Todos debemos liderar algo en algún momento de nuestra vida. Hacerlo mejor o peor no depende de qué hagamos, sino de cómo lo vivamos. Cuando nos toca liderar algo, ya sea en casa, en el trabajo, en una asociación, etc., lo haremos desde nuestra manera de entender la vida, nuestra forma de ser. En la naturaleza podemos encontrar pistas interesantes para acompañar y liderar, los cambios y transformaciones que todo proceso conlleva.
Dejar ir, dejar nacer, dejarse hacer…
Si nos damos un paseo por la naturaleza y somos capaces de pararnos y contemplarla, nos daremos cuenta de los ciclos vitales. Siempre hay algo que muere y algo que nace (las hojas secas, los nuevos brotes, las estaciones, la sequedad, la frondosidad…), es un ciclo continuo de vida y muerte que va sucediendo armoniosamente sin sobresaltos.
Los seres humanos somos parte de ese ciclo y, sin embargo, nos resistimos. Nos resistimos tanto, que la vida se nos escapa entre el miedo a lo que vendrá y la fantasía incumplida de una felicidad que no llega. Es como si nuestra impaciencia y nuestra angustia nos impidieran danzar con la vida para aceptarla y vivirla con intensidad.
Las personas pasamos muchos procesos de cambio y de desarrollo, yo los llamo procesos de transformación. Creo que todos nos damos cuenta de que no somos los mismos y que la vida nos va cambiando. Es algo evidente y necesario. El problema está en cómo afrontar estos procesos de transformación, cómo hacer que sean parte de la vida y no traumas o conflictos.
¿Cómo hacer posible que los procesos de cambio sean menos traumáticos? ¿Cómo conseguir vivirlos con más armonía? ¿Cómo conseguir que la vida sea una sinfonía de cambio y transformación?
Si me miro a mí mismo y a mis propios cambios, veo que esta sinfonía tiene tres movimientos. Dos de ellos dependen de nosotros y un tercero creo que no.
La mirada del líder tiene que estar llena de compasión
El primer movimiento es “dejar ir” y depende de nosotros. Me refiero a desprendernos, despedirnos, aceptar, soltar lo que ya no es para nosotros. Y este movimiento de dejar ir tiene que estar lleno de compasión. Pondré algunos ejemplos:
Deberíamos dejar ir nuestros apegos a cosas y personas que fueron significativas para nosotros, pero ya ha llegado el tiempo de acabar porque nos retienen y nos impiden crecer.
Deberíamos dejar ir a los hijos, a las personas que ayudamos, a los signos y recuerdos que ya han pasado…
El movimiento de “dejar ir” es un movimiento que tiene que estar lleno de amor hacia lo que fue, como quien suelta un globo para que vuele. Es un movimiento de reconciliación con el pasado. Si el movimiento es de ruptura, de resistencia, de apego o incluso de violencia… entonces se produce el conflicto, la ruptura traumática.
El segundo movimiento es el “dejar nacer” y también depende de nosotros Quiero decir abrirnos a lo nuevo, experimentar con curiosidad lo que está naciendo, escucharlo, sentirlo, seguir la intuición de lo que está viniendo. Por ejemplo: no resistirme a lo que toca a las nuevas generaciones sin perpetuarme en mi posición, dejar nacer las nuevas etapas de la vida: hay un momento en la vida en que hay que dar paso a la calma frente a la acción, el consejo frente a la directriz, la cercanía frente a la presencia constante, el sostener frente al empujar…
Este movimiento también tiene que ser armónico para que se dé la transformación sin conflicto. También tiene que estar lleno de curiosidad y de amor por lo nuevo. Para que sea real requiere que profundicemos en nuestro interior para ver qué es lo que tiene que nacer. Estos procesos se encallan cuando corremos demasiado, queremos experimentarlo todo y todo ya, cuando nos movemos por modas y libros de autoayuda sin mirarnos a nosotros mismos… Si no le damos espacio no se producirá la transformación, sino que se producirá un cambio aparente que no durará mucho y volveremos al punto anterior.
Y creo que hay un tercer movimiento que depende menos de nosotros: “dejarse hacer”. Se produce entre los dos movimientos anteriores. Entre “el dejar ir” y el “dejar nacer” hay un momento en que todo se suspende. Si estamos abiertos y hacemos profundamente los dos movimientos anteriores, seremos conscientes de que las transformaciones profundas no se producen por nuestras fuerzas, nuestros intentos, nuestros esfuerzos… sino que nos son dadas. Quizás hayáis experimentado alguna vez esto. Es como si hiciéramos “clic” y en un segundo sintiéramos que la transformación se da, que eso que habíamos estado intentando se produce en un instante y pasamos a un nuevo nivel de consciencia. En estos momentos solo queda “dejarse hacer”… Más que un movimiento es mejor hablar de pasividad, de contemplación. Y en este momento entramos en la parte espiritual que todos somos.
