Este primer post de Xavier Baulas nos ayuda a tirar del hilo del último número de Ciutat Nova ¿Tecnopeligro? con una afirmación clara y contundente: el amor y la amistad deberían ser espacios sagrados.

 

Son diversos los motivos por los que utilizar Tinder nos puede hacer sentir peor a la larga, pero si tuviera que destacar dos, diría que los principales son: la superficialidad a la que nos somete y la alteración que provoca en la dinámica natural de las relaciones humanas.

En relación con el primero, aún siendo innegable que el aspecto físico y el estatus social son atributos importantes cuando se siente atracción por alguien, es alarmante que estos sean los estándares principales y exclusivos cuando se interactúa en Tinder o en aplicaciones similares y que, en cambio, cualidades que solo se conocen en la interacción cara a cara, tales como el sentido del humor, la habilidad para explicar historias o la escucha activa no se conozcan hasta que han pasado semanas o incluso meses.                                                                                                                                                                                                                                                                                

Preguntas tales como “¿Qué altura tienes”?, o ¿“Cuánto cobras”? no son anecdóticas en los chats de esta aplicación entre usuarios que han hecho match. No nos tendría que sorprender que esta tendencia vaya en aumento, a la par de lo que también sucede con las intervenciones de cirugía estética entre las mujeres, especialmente las mamoplastias y las rinoplastias.

El hecho de que, en el mundo digital, nos concibamos cada vez más como un producto sexual a partir de rasgos considerados atractivos (nariz pequeña, labios carnosos, senos grandes y glúteos voluminosos, en el caso de las mujeres), produce que la imagen que publicamos, tanto en Tinder como en otras plataformas, se transforme en nuestra carta de presentación y que la convirtamos en nuestro principal activo. Ir al gimnasio es saludable para casi todo el mundo, pero pasar por clínicas y quirófanos para agradar más podría ser éticamente reprobable. En el caso del atractivo de los hombres, aunque el físico también se valora, parece ser que su estatus socioeconómico o su poder de influencia son todavía más importantes; oigo decir a mujeres de mi entorno cercano que han hecho match con un ingeniero, un policía o un abogado, pero no con una persona determinada.                                                                                                              

La atracción y el enamoramiento requieren deseo, y con eso nos bombardea Tinder, pero también requieren bienestar emocional mutuo. En otras palabras: las personas nos gustan, sobre todo, por cómo nos hacen sentir; por eso, la voz, la mirada, la sonrisa, el tacto, el lenguaje no verbal y la cordura de aquella persona son aspectos que tendríamos que conocer cuanto antes mejor, en lugar de dejarlos para el final.

Y es así como las horas de idealización, de teclear, de intercambio de fotos y de enviar mensajes picantes pueden verse truncadas por un baño de realidad. Cuando el sujeto idealizado y el real no coinciden, acabamos frustrándonos y pensando que habríamos podido ahorrarnos todo el proceso. Y es que uno de los principales perjuicios de Tinder es que pretende construir el edificio de las relaciones sexuales y románticas comenzando por el tejado. Es decir, dedicamos muchos esfuerzos a embellecer y mejorar un producto, que se reduce a fotografías y texto y establecemos un acuerdo de atracción mutua con otra persona: el match; y el encuentro físico solo consiste en corroborar que aquel producto coincide con lo que nos ha vendido la aplicación y que, por lo tanto, ya podemos darnos un beso o podemos irnos a la cama.

Al margen del aumento de superficialidad, considero, pues, que otra consecuencia del auge de Tinder es la pérdida de elementos como la espontaneidad y la imprevisibilidad que hasta ahora impregnaban todas las relaciones humanas; es decir, la eterna duda de creer si aquellas dos personas estaban destinadas a conocerse o ha sido un puro azar. Pero, sobre todo, con Tinder, se pierde la incerteza y todo el universo de posibilidades que coexisten cuando nos dirigimos cara a cara a alguien que nos gusta, sin saber si nos corresponderá.

Obviamente, es más fácil y habitual ligar en la discoteca o en el trabajo que en un supermercado. Hay contextos más propicios y otros que lo son menos, por las convenciones sociales asociadas, pero la diversidad de grupos de gente y ambientes que frecuentamos deberían de hacernos ver que tenemos muchas ocasiones para conocer personas y sentirnos interesadas por ellas, y que acercarnos a ellas desde el primer día, sin intermediarios, es decir, sin pantallas ni algoritmos, nos da un poder y una capacidad de influencia inmensos. Nos convertimos en responsables de nuestro relato si creemos en el libre albedrío. Y, sobre todo, certifica que hemos vencido el miedo al rechazo y al ridículo.

El match, por lo tanto, resulta como un bálsamo, porque permite mostrar nuestro interés sin ninguna contrapartida, y nos ahorra el dolor, en el caso de no ser correspondidos. De nuevo, una innovación tecnológica nos desembaraza de una incomodidad. Pero, tal vez, el precio de no pasar por tal incomodidad es el de una experiencia totalmente descafeinada y mecanizada de las relaciones humanas: entrar en Tinder, ir poniendo  likes, lograr un match, chatear, citarse, ver que el otro es el mismo de Tinder, darnos un beso al final de la cita y, tal vez, terminar en la cama… ¿Es así como queremos recordar nuestro proceso de aprendizaje en el ámbito del amor?

Si en el campo de la amistad no lo hacemos, y nos parecería antinatural utilizar aplicaciones para hacer amigos, ¿por qué sí en el amor y en el sexo? Nos tendría que producir una sensación, como mínimo extraña, que cuando queremos encontrar pareja, recurramos a mecanismos similares a los que utilizaríamos para comparar precios cuando buscamos piso o compramos cualquier objeto por Wallapop. El amor y la amistad deberían ser espacios sagrados, alejados de cualquier proceso de mecanización o utilitarismo.   

Acerca del autor

Graduat en Dret i estudiant Filologia Catalana. Actualment dedicat a la docència i al sector editorial. Publica articles en diversos mitjans sobre psicologia social, filosofia política i sociolingüística.

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