Con la llegada del nuevo ejercicio político y con la vista puesta en las próximas elecciones generales de abril y europeas y municipales de mayo, parece que debamos empezar a correr hacia la culminación – o no – de dos grandes temas omnipresentes: el Brexit y el juicio de los presos políticos. Todos sabemos que, para bien o para mal, la adrenalina llega cuando se acerca el final de los plazos dados sin que se hayan terminado los deberes y nos empuja, con un ritmo frenético, hacia la obsesión de marcar perfil: discursos, actos populares, inauguraciones, declaraciones solemnes, manifestaciones, etc., serán el pan nuestro de cada día durante los próximos meses. En este contexto me pregunto, ¿son las elecciones todavía el sistema más adecuado para organizarnos políticamente? Esta es la tesis elaborada por el filósofo flamenco David van Reybrouck en su libro Against Elections (Contra las elecciones).
Al margen de la provocación, no creo faltar a la realidad diciendo que, hoy en día, la consideración general de la organización de nuestras comunidades políticas es más bien mala; por no hablar de la extendida sensación de separación entre los votantes y nuestros representantes políticos. Muchos afirman que la nuestra no es una democracia de calidad, o que la política ya no es capaz de encontrar soluciones a la crisis económica y social – incluso casi moral – de nuestra sociedad.
Al mismo tiempo, con unos datos de participación cada vez menores, cuestionamos con mayor fuerza la legitimidad de los gobernantes para tomar decisiones. Sin embargo, esta desconfianza es recíproca, ya que tampoco los representantes políticos creen en la virtuosidad de sus representados: con un sencillo ejemplo, ¿cuántas iniciativas de legislación popular han progresado nunca en Catalunya, más allá de la prohibición de las corridas de toros?
Esta triple tensión: la crisis de confianza mutua, la crisis de legitimidad (derivada de la primera) y la crisis de eficacia política, provocan lo que Van Reybrouck llama la “paradoja de la democracia”, es decir, cuanta más democracia se tiene, más se necesita. Esta sed insaciable, nos lleva, según Reybrouck, al Síndrome de Fatiga Democrática. Llegados a este punto, críticos y exhaustos, ¿nos hemos preguntado alguna vez en qué consiste la democracia?
Cuando empecé la carrera de ciencias políticas, lo primero que nos enseñaban era que la democracia había nacido en Grecia, en la época dorada de Atenas. Y su validez se circunscribía a las características de su época: comunidades políticas pequeñas y próximas geográficamente y con una clara diferencia entre ciudadanos y el resto (es decir, mujeres, niños, extranjeros y esclavos). La democracia directa y el sorteo de las responsabilidades políticas eran la clave, en aquel tiempo, para “uno de los principios de la libertad, que es gobernar y a su vez ser gobernados” (Aristóteles, Política).
El elemento más sorprendente a nuestros ojos de este tipo de sistema de representación aleatoria es, sin duda, el sorteo. Sin embargo, éste era el elemento clave que distinguía, para un ateniense, un sistema democrático de uno oligárquico, en el que la elección era vista como una concesión a las élites (como diría Rousseau muchos siglos después, la elección es la base de una aristocracia electiva), mientras que el sorteo evitaba la formación de políticos de carrera. Además, la continua rotación en los cargos de responsabilidad (algunos lo eran por un día, otros por seis meses, otros por un año) impedía rincones oscuros controlados por grupos con un interés particular. ¿Todavía podemos considerar, con la capacidad tecnológica que tenemos a nuestra disposición, que sólo podía aplicarse a comunidades pequeñas?
El segundo elemento característico de la definición aristotélica de libertad es que ésta se fundamenta no solo en el hecho de “gobernar” sino, al mismo nivel, de “ser a su vez gobernado”. Este grado de corresponsabilidad cívica permitía un alto grado de implicación del interés individual en el interés colectivo, generando una unidad social de destino común que, en nuestro tiempo, creo que tan solo seríamos capaces de alcanzar en relación al cambio climático. Para ilustrar por cuánto tiempo el sorteo se consideró un instrumento de uso común, nuestro rey Fernando, llamado el Católico, dijo a propósito de la gobernanza local de las villas medievales: “la experiencia demuestra que las villas y ciudades que funcionan con un régimen de sorteo tienden a promover una buena vida, una sana administración y un mejor gobierno, que los regímenes basados en las elecciones. Son más unidos y más igualitarios, más pacíficos y menos vinculados a las pasiones” (citado en SINTOMER Yves, Pétite histoire de l’experimentation démocratique).
