Las religiones no pueden dejar de buscar el camino hacia la paz. El autor hace una propuesta clara y osada para que las religiones puedan traer la paz al mundo, interpelando a todas las tradiciones a recorrer un camino que tiene tres etapas.
En un mundo convulso, donde las desigualdades no disminuyen y más bien parecen aumentar, y en el que existe la sensación generalizada de una explosión de la violencia, especialmente de raíz religiosa, la humanidad se hace una pregunta doble: ¿cuándo tendremos la paz, y qué papel les corresponde a las religiones que hoy se ven afectadas por la ola terrorista y bélica?
La respuesta es múltiple y compleja, y no puede recaer sólo en las tradiciones religiosas. No obstante, las religiones no pueden evitar el reto y excusarse ante la responsabilidad colectiva de nuestro mundo. No pueden hacerlo, sobre todo, por su vocación profética y la tradición de sabiduría de todas ellas, pero también por la vocación de autoridad moral mundial a la que están llamadas, más allá de su capacidad de influir individualmente en el sentido de la existencia de cada persona fiel y su plenitud de vida.
Para empezar, el teólogo católico Hans Küng ya se anticipó, acertadamente, a la respuesta con una aproximación muy clara y diáfana: “No habrá paz en el mundo mientras no exista paz entre las religiones”, y añadía que éstas encontrarán la Paz cuando dialoguen entre ellas. Con esta afirmación, Küng sentenciaba una doble certeza y reconocía un protagonismo fundamental para las religiones. En definitiva, para el teólogo suizo era necesario que las religiones sean conscientes de que tienen ante sí un reto obligadamente compartido: las conducirá hacia la unidad en la diversidad, las dotará de una fuerza y, sobre todo, de una autoridad mundial incontestable (que ahora no tienen suficientemente), y lo harán al servicio a los pueblos y de la humanidad entera.
voLVER A LOS ORÍGENES
Conseguir este gran hito significa retornar a los orígenes y profundizar en el fondo de la gran riqueza de cada una de las tradiciones espirituales y religiosas del mundo. Éstas aparecieron antes que todas las guerras, antes que los Estados y antes que la misma democracia que hoy no consigue pacificar el mundo. ¿Quizás la revolución pendiente de la humanidad es la de las religiones? ¿Y si éstas logran rehacerse para convertirse en aquello por lo que se formaron y encuentran el camino para llegar al corazón de las personas y convertirse en faros para los pueblos? Lo cierto es que las religiones son un patrimonio mundial que enriquece todas las culturas, toca, como ninguna otra realidad, las profundidades de la condición humana y puede fomentar enormemente tres grandes valores supremos: hacer crecer la fraternidad, nutrir la concordia y consolidar la Paz en el mundo. Si las religiones son parte imprescindible de la alternativa para avanzar hacia un mundo justo y en paz, ¿cuáles son los caminos para conseguirlo? ¿Qué fases habría que ir superando? ¿Qué retos y qué dificultades convendría afrontar? Proponemos tres fases.
1. DIÁLOGO INTERNO
La primera fase es, claramente, intra–religiosa. Como afirma Küng, la paz en el mundo hay que trabajarla primeramente desde las religiones, porque éstas tienen un papel privilegiado ante valores de fondo como la Paz. Además, la verdad a la que se abocan las tradiciones religiosas, y pregonan a los millones de fieles desde hace milenios, aporta una sabiduría única a toda la humanidad que influye en su destino. En consecuencia, conviene que las religiones se reconozcan seriamente en este papel. Es necesario que todas ellas, cada una a su ritmo y en el momento adecuado, hagan un ejercicio de diálogo interno en profundidad, que les llevará tiempo y debates de fondo muy ricos. Deben ser convocados sus líderes, los estudiosos, las comunidades y sectores o sensibilidades dentro de la institución (si disponen de ella), o de los colectivos o comunidades de creyentes que formen la propia tradición religiosa o espiritualidad. En este proceso interno juega un papel clave la meditación o la plegaria como bases de buena parte de esta introspección sincera y honesta, que los lleve a la verdad profunda de cada religión para luego encontrarse, entre todas, en la etapa de confluencia interreligiosa.
En este diálogo interno, cada tradición religiosa debe saber ir a las fuentes, sanear el discurso y la doctrina, renovar el sentido de los ritos y celebraciones propias, y actualizar el sentido de los dogmas o de sus principios y mandamientos o normas. Es un trabajo que debe tener como objetivo la voluntad de deshacerse de todas aquellas capas de piel que se han podido ir añadiendo durante siglos, que desdibujaron la gran verdad fundamental de cada tradición. Implica que cada religión debe ser franca con ella misma y tener el coraje de la verdad para saber mirar atrás. De esta mirada retrospectiva tiene que eliminar todo aquello que ha sido un exceso o una infidelidad en relación a la sabiduría de la propia tradición. Debe encontrar la manera de rectificar públicamente, pedir perdón si procede, aprender de las equivocaciones pasadas, rechazar los abusos y las violencias ejercidas y recuperar de nuevo la verdad trascendental. Esto permite a cada religión volver al presente con dignidad y credibilidad y, sobre todo, afrontar el futuro con condiciones de encontrarse interreligiosamente, a medida que todas las religiones hayan avanzado en un proceso parecido.
