Los que nos hemos dedicado profesionalmente a la docencia durante muchos años, contamos más la vida por cursos que por años. Bien, para ser más exactos, sólo lo hacemos por años (inevitablemente) cada vez que es nuestro cumpleaños. Sea como fuere, para mí, y posiblemente para mucha gente, los ritmos de las actividades cotidianas coinciden con esa cadencia que marcan los cursos escolares.
El mes de septiembre es el pistoletazo de salida del regreso a las rutinas y a las actividades habituales. Es frecuente sentir conjugar los verbos empezar y recomenzar, a menudo indistintamente. Todo ello se asocia al hecho de ponerse en marcha de nuevo, de aparcar el parón veraniego y volver a activar las alarmas del despertador (que ahora tiene forma de teléfono móvil). Eso sí, ¡lo hacemos con energías renovadas! Muchas personas aluden a lo de ‘las pilas bien cargadas’, posiblemente por el sol de agosto (cada vez más inclemente, añado).
En estos últimos años, cada nuevo curso que empieza, no puedo dejar de pensar en mi buen amigo y compañero de trabajo Jordi Vilamitjana, fallecido demasiado joven hace ya más de ocho años. Sabiendo que el misterio de la muerte (sobre lo que tanto habíamos hablado) rondaba cerca, dejó un mensaje a sus queridos alumnos. Un mensaje que se ha inmortalizado en un espacio público del barrio (pueblo) de Santa Eugènia de Ter por el que sentía una especial devoción. El mensaje es éste:
“¿Qué haces aquí parado? ¡Corre a amar! Es lo único que vale la pena de vivir y te lo estás perdiendo.” (Jordi Vilamitjana Pujol)
Esta frase me espolea también a mí a ponerme en marcha. Y a hacerlo empujado por la motivación más poderosa que existe: el amor. Este sol que no quema el cuerpo, pero empuja el espíritu dando sentido a las actividades de todo tipo que ahora debemos retomar. El motor impulsor siempre es el mismo, ¿las actividades también?
Cada vez más, en esta época del año, me planteo si estamos recomenzando, retomando lo que hacíamos allí donde lo dejamos, o en realidad, estamos empezando una nueva etapa. El mundo gira tan rápido, y no sé si del todo redondo, que lo sacude todo y hace difícil poder reencontrar algo exactamente en el mismo punto donde lo dejamos hace tan sólo unas semanas. Ciertamente para una gran mayoría de personas las actividades continuarán siendo las de siempre. Pero ¿hay que seguir haciéndolas de la misma manera? ¿No nos volverá a invadir, más pronto que tarde, la sensación de vacío y de falta de sentido? ¿No volverá a aumentar la brecha entre lo que pensamos, lo que creemos, lo que anhelamos, y lo que acabamos haciendo?
Quizás el amigo Jordi tenía razón. No podemos estar parados ante la vida que pasa y nos espolea con sus retos. Debemos movernos, pero no porque nos gusta la actividad, sino porque el amor nos empuja a hacerlo. Y el amor, que no es sólo una palabra bonita, renueva el compromiso diario a la hora de ponernos a trabajar en las actividades de siempre o en otras nuevas. Hace que cada día sea un empezar, porque en la madrugada todo está por estrenar. Pero al mismo tiempo, también un recomenzar, un olvidar lo que ha ido bien o no tan bien la jornada anterior y ponernos en marcha de nuevo, sabedores de que ahora el tiempo es nuevo, las posibilidades son otras y las opciones vuelven a estar intactas.
Personalmente me esfuerzo por encarar este inicio de curso con esta perspectiva. Si miro alrededor, quizás son muy pocas las cosas que me ayudan a ello. Más bien las circunstancias quizá empujarían a permanecer parado; a sentarse, bajar los brazos y decir (en voz baja) no hay nada que hacer. Pero el amor no para, nunca se está quieto, lleva más energía que el sol veraniego y empuja inexorablemente a no perderse la vida.
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.