Es muy probable que la primera idea que se nos ocurra al oír hablar de “sorteo” sean “bolas calientes”. La segunda sensación quizás sea un cierto vértigo: ¿cómo evitar los riesgos de imprecisión o de ineptitud por parte de un cuerpo administrativo inexperto? Personalmente respondería con la misma pregunta, sea respecto de los votantes como de los electos. Van Reybrouck añade además que, si nuestros parlamentarios fuesen los más expertos para determinar el interés general, ¿por qué necesitarían un montón de asistentes, cargos de confianza, consultas con técnicos y expertos, o incluso los mismos funcionarios? Es sólo a partir de la deliberación y el razonamiento que se pueden tomar decisiones. No se trataría de actuar irresponsablemente: en este caso, el cambio entre representantes elegidos y sorteados estriba en la eliminación de la distancia entre el pueblo y la clase dirigente y en evitar el riesgo de corrupción.
Doscientos años de democracias representativas han dominado el discurso para alertarnos de los peligros del sorteo, pero si observamos su evolución, veremos como su extensión popular real se ha tratado siempre de una reivindicación constante: por la ampliación del sufragio censitario, por el sufragio universal (masculino), por el voto de las mujeres (viudas con posesiones), por la igualdad de todos los votos, por el sufragio universal (femenino), etc. Uno de los puntos sometidos últimamente a crítica, el salario de los parlamentarios, también fue una gran conquista social: sin retribución, la representación estaba restringida, de hecho, a aquellos que podían permitirse no trabajar y costearse los desplazamientos y alojamiento en la ciudad dónde estuviese situada la sede parlamentaria. La democracia representativa contemporánea no ha tenido nunca la virtud de ser democrática por ella misma, aunque se le haya hecho serlo. ¿No será el momento de empezar a pensar fuera de estos esquemas?
Si queréis saber más sobre los argumentos por los que Van Reybrouck afirma que “las elecciones son el combustible fósil de la democracia”, así como conocer su propuesta de transformación política, de un sistema representativo hacia un sistema de participación deliberativa, os recomiendo leer Contra las elecciones, de David van Reybrouck (Ediciones Taurus 2016, 19€)
Acerca del autor
Nacido en Barcelona en 1990, es politólogo por la UPF y graduado por el Instituto Universitario Sophia de Loppiano (Italia). Se ha especializado en el estudio de los nacionalismos y de la integración europea. También es poeta en los ratos libres.

Estoy de acuerdo.
Aquí hay algo que funciona muy mal.
¿La democracia es un peligro?
Gracias
No estoy de acuerdo. Sin elecciones no hay democracia. El principio «un hombre, un voto» nos iguala a todos. La «participación deliberativa» puede ser una mejora del sistema democrático, pero no puede eliminar el principio de «un hombre, un voto». Las dictaduras eliminan ese principio y su consecuencia natural, el parlamento, pero promueven otros espacios «deliberativos» alternativos, solo para sus partidarios.
Me quedo con la duda sobre quienes son los «presos políticos» de los que hablas; me da la impresión de que son los políticos que se saltan la ley y son de grupos que apoyas. Los políticos de otros grupos, que también se la saltan, deben ser sólo «políticos presos».
Salutations!
Van Reybrouck afirma, como también yo señalo en el artículo, que doscientos años de democracia liberal nos han convencido que la democracia se juega en las elecciones y en los parlamentos. Creo que nuestra perspectiva debe ir más allá. Pienso que la representación parlamentaria es un elemento clave para la buena administración y, a partir de todo lo que hemos aprendido en la lenta evolución de las comunidades políticas, me inclino a pensar una fórmula mixta. En uno de los capítulos del libro se desarrolla una propuesta de sistema paralelo a nivel europeo, dónde, por otra parte, se producirán las más grandes transformaciones en el futuro cercano.