2. DIÁLOGO INTERRELIGIOSO
La segunda fase es, necesariamente, interreligiosa. Una vez que las diferentes religiones se han ido purificando y actualizando, toca el multiencuentro fraterno. El teólogo suizo insiste, en la segunda parte de su sentencia anteriormente citada, que mediante el diálogo entre todas las religiones será posible iniciar un nuevo tiempo de paz duradera y profunda, si lo hacen juntos. Este diálogo indispensable entre las religiones ya se empezó hace mucho tiempo, aunque afectando más bien a determinados sectores de cada tradición y no a su globalidad. Algunos ejemplos son prueba de un trabajo muy esperanzador, serio y determinado por parte de sus impulsores: el Parlamento de las Religiones del Mundo, nacido en Chicago en 1873, dio los primeros pasos a finales del siglo XIX; las cumbres o encuentros mundiales que las Naciones Unidas ya han organizado sobre Religiones y Paz, han convocado a líderes espirituales y religiosos de todo el mundo; y la propia Iniciativa de las Religiones Unidas, fundada más recientemente, o la entidad Religiones por la Paz ya han experimentado una importante expansión en miembros y países en la última década.
Todo parece encaminarse para hacer confluir las religiones y espiritualidades del mundo en un diálogo sincero, vivo, fraterno y permanente a nivel global, que no es fácil, pero sí muy necesario. Las religiones deben ir asumiendo, en esta fase, un último gran hallazgo: que las verdades de las diferentes tradiciones beben de una misma Verdad, y lo más importante de ello es que es compartida. Y esta condición, lejos de enfrentarlas como ha sido durante siglos, para añadir parches a esta Verdad universal y arrebatar una parte más grande, debe hermanar definitivamente todas las religiones y tradiciones superando el pasado de desprecios y violencias que tanto daño ha hecho a la humanidad.
Llega el momento de ir afianzando en cada confesión religiosa la confirmación de un nuevo camino de cooperación y respeto entre todas ellas. Y conviene que no sólo determinados sectores internos se impliquen, sino que todas ellas, oficialmente, tomen definitivamente el camino hacia el encuentro y el trabajo conjunto que pueda abrirlas al mundo, a la humanidad y, más en concreto, también a las instituciones políticas internacionales. Esto permitirá que recuperen una influencia renovada y dignificadora sobre los estados del mundo, cada vez más multirreligiosos, y llegar a la humanidad entera, cuya inmensa mayoría se declara abierta a la trascendencia. Y este punto no se puede infravalorar nunca más.
3. CORRESPONSABILIDADES
La tercera fase es, definitivamente, meta–religiosa. Las religiones tienen que haber hecho sus procesos internos y de diálogo interreligioso, y es el momento de entrar en una etapa final de corresponsabilidades. Hay que afrontar tres retos claves y compartidos con la comunidad internacional, más allá de la contribución específica de las religiones. Éstas, sin embargo, no quedan al margen, sino todo lo contrario. En primer lugar, hay que disponer de un Gobierno Mundial, del que la ONU carece y necesita para democratizarse realmente. Esto permitirá que el organismo internacional se libere de la dominación de ciertas potencias o de alianzas dudosas de algunos, respondiendo a intereses particulares y no globales. En segundo lugar, hay que trabajar por una Institución Judicial Mundial, que permita actualizar el Tribunal Penal Internacional dotándolo del necesario estatus para actuar ante todos los Estados, todos los gobiernos y todos los mandatarios del mundo. Su atribución principal es impartir justicia independientemente de cualquier Estado y para todo el mundo, acabando con la impunidad y persiguiendo los crímenes contra la humanidad y toda violación de los Derechos Humanos.
En tercer y último lugar –y aquí es donde entran las religiones de nuevo–, esta última fase no estaría debidamente implementada si no dispusiera de una autoridad moral –no ejecutiva–, reconocida internacionalmente y otorgada a las religiones. Éstas estarían representadas dentro de un Organismo Religioso Mundial que se pusiera del lado de los valores humanos, de la dignidad humana, y de la defensa de los más desfavorecidos e indefensos, sin ningún vínculo a intereses económicos, políticos, diplomáticos o de cualquier otro tipo. Sin embargo, tendría un papel ético de referencia ante los grandes dilemas morales y movilizaría a los fieles y seguidores de todas las religiones y espiritualidades del mundo, para actuar ante crisis internacionales o tragedias humanitarias de todo tipo, de la mano de las organizaciones no gubernamentales y de los organismos nacionales e internacionales. Finalmente, este Organismo Religioso Mundial podría contribuir al control moral del Gobierno Mundial y de las urgentes políticas globales, hoy tan necesitadas de esa ética de mínimos de la que también Hans Küng habló tanto. Este Organismo Religioso Mundial podría garantizar un valor añadido a los retos de la humanidad y del mundo, que ninguna otra institución ni proyecto parecido conseguiría con la autoridad y la categoría moral que asumirían unas religiones unidas, en su rica diversidad, al servicio de aquellos para los que nacieron: toda la humanidad.
En conclusión, las religiones traerán la paz al mundo cuando, compartiendo su sabiduría, busquen juntas la Verdad común a todas ellas, que al final no es patrimonio de ninguna tradición concreta, sino de la humanidad entera. El resultado de este gran logro será claramente la Paz que brindará al mundo. Parafraseando a Hans Küng, la paz en el mundo y la concordia entre la humanidad llegarán cuando haya paz entre las religiones, y éstas lo alcanzarán definitivamente cuando el diálogo fraterno intrarreligioso y el interreligioso avancen con cuatro actitudes fundamentales: honestidad, coraje, autenticidad y compromiso.
A la pregunta inicial que titulaba este artículo, “¿Las Religiones, traerán la Paz?”, podríamos concluir que, con un proceso parecido al expuesto hasta aquí, que definitivamente las “Religiones en Paz” podrán impulsar “la Paz en el Mundo”.
Autor: Xavier Garí de Barberà
Este artículo ha sido publicado en el número 195 de Ciutat Nova: ¿Dónde está la paz?
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