Buscar la paz no es cuestión de fe ni de esperanza, sino de espiritualidad, de lo que vincula y religa. De lo que impulsa a emprender el camino hacia la paz.

BUSCAR, CONSTRUIR, CONTRIBUIR

¿Quién no desea la paz? Todos la buscan, quizás sin saber dónde hallarla. La cultura de la paz es como un árbol frondoso y grande que probablemente surge de una semilla muy pequeña y escondida. Habría que cambiar la cultura de la desconfianza, la competición y el enfrentamiento por una cultura de paz. Pero quizás cambiar el mundo sea un proceso más interno de lo que parece.

De hecho, no basta con pedir paz, es necesario aplicarla, construirla. La paz no es solo una reivindicación, sino un estado, una forma de actuar, de vivir. Si queremos paz, debemos aportarla. Aunque el mundo no nos muestre su mejor cara, podemos decidir mostrar la nuestra. Esto es fácil de decir, pero difícil de hacer. La paz nace cuando la damos, no cuando hablamos de ella. Debemos habitar en este camino espiritual que busca y ora hasta encontrar la clave de lo que llamamos paz.

Una cultura de paz es una cultura de espiritualidad. Un camino que cruza repetidamente las porosidades de la línea imaginaria que separa el interior y el exterior. Una interacción constante que transforma y nos transforma, que influye en nosotros y nos influye, que busca, construye y contribuye.

SILENCIO, PAZ Y NO-VIOLENCIA

La historia nos demuestra que, muy a menudo, las personas activistas por la paz a todos los niveles y con acciones de gran alcance son también místicas, en el sentido más amplio y profundo del término. Una mística que explora la espiritualidad hasta encontrar ese silencio y esa paz que son el motor de la noviolencia y de cualquier otro tipo de paz.

Personajes como Thomas Merton, quien consideraba que el principal trabajo de un monje como él es amar a los demás sin detenerse a pensar si son dignos o no de nuestro amor; que cree profundamente que no es posible encontrarse a uno mismo aislándose del resto de la humanidad. Una espiritualidad que lo llevó a influir, a encontrarse con líderes de todo tipo para difundir la cultura del encuentro y el entendimiento.

También Lanza del Vasto, discípulo de Gandhi, quien creía que la verdadera revolución, pacífica y definitiva, es aquella que cada persona debe construir en sí misma para silenciar su propia violencia. Y él, desde lo más profundo de su ser, asumió el compromiso que lo convirtió en un auténtico apóstol de la paz.

Todo el mundo tiene en mente nombres como estos y otros que a lo largo de la historia buscaron dentro de sí para construir la paz, que sentían la necesidad de brindar al mundo. Pero ¿conocéis a Hildegard Goss–Mayr y a su esposo?

TESTIGOS DE PAZ

A aquellos que no habéis oído hablar de ella, me gustaría deciros algo de la vida de Hildegard Goss–Mayr, veterana mística y defensora de la noviolencia, nacida en Viena en 1930. Estudió literatura, lengua inglesa, historia, derecho y teología. Su padre fue soldado en la Primera Guerra Mundial, después de la cual se convirtió en defensor de la noviolencia, fundando el Movimiento Internacional de Reconciliación, que inicialmente se centró en favorecer el encuentro entre Alemania y Polonia.

En 1958, Hildegard se casó con Jean Goss, de madre católica y padre anarquista. Jean luchó en la Segunda Guerra Mundial convencido de que cuantos más hombres matara, mejor defendería a su país. El vacío y el conflicto interno que esto le generó lo transformaron en un firme defensor de un amor activo, dinámico e intransigente ante el mal y las injusticias, pero nunca ante las personas. Esta transformación le costó cinco años de cárcel.

Hildegard ha trabajado incansablemente, junto a Jean, para el Movimiento Internacional de Reconciliación, fundado por su padre en 1914. Este movimiento es una de las organizaciones más antiguas que luchan por la paz, la noviolencia y los derechos humanos, y cuenta con 71 sedes en todo el mundo. Hildegard también ha colaborado con el Servicio Paz y Justicia, creado en Medellín (Colombia) en 1974. Este servicio, de inspiración cristiana y ecuménica, está presente en 12 países y Hildegard es su fundadora junto al premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.

Hildegard ha sido nominada tres veces al premio Nobel de la Paz (1979, 1987 y 2005) y ha recibido reconocidos premios por la defensa de los derechos humanos: Premio Bruno Kreisky (Austria, 1979), Premio Pacem in Terris (2009), entre otros.

Desde la dura experiencia de la muerte y la guerra, Hildegard es capaz de encontrar en sí misma la clave del amor, llegando a escribir que “La vida de cada persona tiene un valor absoluto”. Y, sin detenerse aquí, se pone al servicio de la no violencia y de la defensa de la vida humana en su totalidad. Trabaja incansablemente para redirigir una civilización que ha situado el beneficio, el progreso, el poder y la violencia en el lugar que debería ocupar la persona y su dignidad inalienable.

Ya sea sola o con su esposo Jean mientras aún estaba vivo, y a través de las organizaciones donde trabajaba o colaborando con otros, intervino en el derrocamiento pacífico de la dictadura en Filipinas. También colaboró con el arzobispo brasileño Hélder Câmara en la creación de varios grupos de noviolencia activa en América Latina, Asia y África, denunciando las violaciones de los derechos humanos en las dictaduras militares de Argentina, Brasil y Chile. Además, apoyó las iniciativas del cardenal Paulo Evaristo Arns y el arzobispo Óscar Romero, abriendo sus iglesias a los pobres y perseguidos.

En la primavera de 1975, Hildegard, junto con Adolfo Pérez Esquivel y el abogado Mario Carvalho, fue detenida y encarcelada en Brasil, acusada de conspiración internacional. Sobre este hecho, escribiría más tarde: “Orar juntos nos dio coraje. Decidimos ayunar durante unos días y dijimos a los guardias de la cárcel que estábamos haciendo todo esto también por su transformación”. Años después, trabajó en Ruanda organizando, antes de que comenzara el genocidio, un seminario con hutus, tutsis y europeos. Desafortunadamente, ya era demasiado tarde, y esto le hizo darse cuenta de la importancia de actuar lo antes posible para evitar la violencia. También en Burundi, puso en marcha el proyecto “La Escucha Empática”, en el que grupos reducidos de hutus y tutsis pueden compartir sus experiencias para comprenderse mutuamente y llegar a las verdaderas causas del conflicto.

Actividad, mucha; activismo, ninguno. La fe la tienen algunas personas, la espiritualidad es patrimonio de todos. Y es al adentrarse en la raíz del espíritu, como hicieron Hildegard, Jean y tantos otros, que encontraron esa clave que inspira la acción hacia una auténtica fraternidad, hacia una paz que trasciende religiones y afiliaciones. Una paz que nos hermana en la justicia, la igualdad y la libertad.


Este artículo ha sido publicado en el número 195 de Ciutat Nova: ¿Dónde está la paz? 

Acerca del autor

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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