las características de las diferentes confesiones religiosas, para poder entender algunas expresiones culturales y artísticas o determinadas situaciones políticas, la verdad es que solamente en el caso de la Iglesia católica consideran que su nivel de información merece un aprobado.
A la luz de este desconocimiento, no nos ha de sorprender que se expresen ciertas reticencias hacia algunas comunidades religiosas. Destaca, por ejemplo, que un 41,1% manifiesten que el hecho de tener un oratorio islámico cerca de su casa podría molestarles en alguna medida; el 34,8% no quisiera una Sala del Reino de los Testigos Cristianos de Jehová, y un 29,6%,no desea una sinagoga.
Así, pues, parece ser que una parte de la ciudadanía ya ha construido las barreras que pronosticaba Gandhi. Nos encontramos en un momento decisivo. Un momento en el que hemos de decidir si queremos luchar contra el surgimiento de estas barreras o bien comportarnos como simples espectadores de la evolución de los prejuicios de raiz religiosa. Es una tarea ingente: una tarea que nos ocupará décadas y que se enfrentará a incontables dificultades. Pero es, sin duda, una tarea apasionante, de la que no podemos ni queremos huir: un reto en el que nos jugamos nuestro futuro.
Artículo publicado en el número 170 (Primavera 2017) de Ciutat Nova
Acerca del autor
Desde 2013 soy director general de Afers Religiosos de la Generalitat de Catalunya. Conocer de primera mano la diversidad religiosa del país, me ha permitido tener una nueva visión de nuestra sociedad.
