Siguiendo el hilo de la revista Ciutat Nova de verano sobre ecología, Josep Maria Mallarach nos ayuda a profundizar más en el concepto y la práctica de la contemplación de la naturaleza.

La contemplación puede ser una actitud o un estado que, para algunas personas, puede ser lo más fácil o lo más difícil de practicar o vivir, a veces sucesivamente o al mismo tiempo, por difícil que pueda parecer; lo más fácil, porque el estado contemplativo corresponde esencialmente a nuestra naturaleza más honda, la más primordial, y puede brotar espontáneamente de nuestro interior si le damos la oportunidad; lo más difícil, porque la educación y los condicionamientos sociales que hemos recibido y el estilo de vida que lleva mucha gente orientan hacia la acción y la distracción y alejan de la contemplación.

La mayoría de nuestra sociedad vive en una sociedad urbana, tecnológica y competitiva, profundamente escindida de la naturaleza (incluso en muchos ámbitos rurales) que ha desarrollado todo tipo de impedimentos para la contemplación, en unos entornos y ritmos artificiales, mecánicos, que generan prisas, ruido y estrés continuamente, sin ofrecer tiempo de calidad en el que se pueda gozar del silencio, la calma y la serenidad que, sin embargo, son indispensables para la salud humana integral.

La libertad propia de la contemplación o la posibilidad de que ésta surja espontáneamente no es sinónimo de facilidad. Una cosa es acceder a un estado contemplativo momentáneamente – por ejemplo, cuando nos quedamos asombrados admirando un espectáculo maravilloso – y otra, muy diferente, es acceder al mismo estado cuando uno quiere y, sobre todo, cuando desea permanecer en él.

Las dificultades principales a las que nos enfrentamos para contemplar no son exteriores sino interiores, están dentro de nosotros mismos, sobre todo la distracción, la dispersión mental y la sensación de desasosiego asociada al no hacer nada. De hecho, la contemplación aumenta cuando las preocupaciones egoístas disminuyen o, al menos, se silencian discretamente detrás de una actitud de atención pura y sostenida en la que la mente puede permanecer en silencio. Para la mayoría de las personas de nuestras sociedades tecnificadas, alcanzar un estado de silencio interior y de atención sostenida, sin tensión ni objetivo alguno, sin expectativas, puede ser una tarea ardua, casi ininteligible, que requiere, como todo arte, fe y una práctica perseverante de años, y que se ve estimulada por los pequeños momentos de gozo que vamos sintiendo.

La armoniosa belleza de la naturaleza es el ámbito óptimo para ejercitarnos en el arte de la contemplación porque nos atrae, inmoviliza y llena de felicidad.

Contemplar es esencialmente una modalidad de conocimiento supra-racional que, sin buscar nada, permite conocer lo  que contemplamos íntima y amorosamente, sin clasificar ni juzgar, por la vía de la admiración y del asombro. Un conocimiento amoroso que unifica la existencia de quien contempla y de lo que es contemplado y que, por lo tanto, transforma cualitativamente la relación. Porque la contemplación nos extrae del ámbito del pensar y del hacer en el que estamos habitualmente involucrados para conducirnos suavemente hacia el ámbito del ser, de la existencia pura, al ámbito del descanso regenerador que surge cuando se vive el presente en serena plenitud.

La contemplación de la naturaleza invita a cultivar una actitud de apertura atenta y consciente de todos los sentidos corporales y de todas las facultades anímicas simultáneamente, si es posible. A diferencia de la meditación, la contemplación permite una gran libertad de posturas corporales: de pie, caminando, sentados, reclinados, etc., es decir, goza de una gran libertad de movimientos. En la tradición cristiana, la contemplación de la naturaleza, (theoria physike en griego) se considera el primer estadio del camino interior, místico; en palabras de San Ireneo de Lyon, “el primer paso del alma para conocer a Dios”, a la que conduce hacia el reinado de la inmanencia, de la omnipresencia divina. Por eso, son muy diversos los métodos de contemplación cristiana que se proponen comenzar por la contemplación de la naturaleza.

La experiencia contemplativa infunde consciencia, serenidad, calma y gozo. Cuando la vivencia llega a una cierta intensidad, la vivencia arraiga espontáneamente en nuestra memoria y adquiere un carácter significativo en nuestra vida, y de ahí suelen fluir, sin que nos demos cuenta, cambios transformadores; es una puerta para redescubrir la profundidad e interioridad de la naturaleza mediante una aproximación más consciente y respetuosa, que nos invita a hacer la experiencia de comunión con el cosmos y de apertura a su dimensión sagrada. El corazón – el centro de nuestro ser – es el lugar donde, por la sinergia entre la receptividad humana y la gracia del Espíritu, se unen acción y contemplación regenerando una nueva vida interior, más serena, comprometida, vital y armoniosa.

El papa Francisco, en la encíclica Laudato si’ invita a  «todas las personas de buena voluntad» a recuperar «la contemplación agradecida del mundo», y afirma que «la espiritualidad cristiana propone una manera alternativa de entender la calidad de vida y estimula un estilo de vida profético y contemplativo (LS, 222). Desde entonces, ha reiterado en numerosas ocasiones la importancia de unir la contemplación y el cuidado de la Creación, de nuestro único hogar terrenal.

Para quien desee tener una introducción asequible a la contemplación desde la pluralidad, un libro interesante es  La experiencia contemplativa. En la mística, la filosofía y el arte, coordinado por Olga Fajardo. Editorial Kairós, que ofrece ensayos de once autores contemporáneos que abordan la experiencia contemplativa desde la mística, la filosofía y el arte, combinando sus vivencias con las enseñanzas de las principales tradiciones religiosas e ideologías seculares que coexisten pacíficamente entre nosotros.


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Formación en geología, ecología y medio ambiente. Enamorado de la Naturaleza, aprendiendo de sabidurías tradicionales y (modesto) defensor de la Terra.

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