Es un tema doloroso y entristece tener que hablar de esto, pero tampoco podemos meter la cabeza en un agujero –como si fuésemos un avestruz– o mirar hacia otro lado cuando nos topamos con hechos como éste y otros claramente reprobables. El comportamiento de La Manada refleja muchos aspectos de nuestra sociedad actual, como el machismo, el alto consumo de alcohol y drogas, el relativismo moral, etc.
Sin embargo, querría centrarme en otro aspecto: la gran hipocresía que vivimos en lo que respecta a la educación de nuestra sexualidad. Por una parte, constatamos el bombardeo de estímulos sexuales a los cuales estamos sometidos a diario, esa constante erotización de la sociedad que se basa en una arraigada mentalidad que rinde culto al cuerpo, las sensaciones y el imperio del placer. Los parámetros culturales, de nuestras sociedades occidentales, tienden a hacer del sexo un auténtico “dios”, lo presentan como la panacea de la existencia humana y el elixir de la felicidad. Con lo cual, no resulta difícil escuchar o leer expresiones como: «La pornografía es un estilo de arte», «La pornografía no es el problema, sino el tipo de porno que se hace» y cosas parecidas.
Por otra parte, la misma sociedad que para vender un lápiz (es un ejemplo al azar) me presenta tres mujeres semidesnudas, luego me pide que respete a la mujer y no la mire, ni trate, como un mero objeto de deseo, ni como algo descartable que se usa y se tira… Y entonces me pregunto: ¿Quizá aquí hay algo que no cuadra? No pretendo juzgar el hecho ocurrido o la polémica sentencia que se ha conocido recientemente. Ni es el objetivo del artículo, ni puedo afrontar aquí las múltiples facetas que todo ello comporta. Tampoco quiero desmerecer la bondad del placer y la belleza de las expresiones sexuales y el cuidado de nuestros cuerpos.
El punto que quiero subrayar es otro, se trata de nuestro doble rasero moral o incluso de nuestro “trastorno de personalidad disociada”, es decir, como sociedad tenemos múltiples personalidades y facetas en lo que respecta a los comportamientos sexuales, pero luego pretendemos que casos como el de La Manada no se den, ni sean una consecuencia de la cultura que, en mayor o menor medida, promovemos.
Son cada vez más los estudios que señalan el alto consumo pornográfico de nuestras sociedades, hasta el punto que podemos hablar de la primera generación de adolescentes ‘educados’ sexualmente por los contenidos pornográficos. Unos contenidos que favorecen las adicciones sexuales como analgésicos al dolor, falta de amor o pérdida de sentido de la propia existencia.
El panorama no parece muy alentador, pero no quiero caer en la desesperanza o en el pesimismo, el ser humano posee una gran capacidad para superarse a sí mismo y mejorar. Un punto clave, para cambiar el rumbo actual, consiste en introducir en todos los niveles de educación sexual el factor clave del amor.
Es cierto que la palabra amor también está muy manipulada y que el debate no es nuevo, hace mucho que se habla de si existe diferencia, o no, entre “hacer el amor” y “practicar sexo”. En definitiva, por su misma constitución, el ser humano no puede separar sus actos del sentido profundo que tienen los mismos y de sus consecuencias sobre otras personas, iguales en dignidad y valor, porque si lo hacemos comenzamos a tratar a la otra persona como una mercancía, como un objeto de consumo.
El reto consiste en recuperar una mirada de amor sobre cada persona. El mundo se vuelve amable cuando lo miramos y custodiamos de forma amable. No permitamos que el ritmo de la sociedad nos haga renunciar a lo más profundo de nuestro ser: nuestra esencia más genuina es amar y ser amados.
Acerca del autor
Argentino trotamundos y catalán por adopción, interesado desde siempre en el misterio del Amor, un poco existencialista y bastante enamorado de las lecturas y las metáforas.
