El poder de las palabras es demoledor. El de los silencios, también. Frases simpáticas, aparentemente inocentes, acaban hiriendo y envenenando. Palabras que ahogan a otras en el silencio no querido. Silencios de mujeres que se perpetúan y se esfuerzan por encontrar complicidades que las rescaten de la desigualdad.

 

Recuerdo el impacto y el rechazo que me produjo la primera vez que escuché la frase “calladita te ves más bonita” hace unos quince años en México. En esa frase podemos interpretar que lo que cuenta en una mujer es la belleza y no su intelecto; se nos admira por lo externo, no por nuestra voz y su singularidad. Además, como señala Pachela Gaudiano, vivimos en una cultura del silencio que “ha hecho que muchas mujeres y niñas se callen los abusos, la violencia, el sexismo y la discriminación en la que viven”. El mandato de género que hemos vivido durante mucho tiempo es el de no destacar, no brillar, no manifestarnos, no expresar, no pensar, no disentir, no cuestionar, etc. Demasiados noes. Demasiado sufrimiento.

LA VOZ SILENCIADA

Este año, el 18 de diciembre, se cumplirán 20 años de la defensa de mi tesis doctoral bajo el título La situación de la mujer en la empresa. Hacia el liderazgo femenino. Caso de MCC. Podríamos decir, como el tango, aquello de que “veinte años no es nada”, pero tengo la impresión de que para algunas cosas es demasiado tiempo. Transcribo unas palabras de la tesis: “La voz de las mujeres ha sido silenciada durante demasiado tiempo, aunque eso no quiere decir que ahora sólo haya que escuchar la suya. Hay un proverbio chino que dice que ‘las mujeres sostienen una mitad del cielo’. Este hecho ha sido largamente ignorado, pero no por ello podemos pretender que las mujeres lo sostengan por entero, ya que caeríamos en el mismo error que tratamos de solventar, olvidándonos de que los hombres sostienen la otra mitad”. Quiero reivindicar el valor, la importancia y la necesidad de escuchar la voz de las mujeres en todos los ámbitos de la vida, tanto pública como privada. Esto no significa acallar otras voces, sino dar cabida a todas ellas. Cabría preguntarse por qué insisto en la voz. Creo que es difícil de rebatir que hombres y mujeres tienen una mirada diferente del mundo, la vida y las relaciones y que la diversidad es positiva y enriquecedora. Además, en el ámbito de la organización de empresas se insiste mucho en el poder de la visión (lo podríamos extender a otros ámbitos). Es fundamental que esa mirada o visión sea conocida y atribuida a quien la tiene y desarrolla. A lo largo de la historia podemos encontrar muchos ejemplos de voces femeninas ninguneadas, como, por ejemplo, Ada Byron y Olympe de Gouges, que señala Sara Navas. Recuerdo un titular de la BBC de los primeros meses de la pandemia: “Coronavirus: 7 mujeres que están al frente de algunos de los países que mejor están gestionando la pandemia”. Esa noticia la viví con esperanza porque mostraba que la voz de las mujeres podía ayudar a transformar la realidad y manejar los problemas de otra forma. Unos meses después un estudio que analizaba 194 países confirmaba que los resultados de la COVID-19 eran mejores en los países liderados por mujeres (Garikipati y Kambhampati).


La voz de las mujeres ayuda a manejar los problemas de otra forma


RETOS GLOBALES

En 1995 tenía lugar en Beijing la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer que adoptó la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing que afirmaba ser “una agenda con visión de futuro para el empoderamiento de las mujeres” y señalaba 12 esferas de especial preocupación:

  1. pobreza
  2. educación y capacitación
  3. salud
  4. violencia contra la mujer
  5. conflictos armados
  6. economía
  7. ejercicio del poder y adopción de decisiones
  8. mecanismos institucionales para el adelanto de la mujer
  9. derechos humanos
  10. medios de difusión
  11. medio ambiente
  12. niñas.

Las esferas mencionadas siguen siendo un foco de preocupación y especial atención. Basta ver el Objetivo de Desarrollo (ODS) número 5 de Naciones Unidas “Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas”. En 2021, entre marzo y julio, se han rendido cuentas sobre la igualdad de género en el Foro Generación Igualdad, diálogo público internacional convocado por ONU Mujeres y copresidido por los Gobiernos de México y Francia, y en el que la sociedad civil contará con un papel preponderante. Seguramente la foto será algo mejor que hace 25 años, pero como se señala en la web del ODS número 5: “Los efectos de la pandemia de la COVID-19 podrían revertir los escasos logros que se han alcanzado en materia de igualdad de género y derechos de las mujeres. (…) La pandemia también ha conducido a un fuerte aumento de la violencia contra las mujeres y las niñas”. Los avances en igualdad de género son frágiles. Se demuestra en cada crisis, sea del tipo que sea.

VIOLENCIA

Una de las grandes lacras que la humanidad tiene que superar es la de la violencia contra las mujeres y las niñas. El conocido como Convenio de Estambul señala que “por violencia contra las mujeres se deberá entender una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra las mujeres, y designará todos los actos de violencia basados en el género que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada” (Consejo de Europa). El término mujer, en este convenio, incluye también a las niñas menores de 18 años. En una entrada de blog que escribí sobre el tema utilizaba una imagen de Amnistía Internacional que se titula “El iceberg de la violencia de género”. Sabemos que un iceberg es un bloque de hielo flotante, desprendido de un glaciar, en el que solo entorno a un octavo de la masa emerge a la superficie. Existen formas explícitas y formas sutiles de violencia de género. Unas son visibles (asesinato, violación, agresión física, amenazas, etc.) y otras, la mayoría, son invisibles (humillación, desprecio, invisibilización, humor sexista, publicidad sexista, etc.). La Unidad Politécnica de Gestión con Perspectiva de Género, perteneciente al Instituto Politécnico Nacional (México), desarrolló a partir de la investigación una herramienta muy interesante, el Violentómetro, que muestra de forma gráfica y con un código semafórico cómo la violencia de género va escalando, desde las “Bromas hirientes” hasta “Asesinar”. La violencia contra las mujeres y niñas tiene muchas caras, está presente en todos los ámbitos, países y estratos y arroja unos datos impactantes. Animo a visitar ONU Mujeres.

