Uno de los riegos de nuestro mundo actual es la polarización. Otro es la mediocridad.

Hace poco escuché una conferencia de Amedeo Cencini sobre el tema y me impresionó bastante… quizás por la habilidad en el diagnóstico de este peligro, que a menudo se esconde detrás de una máscara de sentido común; quizás porque, por momentos, tenía la impresión de que… ¡hablaba de mí! Y me temo que muchas otras personas podrían haber tenido la misma sensación.

La vertiente peligrosa de la mediocridad se puede apreciar en muchos ámbitos: en el campo profesional, en el del compromiso personal, como opción de vida… Pero que existen características comunes a todos ellos y, por tanto, puede ser útil identificarlos, para desenmascarar un estatus que quiere legitimarse, mostrando su rostro más amable de equilibrio y prudencia.

La persona mediocre llega a un compromiso, una especie de acuerdo inconsciente entre los objetivos ideales que se propone y otras pretensiones subjetivas de carácter reduccionista. No es que sea realista porque reconoce los propios límites, pongamos por caso; estas limitaciones, por el hecho de ser asumidas de forma errónea, se convierten en muros infranqueables que impiden el crecimiento personal y bloquean al ser humano.

Las consecuencias de la mediocridad son diversas.

  • Reduce la pasión por la vida: un mediocre no vive apasionadamente, con intensidad, los estímulos que la vida nos ofrece. Ni fu ni fa… Un mediocre difícilmente habrá hecho una locura alguna vez en su vida.
  • No hay creatividad; por el contrario, abunda la repetición y la monotonía. La capacidad de crear no surge de nuestro coeficiente intelectual, sino de la voluntad de amar. Quien ama encuentra siempre nuevas formas de expresarse.
  • No se vive; como mucho, se sobrevive. Y esto ocurre, porque se pierde la capacidad de admiración, de contemplación, de saborear la vida a sorbitos, con todo lo que cada día recibimos, desde el espectáculo del sol naciente a la sonrisa de un niño o un anciano.

¿Entonces? ¿Queréis huir de la mediocridad? Hagamos de los retos oportunidades. Tratemos de poner un poco más de pasión en todo aquello que hacemos; busquemos una manera distinta de decir “te quiero” a alguien; miremos a la cara a las personas que nos encontramos en el metro o en el autobús, y dejemos el móvil un poco más en el bolsillo. Serán pequeños gestos, pero en la dirección adecuada.

Acerca del autor

Ciutat Nova es una parte de mí. Soy licenciada en Filología Hispánica y con formación en periodismo: un tándem ideal para una amante de las lenguas, las palabras y la comunicación. Media vida en Valencia, donde he nacido, y media vida en Cataluña: otro buen tándem…

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