Intentemos pensar en qué momento se utiliza ya hoy en nuestro sistema político el sorteo de forma universal y absolutamente aceptada por todos: la composición de las mesas electorales. Por un día, miles de personas son llamadas obligatoriamente a formar parte de la administración pública para garantizar la imparcialidad del recuento electoral. Quién haya sido miembro de una mesa sabrá, así mismo, que no se llega a las 8 de la mañana del domingo en cuestión con una mano delante y otra detrás: ha sido informado por un reglamento muy detallado con todos los previstos e imprevistos posibles y cómo reaccionar a ellos. Se les convoca a diversas sesiones de información y formación para asegurar el normal funcionamiento de los colegios electorales. La propuesta de Van Reybrouck, lejos de crear chiringuitos deliberativos exclusivos, funcionaría siguiendo ese mismo esquema pero un escalón más arriba. Por ejemplo: en Catalunya no tenemos tradición de sistema bicameral, pero en España, sí. ¿Por qué no utilizar el Senado –dolor de muelas institucional en muchos sentidos- para una forma de hacer política innovadora no basada en la representatividad mas en la aleatoriedad? Prácticamente sin cambiar ningún reglamento sobre las competencias actuales del Senado, ¿por qué no abolir el sistema de designación autonómica y provincial para escoger por sorteo una serie de ciudadanos (con proporción territorial) para una votación concreta, pongamos por una semana, con una clara y transparente explicación del recorrido de esa propuesta legislativa en el Congreso de los Diputados (cámara escogida electoralmente)? Pondríamos ciudadanos de diferente extracción social y cultural a discutir sobre un proyecto concreto bajo la supervisión de expertos en el tema y de técnicos de dinámica de grupos en primer plano. Propondrían enmiendas, se tendría una discusión pública y se votaría una propuesta de texto que se devolvería, como ya sucede hoy, al Congreso para su votación final. A partir de esta experiencia sin ningún riesgo (la decisión final la seguirá teniendo el Congreso y los parlamentarios escogidos por voto directo y universal), quizás determinaremos mejor qué rol debe tener cada cámara y podremos –o no- profundizar la práctica de este nuevo tipo de participación política. La excelencia y los resultados son siempre fruto de la práctica.
No creo que este tipos de democracia deliberativa anule el principio “un hombre, un voto”; acercaríamos a todos los ciudadanos (pues todos son susceptibles de resultar escogidos a formar parte de la asamblea) a la responsabilidad pública y ayudarían a reducir la distancia entre parlamentarios y el pueblo soberano. Es en este sentido que debemos entender el principio declarativo “contrario a las elecciones”: devolver el centro de la discusión política al ciudadano y al interés público, no dejarlo sólo en manos de los representantes y de los partidos políticos. La democracia es mucho más que las solas elecciones y, en el mundo de mañana, todos estamos llamados a participar.
¡Gracias por comentar!
No estic d’acord. Sense eleccions no hi ha democràcia. El principi «un home, un vot» ens iguala a tots. La «participació deliberativa» pot ser una millora del sistema democràtic, però no pot eliminar el principi d ‘ «un home, un vot». Les dictadures eliminen aquest principi i la seva conseqüència natural, el parlament, però promouen altres espais «deliberatius» alternatius, només per als seus partidaris.
Em quedo amb el dubte sobre qui són els «presos polítics» dels que parles; em fa l’efecte que són els polítics que se salten la llei i són de grups que dones suport. Els polítics d’altres grups, que també se la salten, han de ser només «polítics presos».
Salutations!
Van Reybrouck afirma, com també jo assenyalo a l’article, que dos-cents anys de democràcies liberals ens han convençut que la democràcia es juga a les eleccions i als parlaments. Crec que la nostra perspectiva ha d’anar més enllà. Jo mateix penso que la representació parlamentària és un element clau per a la bona administració i, a partir de tot el que hem après en la lenta evolució de les comunitats polítiques, m’inclino a pensar en una fórmula mixta. En un dels capítols del llibre es desenvolupa una proposta de sistema paral·lel a nivell europeu, que és d’altra banda l’escenari on les més grans transformacions han de produir-se en el futur proper.
