En una jardinera de mi terraza aparecieron unas hierbas de aspecto simpático que parecían agradables, incluso decorativas. Con el paso del tiempo ocuparon todo el espacio y casi ponían en peligro el resto de las plantas, pues atacaron sus raíces. Algo así está sucediendo con una mayoría de nuestros niños y adolescentes. Desde edad muy temprana empiezan, casi como un juego (¿inocente?) a navegar por páginas web con imágenes escabrosas de contenido predominantemente pornográfico.
El 81% de los jóvenes entre 13 y 18 años creen que la pornografía es una conducta normal, la edad promedio de exposición a la pornografía es 11 años y 9 de cada 10, entre 8 y 16 años, han consumido pornografía (www.daleunavuelta.org). Este fenómeno se conoce como «erotización infantil temprana», algo que no ocupa titulares de prensa, pero que sucede con más frecuencia de la que pensamos.
Al igual que mi jardinera, bajo la apariencia de algo ingenuo, corren riesgo de verse envueltos en experiencias desestabilizadoras que generan insensibilidad emocional, así como conductas aberrantes o desequilibradas afectiva y socialmente. En esa edad temprana aún no tienen suficiente desarrollo cerebral, cognitivo y emocional para comprender y procesar lo que ven, y lo afrontan pasivamente.
Es una edad en la que tienen que desarrollar, bajo el cuidado de padres y madres, habilidades que necesitarán en la vida para construir su futuro y el de la comunidad. Es tiempo de experimentación y crecimiento, importante para que el impulso de la libido (energía sexual que caracteriza el desarrollo) se transforme y deje espacio a la curiosidad intelectual, para comprender la relación causa-efecto de ciertos fenómenos biológicos.
Y también es tiempo para empezar a asumir la responsabilidad de sus propios gestos y apreciar la belleza de las cosas; tiempo de maduración hormonal y física, de creatividad, imaginación, sueños, fantasía, amistad desinteresada…
En cambio, estas experiencias, aparentemente inocuas, actúan como «freno» y bloqueo de ese proceso natural, entrando en sus raíces vitales. Sin darse cuenta empiezan a tropezar y lastimarse, y acaban sucumbiendo a las primeras experiencias de erotismo. Estos niños corren el riesgo de acabar como jóvenes y adultos insensibles, carentes de afectos; con una visión de las relaciones sexuales proclives al acoso, el abuso o incluso el maltrato.
¿Qué podemos hacer para abordar este problema? Les sugiero algunas iniciativas:
1) Asumir nuestra responsabilidad como padres y educadores. No somos expertos pero debemos dedicar tiempo y espacio a la «alfabetización parental», es decir, formación ad hoc. Es obligatorio.
2) La mejor prevención es generar un clima de confianza y afecto tal con nuestros hijos que podamos ir abordando estos temas en familia. Así podremos contribuir a su alfabetización emocional, ayudarles a conocer y gestionar emociones, los primeros afectos como la amistad, el altruismo, el amor y su cuerpo, que se está preparando para donarse (como regalo de sí mismo) por un amor mayor y más universal.
3) Ofrecerles ámbitos formativos, aparte del colegio, donde experimenten una autonomía social positiva y ayuda mutua en un clima de valores y conductas sanas hacia sí mismos y hacia los demás.
No es fácil. Estamos carentes de códigos éticos que defiendan a nuestros hijos en programas de TV, en juegos y películas; pero podemos hacer nuestra parte. ¿Por qué no denunciar esas «erotizaciones infantiles» que los medios ofrecen cada día? ¿Qué hace el Defensor del menor? ¿Por qué no denunciar transmisiones de contenidos groseros y manipuladores? Lo dijo Jesús: «Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino».
Este articulo ha sido publicado en la revista Ciudad Nueva (mayo / 2021)
Acerca del autor
Ayudar es educar. Estoy convencido. Y ayudar a crecer como persona-en-relación. Llevo más de 20 años trabajando para compartir estas ideas y sueños educativos con adolescentes, padres, madres, educadores y educadoras.