El poder
La naturaleza también nos muestra a veces su poder. Ciertamente que en el liderazgo existe un cierto componente de poder. Puede este poder sea injusto, pero que a la vez nos ofrezca una gran posibilidad, una oportunidad en la construcción de proyectos colectivos.
Es innegable que todos tenemos algún poder que nos ha sido dado. Somos padres o madres, profesores, quizás jefes o encargados, acompañantes, responsables de una asociación, coordinadores de algo… Todos tenemos poder porque alguien nos lo ha otorgado: la organización, la sociedad, la institución. Esto es lo primero de lo que tenemos que tomar conciencia.
La segunda cosa, desde mi punto de vista, es que el poder es una anomalía, yo suelo decir que “el poder es injusto”. Quiero decir que, en una utopía, lo mejor sería una sociedad fraterna, donde no es necesario el poder para organizarnos. Sé que no es posible, pero a mí me reconforta saber que el poder que tengo es injusto. Reconocer que el poder es injusto o anómalo me hace tomar conciencia de lo siguiente:
Debo tener mucho cuidado con el poder que tengo porque puedo herir, utilizarlo mal, dañar a las personas.
Que el poder sea injusto me hace más humilde. Aunque yo no pueda cambiar las estructuras de poder, estoy inmerso en ellas. Este es el primer conocimiento del que tengo que tomar conciencia. Esto me evita sentirme salvador de nadie, desarrollar aspectos paternalistas desde arriba. Haré lo que pueda, pero dentro de una anomalía que me lleva a tomar conciencia de que yo puedo realmente poco y que lo ideal sería cambiar hacia un modelo más fraterno donde la otra persona es igual a mí.
Como consecuencia de lo anterior, tengo que tomar conciencia de que, porque yo tenga poder no sé más que el otro, no soy superior al otro, no veo más que el otro. A mí me ocurre que, aunque digo que esto no es así, sutilmente tengo comportamientos en los que marco la diferencia, que crean distancia o superioridad. Son tentaciones que están ligadas al tener poder y que tendremos que mirar cada día.
Una vez tomada conciencia de lo anterior, nos podemos preguntar: ¿entonces, no debo tener poder en nada? En este ámbito tenemos que ser realistas, no podemos organizarnos sin relaciones de poder o relaciones jerárquicas. Esta es una realidad, probablemente basada en la limitación del ser humano. Es la única manera.
Y, sin embargo, reconociendo todo lo anterior, también podemos tomar conciencia de que el poder es una enorme posibilidad. Tener poder es una posibilidad inmensa para actuar en favor del otro o del bien común. Tener poder nos da un ámbito de posibilidad para hacer el mundo mejor, para desarrollar las organizaciones hacia las personas, para querer el bien de la persona, de cada persona, por encima de mí, por encima de la organización… Siempre será una lucha difícil e imperfecta, pero el objetivo es usar mi poder para el pleno potencial de la persona. Al final, se trata de poner el poder al servicio del amor.
El poder es injusto, pero también es una gran posibilidad. A mí me ayuda mucho verlo así porque me hace humilde, pero, a la vez, también me impulsa a dar lo mejor de mí mismo. Me hace tener cuidado y estar atento a mi poder. Me hace evitar la tentación de creerme salvador de nada, ni superior en nada.
La mirada
Sin embargo, cuando me preguntan sobre lo más importante para un líder, no cito el poder, ni el dejar ir, ni el dejar nacer, ni tampoco el dejarse hacer; acostumbro a responder que es la mirada con la que se mira a las personas. De hecho, podemos tener muchas miradas:
– Desde arriba: desde la jerarquía, yo digo y tú haces, no pienses, que yo pienso por ti… no vaya a ser que me quites el sitio.
– Desde abajo: me siento pequeño, no me atrevo a decirte lo que pienso, no puedo gestionar los conflictos, me cargo con todo… no vaya a ser que te ofendas.
– Desde lejos: no me mezclo, no tengo relación, no me acerco, no me preocupo… no vaya a ser que nos acerquemos demasiado.
– Por encima del hombro: mirar qué estás haciendo, controlar todo lo que haces, comprobar todos los trabajos, no delegando… no vaya a ser que me traiciones y no hagas lo que debes.
