Suele ocurrir que lo que un grupo considera como un bien social, otro entiende que es un mal. Cuando se habla de libertad o de justicia, por ejemplo, no estamos dando el mismo significado a esas palabras. Y si bajamos a lo concreto, surgen conflicto entre quienes siguen grandes principios abstractos y quienes en cambio se detienen en solucionar problemas concretos. La polarización en las ideas es como una niebla que impide ver la humanidad del otro, nos cuesta comprender la experiencia sincera de la otra persona, sospechamos que detrás hay una matriz ideológica y que sus intenciones no están claras. Otras veces nos contentamos con una explicación superficial, con un mediocre «final feliz», sin pensamiento crítico, sin ahondar en las fuentes del conflicto social o cultural. Es decir, procuramos evitar todo lo que podría causar desazón, dolor y desacuerdo.
Siendo docente en la Georgetown University de Washington DC, con frecuencia veo tensiones como las que acabo de describir. Los medios de comunicación y la prensa, difundiendo noticias falsas y teorías conspiratorias, refuerzan la idea de que uno no debe fiarse de la otra parte. Y así, distorsionando la realidad, crean dependencia a formas de comunicación extrema. Y la religión también puede ser instrumentalizada para crear división.
Los límites del diálogo
¿Qué podemos hacer? Antes que nada, tenemos que aceptar que el diálogo tienes sus límites. Siempre es posible amar y tratar de entender a la otra persona, pero la cuestión que nos planteamos es: ¿siempre es posible dialogar? ¿Qué hacer ante historias que no tienen fundamento alguno, que deshumanizan a la persona, que proponen respuestas que dividen y son extremas? ¿Circulan estas historias en nuestras comunidades, en los grupos de Whatsapp o Facebook? Si es así, quien modera los grupos de discusión debería tener el valor de decir: si sigues publicando contenidos que denigran la humanidad de los demás o agitan la división, no formarás parte de esta comunidad. Quedarse callados cuando se requiere claridad tiene un precio. Podemos amar a las personas e intentar comprenderla, pero a veces sencillamente no se dan las condiciones para el diálogo. Por ejemplo, es muy difícil dialogar con las teorías conspiratorias.
Pasar el testigo
La polarización de las ideas genera entre las personas falta de confianza, tensiones, confusión y división, también en las comunidades religiosas o de vida comunitaria. Se corre el riesgo de no saber recibir el testigo, o sea, el mensaje de fraternidad del papa Francisco, y perder el impulso hacia ese mundo unido del carisma de Chiara. Nos quedamos bloqueados ante la respuesta que hay que dar a la crisis climática, el cuidado de la «casa común», el trabajo a favor de la paz y la unidad de los pueblos. No encontramos una solución coordinada a las crisis globales como la Covid. Nos cuenta entender la relación entre legalidad, moralidad y enseñanza religiosa en esta sociedad plural, así como las implicaciones de tal complejidad en nuestras opciones políticas, en nuestro compromiso como ciudadanos en asuntos culturales controvertidos.
Estrategias
Hay, sin embargo, métodos que nos pueden ayudar. El primero es ralentizar el ritmo, tomarse el tiempo necesario para reflexionar en pequeños grupos de personas de distintas convicciones. Todos somos más proclives a fiarnos de los demás y recibir su pensamiento si forma parte del grupo aunque no compartan nuestras ideas.
La segunda sugerencia es confrontarse con las preocupaciones y las dudas reales de las personas de nuestra comunidad, quizás proponiendo temas y plantearlos antes de hacer una reunión. Es muy útil pedir explícitamente a los participantes que expongan sus preocupaciones, con suficiente tiempo como para adaptar el diálogo, a fin de poder responder a las preguntas y sensibilidades de cada uno. Deberíamos acostumbrarnos, por ejemplo, a comprender y enfatizar las buenas intenciones de quien no ha votado al candidato de mi partido. En general, uno de los espacios más fructíferos para superar las diferencias políticas es trabajar juntos en un proyecto concreto.
También sería conveniente no contarnos historias siempre con un final feliz. En la vida real a menudo el desacuerdo perdura. De hecho, cuando hay diferentes puntos de vista, no basta con explicar bien el propio posicionamiento ni discutir largo y tendido. Puede que no lleguemos a un consenso, en especial en las cuestiones más controvertidas. Pero esto no impide que trabajemos juntos.
Por último, si queremos relaciones profundas y sinceras, tenemos que compartir nuestros fracasos. Esta vulnerabilidad humaniza nuestro esfuerzo en vivir la fraternidad y nos ayuda a aceptar las limitaciones (nuestras y de los demás) y los conflictos.
Autora: Amelia J Uelmen, profesora en la Facultad de Derecho de la Georgetown University, además de investigadora y asesora en otros centros. Ha escrito numerosos artículos y publicado dos libros con New City Press sobre diálogo político.
Este artículo se ha publicado en la revista Ciudad Nueva (mayo de 2021)
Acerca del autor
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