Nadie quiere mirar al mundo.

Es tan grande el trasiego de la ciudad,

tanto el ruido y los quehaceres,

que sólo tenemos tiempo

de mirar al suelo.

No miramos al cielo.

Y es mucho lo que nos perdemos:

la luz del amanecer

de un día cualquiera,

el viento que acaricia los árboles,

el perro fiel y feliz

que sigue a su amo…

y la tierra que,

como una nave inmensa,

sigue girando,

con tozudez y precisión.

Y no se cansa, gracias a Dios,

de dar vueltas amorosas

sobre ella misma.

Y, quizás, porque vio

que no era suficiente,

empezó a darlas

alrededor del Sol,

para que así hubiese

primavera y otoño,

invierno y verano…

¡Qué maravilla!

Y no nos damos cuenta.

Seguimos con las prisas

por caminos y calles,

movidos por los intereses

y aquello que creemos importante.

Y andamos distraídos.

Nos perdemos el maravillarnos

de tanta grandeza,

de tanto como nos ha sido dado…

No vemos el tesoro que pasa

por nuestro lado:

el transeúnte anónimo

pero tanto o más valioso

que las estrellas.

Él es esa persona

irrepetible y única

que también nos ha ido dada

para amarla y acogerla.

Sólo si abrimos los ojos,

bien abiertos,

veremos la grandeza

de todo lo que nos rodea,

y será espontáneo

dar gracias a Aquel

que nos lo ha dado

y ha permitido que gocemos de ello,

aprendiendo a ser,

tan generosos como Él.

 

Verano en la ciudad / Carles Pedragosa / 03.08.2020

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