También en el ámbito de la Iglesia Católica se ha ejercido violencia contra las mujeres. Como señala Lucetta Scaraffia: “el verdadero problema de las mujeres en la Iglesia no es el acceso a los cargos y no es una cuestión de poder. Mientras no se tomen en serio, se investiguen y se juzguen las innumerables denuncias de abusos sexuales cometidos por sacerdotes y religiosos contra mujeres, que la justicia eclesiástica considera simples transgresiones del voto de castidad y define absurdamente como ‘relaciones románticas’, las mujeres nunca serán respetadas”.

En estas mismas páginas, Margaret Karram, presidenta del Movimiento de los Focolares, hablando sobre el papel de la mujer señala que “El asunto de la mujer tiene que ver con el desarrollo sano, justo y honesto de toda la sociedad” (página 62). Erradicar la violencia contra las mujeres constituiría, sin duda, un importante avance hacia el desarrollo sano y justo de la sociedad.

SORORIDAD

Y otra vía en la que creo firmemente para contribuir en el mencionado avance es la sororidad, entendida, según define Marcela Lagarde, como “una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad, con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer”. Hace unos años desde la web “Doce miradas” yo animaba a las mujeres, y me animaba a mí misma, a apostar por la sororidad en lugar de seguir el mandato y competir con cada mujer con la que te cruzas en el largo camino de la vida. La sororidad es hacer pactos entre mujeres y para mujeres, solidaridad entre mujeres. A las mujeres nos enseñan desde pequeñas que somos rivales entre nosotras; solo puede haber una reina, es el mensaje (basta ver los cuentos de hadas y las novelas). A veces las mujeres somos las peores enemigas de otras mujeres. Sin embargo, por encima de las diferencias entre nosotras, hay una experiencia vital que compartimos: las dificultades, estereotipos, miedos, obstáculos y frenos por el hecho de ser mujeres. Cada una puede hacer frente a eso, pero juntas es menos difícil. Y eso supone creernos y respetarnos unas a otras y no callarnos.

FEMINISMO

Algo que me llamó la atención cuando hice la tesis, y veinte años después lo sigo observando entre mis alumnas, es que cuando preguntaba a las mujeres entrevistadas, que habían alcanzado cotas de poder en sus organizaciones, si se sentían feministas la respuesta era un rotundo no. No obstante, su discurso en cierta medida lo era. A mí siempre que me preguntan si soy feminista respondo que sí con rotundidad. Entiendo que ser feminista es luchar por la verdadera igualdad de oportunidad para todas las personas. Además, significa poner en valor la lucha y las dificultades que muchas mujeres antes que nosotras han tenido para conquistar terrenos que parecían inalcanzables. Además, culturalmente tenemos que recorrer mucho camino para deshacernos de los mandatos de género. Uno de los descubrimientos más dolorosos de todo el proceso de elaboración de la tesis fue que si Simone de Beauvoir la hubiera leído seguramente pensaría -cito de la tesis- “que [la tesis] está alienada. Al final, la educación, los hábitos, las costumbres… nos hacen caer, en cierta medida, en aquello que queremos evitar, la trampa de la sociedad. En ocasiones, acabamos reproduciendo -inconscientemente- aquellos mecanismos que hacen que las desigualdades permanezcan cuando nuestro objetivo era combatirlos”.


Si las mujeres alzamos la voz el mundo será un lugar mejor


Volvamos al título de este artículo, y démosle la vuelta. “Calladita no te ves”, así que alza la voz, alcemos juntas las voces. Hagamos que se escuche nuestra voz, así como las de otros colectivos y grupos que también han sido silenciados o ignorados por mucho tiempo. De ese modo el mundo será un lugar mejor para todas las personas. Esto no es una utopía, es un proyecto, como señala Isabel Allende: “Queremos un mundo donde haya belleza, no solo aquella que se aprecia con los sentidos, sino también aquella que se percibe con un corazón abierto y una mente lúcida. Queremos un planeta prístino, protegido de toda forma de agresión. Queremos una civilización equilibrada, sostenible, basada en respeto entre nosotros, por otras especies y por la naturaleza. Queremos una civilización inclusiva e igualitaria, sin discriminación de género, raza, clase, edad o cualquier otra clasificación que nos separe. Queremos un mundo amable donde imperen la paz, la empatía, la decencia, la verdad y la compasión. Y más que nada, queremos un mundo alegre. A eso aspiramos las brujas buenas. Lo que deseamos no es una fantasía, es un proyecto; entre todas podemos lograrlo”.


Echaniz

Autora: Arantza Echaniz Barrondo, profesora de Ética en la Universidad de Deusto

 


Este artículo ha sido publicado en el número 186 de Ciutat Nova: Voces (aún) invisibles

Acerca del autor

Ciutat Nova: Revista trimestral donde descubrimos y compartimos historias y proyectos inspiradores y cercanos para fortalecer #vínculos positivos. #diálogo

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