La calidad de la persona humana se mide por su forma de relacionarse con los demás. Somos más personas, en la medida de que nuestras relaciones están basadas en el amor, y nos destruimos como personas en la medida de que nos aprovechamos y abusamos de los demás. Por esto es tan importante la vida de grupo, de comunidad, de familia, porque es en la convivencia donde aparecen aquellos aspectos nuestros que no conocemos suficiente, y que, gracias a los encontronazos, se ponen de manifiesto.

Cuando nos dejamos llevar por el enfado o por la ira, el resultado es que nos separamos de los demás, no nos hablamos, rompemos la relación, o ésta es de mala calidad. Reconciliarse es arreglar aquello que se había roto, unir lo que se había separado, volver a la cordialidad. Por esto, la vida familiar o de comunidad, es una escuela que nos muestra tanto los aspectos de alegría y bienestar, como las dificultades de la propia convivencia.

Cuando tenemos que tomar decisiones y cada cual quiere imponer su criterio, a menudo esto genera discordia y dificulta la convivencia. Por esto, parece muy oportuna la reflexión que hizo el periodista y político tarraconense, Rovira i Virgili, afirmando que “para convivir es necesaria la mesura y el límite” y añadía que “el límite no debemos verlo como un recorte de libertades, sino como la construcción de aquel equilibrio, de modo que mi libertad no perjudique la libertad de los demás”.

Ésta es una visión práctica y sencilla de cómo generar una buena convivencia y la convivencia exige interdependencia. Nada de lo que interesa a los demás me debe ser ajeno. Nada de lo que me interesa a mi debe ser ajeno a los demás. Ninguna palabra debe ser interrumpida. Ninguna opinión debe ser silenciada. Esto sería ideal, pero…

¿Qué hay que hacer cuando uno va a la suya, o no asume las responsabilidades que le corresponden? En estos casos, es necesario encontrar un momento de tranquilidad, para hablar buenamente de las molestias que ocasiona el comportamiento inadecuado, y proponer unas alternativas que mejoren la cohesión y el funcionamiento del conjunto. Con una idea clara: los episodios pasados no deben enturbiar el momento presente. Si somos capaces de superar los “egos” que acarreamos, y damos paso a la actitud generosa que intenta favorecer a los demás, veremos que esto genera reciprocidad y aumenta el bienestar emocional de todos los miembros de la familia y de la comunidad.

Antoni Pedragosa
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