La experiencia nos demuestra que no resulta nada fácil hablar con aquellas personas que piensan distinto de nosotros. Tenemos cierta tendencia a creer que nosotros tenemos razón y los demás no. Es evidente que tenemos todo el derecho a creer en nuestras ideas, pero este mismo derecho lo tienen también aquellas personas que discrepan de nosotros. Y es que, situarse delante del otro exige estar dispuesto a abrir-se a sus pensamientos, a escucharlos y respetarlos, aunque no los compartamos.

Eso sí, estos diálogos en la discrepancia necesitan de unas ciertas reglas del juego. Hay cosas que no debemos hacer nunca y otras que debemos hacer siempre. Nunca podemos menospreciar o descalificar las razones del otro, nunca podemos faltar a la escucha cuando el otro habla o interrumpirlo, queriendo tener siempre la razón. Tampoco podemos ser inconcretos, tomándonos un tiempo excesivo a la hora de exponer nuestras propias ideas, perjudicando las posibilidades de los demás que también quieren exponer las suyas.

En cambio, hay cosas que deben hacerse siempre: escuchar atentamente cuando el otro habla, expresarse de forma clara, breve y concreta, evitando toda forma de intransigencia, saber argumentar las propias ideas, sin querer imponerlas.

Un espacio con estas características nos hace mucha falta, como si fuera una especie de escuela de convivencia y de soporte a los hábitos democráticos. Espacios que favorezcan el arte del diálogo, serían muy saludables en ámbitos como el matrimonio, la familia, las relaciones con los hijos, especialmente cuando éstos son adolescentes, porque se encuentran en una etapa en la que aceptan sentir que estamos a su lado, pero a una cierta distancia. No les gusta la tutela, pero no les molesta una amigable tutoría. Ponen en crisis nuestras seguridades, por esto también nos favorece a nosotros, porque nos enseña a flexibilizar nuestro diálogo en otros ámbitos tan diversos como el vecindario, el trabajo, la vida pública, las relaciones sociales, la política; en la que se pone de manifiesto un importante déficit de calidad del diálogo, cosa que desanima a la ciudadanía y lleva a desconfiar de la política.

Si pudiéramos avanzar, aunque sea con esfuerzo, para llegar a establecer acuerdos desde la discrepancia, conseguiríamos que la gente volviese a creer en los políticos, pero también que lo hiciese respecto a todo tipo de relaciones entre las personas. Si se pusiera en práctica un diálogo de calidad, aprenderíamos una lección que nos serviría para siempre y para todo… y es que, pensar diferente no puede ser motivo para dejar de respetarnos.

Antoni Pedragosa
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