La primavera de 2013 estaba ya avanzada. La cátedra Ferrater Mora de la UdG organizó el seminario “Challenges of the liquid-modern age” y el profesor invitado más destacado fue el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, recientemente desaparecido. Había leído diversos libros suyos y me interesaba su pensamiento. Me inscribí a la conferencia que pronunció en el Centre Cultural la Mercè. No quería dejar escapar la oportunidad de escuchar en directo sus palabras. Si alguien me pregunta sobre qué habló, sinceramente no me acuerdo, tendría que echar mano del archivo de video. Lo que tengo por seguro, es que aquel centenar de minutos me causaron un fuerte impacto, que aún recuerdo.

Salí de aquel acto con cierta conmoción interior. Tenía la sensación de haber podido saborear el pensamiento de un joven sabio de noventa años. Se le veía mayor, pero fresco y extremadamente lúcido. Era imposible escuchar sus palabras sin pensar, sin reflexionar. No era un orador, en el sentido vacío de la palabra. Tampoco era un agitador, a pesar de la radicalidad de su crítica hacía el mundo actual. Era un hombre amable y afable. No parecía ser de aquellos que “rompen la caña que se resquebraja” a pesar del flagelo de sus ideas. Las palabras no sonaban vacías, porque tenían la solidez de una experiencia vital profunda, unida a una amplitud de conocimientos de largo alcance.

Sus reflexiones, ofrecidas desde lo más hondo de su universo interior, aparecían como propuestas universales y muy intemporales. De hecho, tengo sobre la mesa su libro “Mundo consumo – Ética del individuo en la aldea global”, publicado en 2010 y después de siete años de su publicación, me parece de absoluta actualidad. En un mundo en el que el desconcierto generalizado es el pan nuestro de cada día. En una sociedad en la que los ciudadanos nos hemos convertido en tristes consumidores de felicidades fugaces, líquidas quizás diría Bauman. En un contexto sin proyecto, sin liderazgo y sin relato. En todo este maremágnum de incertidumbres, la voz de un sabio de verdad, es como un faro de luz que nos puede ayudar a orientarnos en medio de la tempestad. Una tenue luz que, en lugar de ponerla en alto para que ilumine mejor, a menudo es ignorada y escondida. Mucha gente lo ha escuchado y ha leído sus libros, ciertamente, pero aquellos que ostentan el poder económico y político han hecho oídos sordos a la hora de usar su capacidad de influencia para trabajar por un mundo más justo, una sociedad más humana, menos competitiva.

Decía Bauman:

“Nuestra sociedad no es una fábrica de solidaridad, es una fábrica de desconfianza y competencia”.

¡Cuánta razón tenía! Vivimos desconfiando los unos de los otros, con miedo, conscientes de que vamos perdiendo derechos sociales, mientras nos encerramos cada vez más en nuestro individualismo. Su conciencia ecológica que integra también al ser humano, lo lleva a escribir:

“Estamos consumiendo, aquí en Occidente, la mayor parte de los recursos del planeta. Hemos pasado de la sociedad de los jardineros, responsables de que todo esté en su lugar, al de los cazadores, a quien sólo les interesa llenar el cesto y no les importa el desastre que dejan a su paso”.

Frases que me resuenan a la encíclica “Laudato si” del Papa Francisco de 2015 y también a mi artículo publicado en Ciutat Nova “Jardiners del món”. Citando a Václav Havel, Bauman decía:

“la esperanza no es un pronóstico, sino un arma que, junto con el coraje y la voluntad, deberíamos aprender a utilizar”.

A pesar de la acidez de su crítica, hurgando un poco en su pensamiento, me parece entrever siempre un punto de esperanza, una confianza estable en las capacidades del ser humano. Su trayectoria vital, deja al descubierto una persona forjada en los mimbres de un luchador nato que no se puede permitir dudar de la posibilidad de resistir y de superar las oscuridades más cerradas.

Su último libro publicado “Desconocidos en la puerta de casa”, evidencia su compromiso social, su sensibilidad especial hacía los más débiles y que padecen con mayor crueldad las contradicciones de esta sociedad líquida, que deja escapar de sus manos los valores más sólidos que nos ayudarían a caminar por la historia por sendas más acogedoras, más solidarias, más fraternas. Parece ser que se publicará a título póstumo, un libro suyo que recién acababa de preparar “Retropía”, un lugar imposible, no porque no haya existido nunca, sino porque ya no existe. Refiriéndose al pensamiento del filósofo judío alemán Walter Benjamin, inspirado en la obra de Paul Klee, Bauman dice:

“el ángel de la historia ha girado 180º”.

Certeza pues de que, desaparecida la persona, su pensamiento nos continuará acompañando. Nos quedará aquel patrimonio que, la parte más noble de la persona, puede ofrecer a la humanidad.

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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