Provem a pensar en quin moment s’utilitza al nostre sistema polític el sorteig de forma universal i absolutament acceptada per tothom: la formació de les meses electorals. Per un dia, milers de persones són cridades obligatòriament a formar part de l’administració pública per garantir la imparcialitat del recompte electoral. Qui hagi format part d’una mesa sabrà, tanmateix, que hom no arriba a les 8 del matí del diumenge en qüestió amb una mà al davant i una altra al darrere: ha estat informat per un reglament molt detallat sobre tots els imprevists -i previstos- possibles i com reaccionar-hi. Se’ls convoca a diverses sessions d’informació i formació per assegurar el normal funcionament dels col·legis electorals. La proposta de Van Reybrouck, lluny de crear xiringuitos deliberatius exclusius, funcionaria seguint aquest mateix esquema però un graó amunt. Formulo un exemple: a Catalunya no tenim tradició de sistema bicameral, però a Espanya, sí. Perquè no podríem utilitzar el Senat -mal de cap institucional en molts sentits- per a una forma de fer política innovadora no basada en la representativitat sinó en l’aleatorietat? Pràcticament sense canviar cap reglament sobre les competències actuals del Senat, perquè no abolir el sistema de designació autonòmica i provincial per escollir aleatòriament una sèrie de ciutadans (per proporció territorial) per una votació concreta, posem per una setmana, amb una clara i transparent exposició del recorregut d’aquesta proposta legislativa al Congrés dels Diputats (cambra escollida electoralment)? Posaríem ciutadans de diferent extracció social i cultural a discutir sobre un projecte concret sota la supervisió d’experts en el tema i de tècnics en dinàmica de grups en primer pla. Proposarien esmenes, es tindria una discussió pública i es votaria una proposta de text i es retornaria -com ja passa avui- el text al Congrés per a la seva votació final. A partir d’aquesta experiència, potser determinarem millor quin ha de ser el rol de les dues cambres i podrem -o no- aprofundir la pràctica d’aquest nou tipus de participació política. L’excel·lència només ve amb l’experiència.
No crec que aquest tipus de democràcia deliberativa anul·li el principi «un home, un vot», acostaríem tots els ciutadans (perquè tots són susceptibles de resultar escollits a formar part de l’assemblea) a la responsabilitat pública i ajudaríem a escurçar la distància entre parlamentaris i poble sobirà. És en aquest sentit que hem d’entendre aquest principi declaratiu «contrari a les eleccions»: retornar el centre de la discussió política en el ciutadà i l’interès públic, no deixar-lo només en mans dels representants i dels partits polítics. La democràcia és molt més que només les eleccions i, en el món de demà, tots estem cridats a participar.
Gràcies per comentar!
Estoy de acuerdo.
Aquí hay algo que funciona muy mal.
¿La democracia es un peligro?
Gracias
En primer lugar, enhorabuena por la revista y por el formato.
Gracias también por el artículo, que me parece provocador, en el sentido de que provoca una reflexión interesante para los tiempos que corren.
Aunque es una idea sugerente desde cierto punto de vista, yo creo que sustituir las elecciones por un sorteo no resolvería el déficit democrático que vivimos. Ambas alternativas están centradas en la cuestión de la representatividad.
Pero, en mi opinión, la esencia de la democracia no está tanto en la representatividad como en la capacidad de dialogar y entenderse, de encontrar, en la medida de lo posible, puntos de acuerdo entre visiones distintas del mundo que se traducen en visiones distintas acerca de multitud de temas concretos.
La existencia de una diversidad de visiones, de una amplísima variedad de «partes», es un dato de hecho. Igualmente me parece un dato de hecho, aunque ciertamente no tan obvio, que los partidos tradicionales huyen de esta complejidad de la realidad y tratan de simplificarla escandalosamente.
