Los tiempos empujan a la esperanza. De hecho, quien más quien menos, espera que todo esto pase, que vayamos superando todas las crisis derivadas de la Covid19 y que, tan pronto como sea posible, nos encontremos en un escenario mejor. Pero mientras todo esto ocurre, necesitamos vivir en un hoy donde, a pesar de la Navidad inminente, encontrar briznas de esperanza, es más un acto de voluntad que un hallazgo casual.

Nuestro hoy está constituido por un entorno que hace tiempo el mundo empresarial llama, entorno VUCA, (Volatility, Uncertainty, Complexity, Ambiguity) – Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad, Ambigüedad – un entorno que la Covid19 ha agravado en el ámbito de la empresa y ha acabado extendiéndose a la sociedad entera. Todo lo que nos pasa es volátil, gaseoso, se nos escapa de las manos y desaparece antes de poderlo entender. La incertidumbre gobierna nuestras horas, incapaces de saber cómo llegaremos al atardecer y que nos tocará afrontar mañana por la mañana. Realidades complejas, poliédricas, con matices, aspectos y ámbitos interrelacionados, interdependientes y, a menudo, opuestos y nada compatibles. Situaciones y retos repletos de ambigüedad, el blanco o negro desaparece, para dar paso a multitud de interpretaciones y diversidad de planteamientos.

Tiempo, pues, de escuela, donde aprendemos que ya no basta con saber gestionar los riesgos, sino que hay que saber convivir con ellos. La realidad nos hace desaprender muchas certezas que teníamos incorporadas mientras nos hace conscientes de la inutilidad de volverlas a aprender, porque las preguntas que vendrán a continuación serán muy diferentes. ¿O tal vez serán aquellas preguntas que nunca hemos sido capaces de responder?

Afirma el teólogo judío, Pinchas Lapide, discípulo de Martin Buber, que las tres primeras preguntas que, según la Biblia, Dios dirigió a la humanidad todavía están sin respuesta. Estas preguntas son:

  • ¿Dónde estás? (tú en esta creación, ¿qué papel desempeñas?)
  • ¿Qué has hecho? (o has dejado de hacer)
  • ¿Dónde está tu hermano?

Según Lapide, mientras no consigamos dar respuesta a estas preguntas, no habrá ninguna esperanza para un mundo verdaderamente sano y humano.

Para los cristianos, la Navidad es tiempo de esperanza. Y puede serlo también para toda la humanidad. Una Navidad diferente, como esta, puede ser una gran oportunidad para tratar de avanzar en este proceso histórico, larguísimo e inacabado, de dar respuesta a las preguntas divinas. De hecho, no importa quien formula la pregunta, lo verdaderamente importante es que la búsqueda de respuestas, personales y colectivas, puede ser fuente de esperanza.

Navidad, un niño nace en la miseria de un establo. Cualquier nacimiento, también este – o, especialmente este – es motivo de ilusión en el presente y esperanza para el futuro. Transitar de la una a la otra es un camino de incertidumbres, volatilidades, complejidades y ambigüedades que exigen respuestas nuevas a las preguntas de siempre.

Dice el Evangelio de Lucas: «Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-12). Un Niño, que unos escribimos con mayúscula y otros con minúscula, y que no nos ha traído las respuestas, ni a unos ni a otros. Nos ha dado, eso sí, el método para buscarlas: el Amor. Un método infalible que construye un nosotros sin exclusiones motor de toda esperanza.

Por eso, cuando esta Navidad, sin besarnos ni abrazarnos, nos deseemos: ¡FELIZ NAVIDAD! Puede ser algo más que una fórmula ritual anual, para convertirse en una invitación a construir juntos un futuro de esperanza en una humanidad que hace, del vínculo del amor, el motor de la construcción social.

Acerca del autor

Más artículos

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

0

Finalizar Compra