Los problemas complicados son largos de resolver porque requieren dar muchos pasos de forma secuencial. Los problemas complejos lo son por la red de relaciones a muchos niveles diversos que es necesario (re)construir.
La literatura académica de los problemas complejos, algunas veces llamados “problemas retorcidos” (Wicked Problems), se ha desarrollado para ofrecer herramientas que nos ayuden a gestionar problemáticas que son multicausales, multifactoriales, multinivel y, además, multiactor. Este tipo de problemas no tiene una definición única, aceptada por todos los actores involucrados; no tiene soluciones que se puedan calificar como “correctas” o “incorrectas”, sino solamente como “buenas” o “malas” de acuerdo con el contexto concreto. Su solución depende del tipo de información, conocimientos y recursos que hayan sido usados para definirlo, por lo que tampoco existe claridad acerca de cuándo ha sido resuelto o si se puede resolver del todo (Rittel y Webber, 1973).
De manera muy natural, los problemas complejos generan percepciones divergentes, y a veces incompatibles, a pesar de ser problemas comunes a muchos actores. La pobreza, el hambre, la violencia -incluyendo la violencia de género-, la inseguridad, la exclusión social, la calidad de la educación, la salud pública, el cambio climático y la crisis socioambiental, la resiliencia de las ciudades ante los desastres naturales, el estado de derecho, las energías limpias y la migración, entre muchos otros, son problemas complejos que muestran cómo las diferentes percepciones sobre ellos condicionan las capacidades para atenderlos. En efecto, un problema complejo se puede identificar porque usualmente se deteriora (es decir, se complica) conforme pasa el tiempo (Paquet, 2013), y porque los actores involucrados poseen ideas incompatibles sobre la naturaleza del problema y sobre su solución. En ambientes polarizados, es suficiente que un actor o sector social proponga una solución para que sea públicamente cuestionada o descartada por el grupo opuesto, y viceversa (Klijn y Koppenjan, 2016). Los problemas complejos deben ser atendidos de manera consistente y urgente pues, si se dejan sin solución, tienen el potencial de destruir nuestras sociedades.
Por ejemplo, si para algunos el problema fundamental de la pandemia por COVID-19 es uno de salud pública, la aproximación, información y herramientas propuestas buscarán atenderlo evitando más contagios y tratando a los enfermos, procurando el uso de mascarillas, la distancia social y otras medidas de tipo médico o científico. Si, por otro lado, la pandemia se ve como un problema económico, se buscará atenuar el efecto negativo del cierre de la actividad económica, poniendo énfasis en la conservación de los empleos y la recuperación del crecimiento. Ambas aproximaciones pueden ser complementarias, pero en general producen medidas que polarizan a la opinión pública y a los distintos agentes de decisión.
La paradoja de los problemas complejos es que requieren de todos los recursos financieros, informacionales, técnicos, legales, de habilidad, de legitimidad política, y de confianza interpersonal e interinstitucional disponibles en los sectores público, social y privado, pero su misma complejidad puede desincentivar el intercambio de éstos y las dinámicas de cooperación. Para atender cualquiera de los problemas mencionados es indispensable que los gobiernos, la sociedad civil organizada y los mercados colaboren de manera sostenida, ya que no existe ningún actor capaz de asegurar una sola línea de acción que produzca consenso de manera automática (Kooiman, 1993). Por lo mismo, mantener dinámicas de cooperación de alta calidad, que al mismo tiempo produzcan soluciones adecuadas, es un reto permanente. Grimalda (2020), por ejemplo, ha observado que la pandemia ha favorecido que las personas participen más en la vida comunitaria y política local, de manera similar a lo que hacen supervivientes de desastres natura- les o de guerras. Sin embargo, algunas de las dinámicas comunitarias fomentadas, aunque más preocupadas por el vecindario y la ciudad, pueden ser al mismo tiempo xenofóbicas, viendo a los migrantes como competidores desleales por puestos de trabajo escasos.
¿Qué hacer ante los problemas complejos? La literatura académica ha alertado sobre la tentación de calificar un problema como “complejo” como una estrategia para argumentar que es insoluble, y que lo más que se puede esperar razonablemente es que el problema se administre, limitando sus efectos más perniciosos. Alford y Head (2017) recomiendan alejarse de esta perspectiva, que termina por imponer una visión pesimista acerca de lo que pueden hacer los gobiernos cuando colaboran con actores no gubernamentales.
En concreto, ellos argumentan que los actores gubernamentales, sociales y de los mercados deben fomentar tres acciones para hacer a los problemas complejos más tratables y, en consecuencia, menos complejos:
Reducir la polarización sociopolítica. Cualquier tipo de acuerdo es imposible y, si se alcanza es insostenible, en un ambiente de conflicto extremo que exacerba la competencia y la desconfianza. Aumentar la confianza interpersonal y hacia las instituciones políticas, sociales y económicas, reduce las fricciones y aumenta las capacidades para cooperar sosteniblemente. Los ataques de los actores gubernamentales hacia la sociedad y las empresas es una estrategia suicida, pues ningún gobierno puede resolver problemas complejos por sí solo.
Generar una definición compartida del problema. Si cada uno define el problema a resolver de manera incompatible con otros actores, será imposible encontrar una solución entre todos. Esto requiere evidenciar cómo cada uno de nosotros es parte del problema, en la medida en que no reconocemos que nuestras decisiones individuales generan problemas globales; y que los problemas globales nos afectan individualmente. Usar narrativas, imágenes y categorías que nos ayuden a definir los grandes problemas sociales de una manera que genere consensos aumenta nuestras capacidades para cooperar.
Construir colaborativamente soluciones comunes a problemas comunes. Reconocer que cada actor posee parte de la solución a los problemas complejos, fomenta los procesos de diálogo y de intercambio de recursos. Nadie, ni el gobierno mismo, posee todo el dinero, la información, el conocimiento y la legitimidad para resolver un problema complejo por sí mismo.
Hacer estas tres acciones empodera a los actores para colaborar de manera sostenible, en procesos que han sido llamados colectivamente “gobernanza” (Porras, 2019). De forma interesante, la literatura de los problemas complejos nos ayuda a encontrar caminos para llevar a la práctica la intuición del Papa Francisco (2020), quien argumenta que las soluciones a nuestros grandes problemas son políticas, siempre y cuando sean construidas por medio del diálogo constante.
Autor: Francisco Porras
Profesor, Investigador del Instituto Mora, Centro Público de Investigación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) de México
Este artículo ha sido publicado en Ciudad Nueva (edición Andina-Caribeña) – Octubre 2021
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