El misterio natural, naturalmente
¿Ha sido la pandemia del Covid-19 fruto de un azar natural o de un descuido humano? Es decir, ¿es la naturaleza responsable de tal desgracia o lo somos nosotros?
Tal es la pregunta (aunque más descarnada, ciertamente) que Voltaire planteó en su Poema sobre el desastre de Lisboa a raíz del terremoto ocurrido en dicha ciudad en noviembre de 1755. Aún más, exigía Voltaire una respuesta -a Dios, al universo o a quien pudiera darla- del porqué de la muerte de tantas vidas inocentes. “Creedme, cuando la tierra entreabre sus abismos, mi llanto es inocente y legítimos mis gritos”.
Desgracias como tales han obligado a replantear nuestras relaciones con la naturaleza. El poeta Leopardi, por ejemplo, decía que la naturaleza es «madre en el parto y en el querer madrastra». En La montaña mágica, Thomas Mann hablaba de una naturaleza muda y amenazante, llena de mortífera indiferencia por el ser humano. Frente al dolor inexplicado, tendemos a gritar como aquel personaje de Pedro Páramo: “¡ay vida, no me mereces!”. Habrá incluso quien clame venganza…
Castigos insondables aparte, también es posible que sea nuestra la culpa. ¿Y si la pandemia ha sido fruto de la incompetencia científica, de unos hábitos irresponsables o de falta de previsión política? ¿Hemos creado nosotros el virus? ¿Podría haberse evitado? Sería entonces la Naturaleza quien gritaría con inocencia: ¡ay humano, no me mereces! Y siendo así, con los pies en tierra, deberíamos bajar la cabeza y enmendar nuestros errores.
“Hojas y papel” nos plantea ambas posiciones. Agustín es un amante de la Naturaleza, convencido de que la pandemia es fruto de un castigo natural (cósmico) por nuestro vil comportamiento. Por el contrario, Marcos es un ferviente defensor del progreso tecnológico y está convencido de que todo es culpa de un descuido humano. El primero entiende que lo ideal sería una sociedad sin tecnología, tan natural como la de los animales. El segundo aboga por una sociedad donde la naturaleza sea tecnológicamente reemplazada, a la perfección y sin fallos.
Más allá de tales utopías, el hecho es que Agustín ve la naturaleza como un fin, y Marcos como un medio. Los hay que en los árboles ven hojas, y los hay que ven papel. La madre o el objeto, amar o utilizar, ¿con cuál quedarse? ¿Acaso no hay más opciones a elegir?
Efectivamente, sería erróneo reducir la realidad a ambas posiciones. Quizá el problema resida en concebir la naturaleza como un Otro, algo ajeno al Yo, frente al que puedo posicionarme. Tal vez no hayamos de estudiar nuestras relaciones con la Naturaleza, sino en la naturaleza, en el mundo. El matiz es importante. De hecho, ¿podemos imaginarnos sin naturaleza (como propone Marcos)? O, por el contrario, ¿podemos vivir sin utilizar la naturaleza (como propone Agustín)?
La verdad es que formamos parte del mundo y no podemos ser ajenos a él. Probablemente el argumento más racional para defender el cuidado de la naturaleza es que si la descuidamos, nos perjudicamos a nosotros mismos. Por otro lado, pretender no hacer uso alguno de la naturaleza es similar a no respirar por respeto al viento… ¡absurdo! En todo caso, no hemos de confundir el uso con el abuso, ni desentender el medio por el fin.
Ya afirmaba Dostoievski que la naturaleza es el espejo más transparente de todo ser humano. Somos tierra y a la tierra nos debemos, pese a que sus dones resulten, como de nuevo se dice en Pedro Páramo, tan gratuitos como ácidos. ¿Qué hacer entonces frente al perjuicio natural, misterioso e insondable? ¿Cómo actuar cuando no encontramos culpables? Quizá gritar, como el Hamlet de Shakespeare: “La naturaleza está en desorden… ¡Suerte execrable! ¡Haber nacido yo para enmendarla!”.
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