Tan falso me parece que un grupo, por el hecho de haber ganado unas elecciones, se arrogue la representación del pueblo (cuando es evidente que solo puede representar a una parte…), como una representación al azar, desvinculada totalmente de las diferentes «partes» que existir, existen.
Creo que la mejora de la calidad democrática pasa por una revitalización de lo que antes se llamaban cuerpos intermedios: asociaciones de todo tipo (no necesariamente ideológicas) culturales, sociales, económicas…, formas de organización que surgen autónomamente y espontáneamente de la sociedad civil y expresan su complejidad y su riqueza cultural, y seguramente poseen una mayor capacidad de diálogo e interacción que los partidos tradicionales.
La tecnología hoy facilita enormemente la escucha y participación de estos cuerpos intermedios, pero no tengo tan claro que haya suficiente voluntad política real para no caer en la tentación de intentar instrumentalizarlos y coartar su autonomía.
En primer lugar, enhorabuena por la revista y por el formato.
Gracias también por el artículo, que me parece provocador, en el sentido de que provoca una reflexión interesante para los tiempos que corren.
Aunque es una idea sugerente desde cierto punto de vista, yo creo que sustituir las elecciones por un sorteo no resolvería el déficit democrático que vivimos. Ambas alternativas están centradas en la cuestión de la representatividad.
Pero, en mi opinión, la esencia de la democracia no está tanto en la representatividad como en la capacidad de dialogar y entenderse, de encontrar, en la medida de lo posible, puntos de acuerdo entre visiones distintas del mundo que se traducen en visiones distintas acerca de multitud de temas concretos.
La existencia de una diversidad de visiones, de una amplísima variedad de “partes”, es un dato de hecho. Igualmente me parece un dato de hecho, aunque ciertamente no tan obvio, que los partidos tradicionales huyen de esta complejidad de la realidad y tratan de simplificarla escandalosamente.
Tan falso me parece que un grupo, por el hecho de haber ganado unas elecciones, se arrogue la representación del pueblo (cuando es evidente que solo puede representar a una parte…), como una representación al azar, desvinculada totalmente de las diferentes “partes” que existir, existen.
Creo que la mejora de la calidad democrática pasa por una revitalización de lo que antes se llamaban cuerpos intermedios: asociaciones de todo tipo (no necesariamente ideológicas) culturales, sociales, económicas…, formas de organización que surgen autónomamente y espontáneamente de la sociedad civil y expresan su complejidad y su riqueza cultural, y seguramente poseen una mayor capacidad de diálogo e interacción que los partidos tradicionales.
La tecnología hoy facilita enormemente la escucha y participación de estos cuerpos intermedios, pero no tengo tan claro que haya suficiente voluntad política real para no caer en la tentación de intentar instrumentalizarlos y coartar su autonomía.
Bon dia Romà, és interessant obrir aquest debat perquè fa falta remoure-ho tot: està clar per una bona part de la població – entre la qual m’hi compto – que el sistema no funciona adequadament. Jo crec, però, que hi ha aspectes més rellevants per millorar la qualitat democràtica. Em refereixo al funcionament dels partits polítics. La meritocràcia en l’àmbit partidista consisteix bàsicament en estar al costat dels que, en un determinat moment, ostenten el poder, en obrir i tancar la persiana cada dia i en tenir una bona capacitat per intrigar. A la vista està: líders que són el “pitjor de cada casa”. No vull referir-me a noms concrets però si que he de fer-ho a actituds: insults, desqualificacions de l’adversari, inflacions curriculars, fatxenderia, mentides…repasseu a les primeres espases. Confiaríeu en ells per tenir-los com a companys de feina, com a amics? El pitjor d’aquest penós escenari és el que ja comença a passar: apareixen els que ens volen salvar, els que “diuen la veritat”, els de les solucions simples a problemes complexos, els que instiguen els nostres pitjors instints.
Cal cercar solucions a aquesta situació: per descomptat llistes obertes i no bloquejades, durada determinada dels mandats, retribucions flexibles en raó dels que s’obtenien abans de donar el pas a la política, comitès interns d’ètica…
Mentrestant Romà prefereixo votar que deixar la meva sort i la de la meva comunitat en mans de l’atzar.