– wDesde dentro: mirar desde mi yo profundo, mostrarme como soy (siempre débil y humano), sentir empatía por el otro, desear su desarrollo, su felicidad, confiar en su inmenso y hermoso potencial… Si miramos así, el otro crecerá o lo intentará, el otro me contará lo que le preocupa, me dirá lo que ve, tendrá la tranquilidad de que si me dice lo que piensa (aunque sea distinto a lo que yo pienso) podremos encontrar un mejor camino, si se equivoca no se esconderá o se excusará.
La mirada del líder tiene que estar llena de compasión, de deseo de que el otro crezca, de verdad, de promoción de la persona, de pasión por el equipo, de humildad (autocompasión) para decirle al otro lo que vemos, aunque sea difícil, de alegría por los triunfos del otro, de…
Desde mi perspectiva creyente siempre me he detenido en un versículo del Evangelio (Mc 10, 21) es del pasaje del “joven rico”. Marcos añade un detalle en este versículo: unas traducciones dicen “Jesús, mirándole, le amo”, otras dicen “Jesús, lo miro con cariño y le dijo”. Para mí siempre ha resonado esto como la Mirada en mayúsculas. Si conocéis el pasaje, Jesús le dice: “una cosa te falta, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres”. Jesús le está diciendo que vuele, que deje de estar enganchado (en este caso a las riquezas, pero puede ser a cualquier cosa), que se libere, que sea más, que sea más feliz, que se desarrolle, decimos nosotros en nuestro pobre lenguaje. Esto, para mí, refleja muy bien lo que quiero decir con la mirada del líder.
Entre dos aguas
El liderazgo implica transitar entre la vida interior y la acción, para encontrar espacios en los cuales cada cual encuentre la mejor forma para desarrollar sus capacidades y ponerlas al servicio del grupo. El liderazgo se irá alternando, en algunos momentos de la vida me toca a mí, en otras te toca a ti. Dentro de un grupo, en ocasiones ejerce de líder uno de los miembros y en ocasiones otro. A quien corresponda, tendrá que navegar entre las aguas del poder, puesto al servicio de todos con una mirada de compasión, y las aguas del dejar hacer, facilitar el nacimiento de nuevas oportunidades y dejarse transformar a lo largo del proceso, también con esa mirada compasiva hacia uno mismo.
Sin embargo, el poder es una enorme posibilidad
Crear confianza
El liderazgo implica crear confianza en contextos que, a menudo, se sitúan en la cultura de la desconfianza. Algunos aspectos básicos para ello son:
La mirada apreciativa: mirar a los otros con una mirada de apreciación, de cariño, de creer en ellos. Esta mirada crea el suelo fértil para que cada persona despliegue lo que tiene ella de bueno, de positivo, sus dones. Pero también el líder debe tener una mirada apreciativa sobre sí mismo, es decir mirarse con cariño, con rectitud y verdad, pero siempre desde un quererse construido sobre la base de una sólida autoestima. Una autoestima que se alegra con los aciertos y las cualidades y que puede mirar con amor los fallos y errores para crecer y aprender.
La esperanza: estar lleno de esperanza en un futuro mejor: “mucha esperanza, pocas pretensiones”. Esta frase está llena de sabiduría, la esperanza es una brisa de futuro. Las pretensiones tensan y sobre todo nacen de nosotros mismos, de nuestro ego y pueden llegar a crear una mala exigencia a los demás, aun cuando queramos ayudarles con la mejor voluntad. Una esperanza que cuenta con la realidad y la mira con ojos adultos y conscientes, pero que, a la vez, ve en el fondo una corriente de luz y de futuro. El secreto está en hacer de esa realidad, como diría Pessoa, “un camino nuevo, un paso de danza, una escalera, un puente, un encuentro” (enlace al poema)
El servicio: estar atento para servir a las personas. La actitud fundamental para servir es la humildad. Esta humildad hace que sepamos que no tenemos todas las respuestas, que el centro son las personas y no nosotros mismos, que no estamos para dar sermones, discursos o lecciones. Estamos para los demás, para que desarrollen la mejor versión de sí mismos.
Este artículo recoge algunos de los posts del autor publicados en su blog Liderar desde la confianza que os animamos a seguir.
Juan Goñi: Apasionado de las personas y especialmente interesado en promover estilos de liderazgo basados en la confianza que ayuden al desarrollo del potencial. Desde hace más de 30 años trabajo en puestos de gestión en distintas empresas.
Este artículo ha sido publicado en el número 194 de Ciutat Nova: ¿Líder de quién?
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Ciutat Nova: Revista trimestral donde descubrimos y compartimos historias y proyectos inspiradores y cercanos para fortalecer #vínculos positivos. #diálogo
