Entre el anonimato del servicio y el de la persona invisibilizada, se abre un espacio único en el que puede nacer la amistad, la proximidad, el cariño, el cuidado y la recuperación de la dignidad. Hablamos con Susanna Bosch.

Hablar delante de la gente no es lo que más le gusta, pero cuando se trata de compartir sus vivencias de voluntariado a otros voluntarios, Susanna no lo duda. Además, tiene la costumbre de escribir en un cuaderno y en forma de relato algunas de las vivencias. Esto le ayuda a volver a pasar por el corazón todo lo que vive y a hacer de ello una lectura más consciente y reflexiva. De hecho, la pillamos mientras prepara una charla y comparte también con nosotros sus reflexiones.

ENCONTRARNOS Y COMPARTIR

Susanna valora mucho hacer voluntariado en grupo, porque cree que esto ayuda a mantener la actividad a lo largo del tiempo, apoya la tarea y constituye el grupo en el primer círculo del encuentro. Círculo de amistad que se ensanchará hasta incluir a aquellos que, en su caso, son personas que duermen en la calle.

Encontrarse con ellos es, para Susanna, mirar al otro con una mirada amplia. Una mirada consciente de que se conoce a aquella persona en un momento de dificultad en su vida, en una situación que requiere ayuda; pero que seguro que en otros momentos no ha sido así. Porque la persona es más que el momento actual, que las circunstancias… Acercarse con atención y delicadeza, con una sonrisa, mirándole a los ojos, preguntándole su nombre. Callar, a menudo callar, no hablar demasiado y escuchar mucho. Estar atento, muy atento, ponerse en su sitio y hacer lo que te gustaría que te hicieran a ti. En su caso, tocarla o abrazarla, desde el respeto y también desde el coraje. Es posible que la persona necesite ese contacto. ¿Quién la abraza? Es un gesto que conecta los corazones y hace posible la comunión, profundiza la amistad.

Más allá de la formación que puede ofrecer el grupo o la entidad, Susanna incluye siempre una preparación personal previa al encuentro con las personas vulnerables. Un momento de silencio, de detenerse, de tomar conciencia, y que después ayuda a estar más presentes y atentos. Un momento vital para asegurarse de que no se esconde detrás de ninguna máscara y que su voluntariado no busca llenar un vacío, sino que es una donación de sí misma, sin esperar nada a cambio.

En realidad, el voluntariado implica servir y acoger sin juzgar, escuchando las prioridades y necesidades de las personas necesitadas, que son distintas a las propias, sin dar soluciones. Afirma Susanna que, si el voluntario quiere dar la vida, debe compartir la vida. Y esto significa comprender que lo que de verdad duele es el aislamiento, más que la situación concreta de sufrimiento. Por eso es necesario entrar en comunión con el sufrimiento, es decir, conmoverse y comprometerse ante el sufrimiento del otro, que significa captar también la importancia que tiene para todo el mundo que alguien te espere, poder contar con alguien.

AMISTAD Y COMUNIDAD

Mirar y ver a las personas. Hacer visibles a aquellas personas que, por su difícil situación, son invisibles para la mayoría; solo es posible desde el reconocimiento de que todos estamos heridos por la soledad, la incertidumbre, los miedos, los fracasos… Todos compartimos la misma fragilidad y vulnerabilidad. En el fondo, se trata de descubrir, como dice Pablo d’Ors, que “tu herida late en la herida del mundo y que en la herida del mundo late tu propia herida”.

Por eso, hay que tener siempre presente que el encuentro solo es posible desde la propia herida. Desde allí se puede mirar con el corazón al otro que también tiene su herida. Y esta es la brecha que abre la acogida sin juicios, la comprensión, el cariño… Pero no se trata de exhibirse, de explicar nuestros problemas, sino de compartir lo más profundo, de mostrarse tal como se es, de modo que el otro pueda captar la transparencia y sinceridad hasta hacer que sea capaz de compartir también él su sufrimiento.

Es esta la dinámica que lleva a la verdadera hospitalidad. Un camino que conduce a la amistad con aquellos que son invisibles para otros, hasta convertirse en comunidad que cuidan unos de otros. Un círculo inclusivo que requiere una interioridad imprescindible. Y es desde esa interioridad que Susanna confiesa: “Me mueve el deseo de establecer un vínculo con estas personas sin techo, no un vínculo empático y basta, sino un vínculo más profundo, de amistad, a partir del cual podamos compartir desde de la sencillez, desde el corazón… sin juicios ni objetivos. Ellos me humanizan, me hacen conectar con la bondad, con el amor, y me hacen dar lo mejor de mí misma”.


Este artículo ha sido publicado en el número 196 de Ciutat Nova: Invisibles 

Acerca del autor

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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