Hemos querido conocer las relaciones que hay entre el arte y la paz. Y hasta qué punto los artistas se sienten la conciencia de la sociedad. Un pintor–escultor colombiano y una cantante catalana han hablado con Ciutat Nova. Dos charlas que elevan el alma.
Cuando yo era pequeño, en mi pueblo, prácticamente había un asesinato cada semana. Conviví con la violencia durante toda mi infancia”. Me remuevo ligeramente en el ancho sofá que nos acoge, procurando que no se me lea en la cara la incomodidad que me causa esta revelación. Quien la hace es Duván López, colombiano de origen, que vive en Cataluña desde hace dos décadas; una tierra donde, según él, ha podido crecer y desarrollar su obra artística gracias a la concordia social que –pese a todo– él siente. La infancia de María José Callizo fue por otros derroteros. Hija de padre aragonés y madre catalana, nació y creció en Girona. Como Duván, también ella hizo las maletas hace veinte años: se fue a Madrid donde encontró su lugar como cantante profesional, conoció a su marido y formó su familia. Los vínculos con Cataluña todavía son fuertes y a menudo aprovecha el tren de alta velocidad para dar un salto desde la orilla del Manzanares a la del Onyar y visitar a la familia y los amigos. Un rasgo común a estas dos personas tan diferentes, pero tan apasionadas por el arte: su gran acogida y capacidad para compartir su experiencia. Porque no se trata de una experiencia racional sin más: les mueve un impulso que te contagian muy rápidamente. “La música es mi pasión, es mi vida”, dice con sencillez –pero con contundencia– María José, idea que reafirma Duván con otras palabras. Se saben poseedoras de un gran tesoro del que quieren hacer partícipes a todo el mundo que les rodea. Y este don les llegó ya de pequeños: con cuatro o cinco años, uno dibujaba y la otra cantaba. El apoyo familiar (cosa a veces nada sencilla para los jóvenes artistas: “¿de qué vivirás, hijo?”) y mucho trabajo personal les acabaron de convertir en lo que son hoy. Pero ¿cómo ven los artistas su potencial impacto social? ¿Y cómo perciben la aportación que pueden hacer a un mundo más pacífico y justo? Más allá de las grandes obras que tenemos fijadas en la retina (los Fusilamientos del Dos de Mayo de Goya, o bien el Gernika de Picasso, denunciando los horrores de la guerra) y en los tímpanos (la hermandad que inspira la Novena de Beethoven) queremos ver cómo el arte puede ayudar a crear paz. DE COLOMBIA A LA GARROTXA: DUVÁN LÓPEZ, ARTISTA PLÁSTICO
Duván nos recibe muy cordialmente en su estudio–taller para mantener un intercambio profundo y estético a la vez. Abre la conversación diciendo que “todo artista se siente con una obligación moral por el don que ha recibido y, por lo tanto, muchos de nosotros nos sentimos responsables de lo que pasa en el mundo: no se trata sólo de crear objetos, sino de favorecer un proceso de creación de libertad”. De sí mismo dice que no busca el color por el color o la luz por la luz. Se considera “un pensador que pinta”. Cree que se puede llegar al arte con el fin de desarrollar la creatividad propia, pero también buscando respuestas a preguntas profundas. Entonces es cuando el artista crea un lenguaje para explicar lo que piensa: crea un mundo a partir de cómo él ve la realidad y lo comunica a todos: “mi obra no es simplemente decorativa: yo estoy diciendo cosas”. Por si no nos ha quedado claro, afirma: “yo trabajo a partir de la ética: el arte tiene mucho que ver con los procesos sociales de dignificación de la persona”. Aquí, Duván construye un puente entre creatividad y paz diciendo que donde hay violencia apenas hay creatividad ni arte. Y remata el argumento diciendo que el arte necesita las condiciones adecuadas (económicas y sociales) para crecer: el arte no puede crecer donde no se dan estas condiciones. Hablamos de Colombia, un país que ambos conocemos y que ha sufrido y sufre por unas estructuras de injusticia que generan violencia. Le pregunto qué cambia el arte en todo esto y contesta que el arte no es un efecto, sino también una causa del trauma social: cuando a un niño no se le permite expresar su creatividad, se reprime y esta autocensura se transforma muy pronto en ira y ésta, a su vez, en delito. Por lo tanto, el arte no debe ser sólo un objeto estético, sino sobre todo ético. “A mí, por suerte, se me permitió crear cuando era un niño”. Estamos de acuerdo en que históricamente los artistas han sido con frecuencia marginados sociales y sufridores. Han sido, por lo tanto, signos de contradicción ellos mismos. Esto cambió a lo largo del siglo pasado, cuando se convirtieron en parte del entramado social y cultural, lo que implicó un acercamiento al poder y a veces la pérdida de libertad que todo artista necesita. La mercantilización del arte (muy poderosa) ha sacado a un cierto número de creadores de la precariedad, pero les ha “comprado el alma”.
El arte es espiritual, de lo contrario no es nada
Volviendo al tema central de la entrevista, Duván percibe una fuerte pugna entre lo humano y lo inhumano en nuestros días: “el bien triunfará siempre, los humanos estamos predeterminados hacia él, pero hay que ser conscientes de que, en el momento actual, que es de fractura, hay que afirmar lo humano, a pesar del poder que lo inhumano tiene en nuestros días”. Me gusta esta idea y ahondamos un poco más en ella: “¿Y qué provoca que lo inhumano tenga más fuerza?”. Él lo tiene muy claro: “estamos perdiendo toda nuestra dimensión espiritual, porque el sistema nos la está vaciando. Y cuando eso sucede con los artistas es un desastre, porque el arte es espiritual, de lo contrario no es nada”. A través de esta dimensión espiritual el arte es capaz de potenciar lo mejor de las personas: “y esto sólo pasará si el arte se resiste a convertirse en mercancía: el artista debe ser el pensador, debe ser esa persona excelente porque busca la exquisitez, el compromiso y la disciplina”. Por lo tanto, no hay que olvidar nunca que el arte puede ser un signo de contradicción “y el proceso de cambio que ello implica no solo debería ser tolerado, sino aplaudido por toda la sociedad”. Hablando del arte en el sentido platónico –aquello que es bonito, bueno y verdadero, y que es una de las bases de su trabajo– pregunto a Duván si el arte es capaz de despertar a tanta gente como parecería necesario. Es evidente que el arte puede cambiar a las personas a un nivel personal, incluso íntimo, pero esto no es suficiente, el impacto debería ser colectivo. En este sentido, y pensando en las masas, Duván afirma que las grandes revoluciones han muerto, porque se ha comprobado que la violencia no genera cambios reales. La verdadera revolución de hoy consiste en que el ser humano sea cada vez más humano. El ámbito personal toma protagonismo: que una persona despierte depende sobre todo de ella. “Y eso costará mucho tiempo. Es un proceso largo, pero cada uno debe aprender a desarrollar la sabiduría que lleva dentro. Este proceso es personal, porque todos somos co–creadores potenciales”. Lo importante, al fin y al cabo, es que cada uno llegue a un punto que sienta que está colaborando con su granito de arena a cambiar el mundo. Que el arte puede mover personas (y por lo tanto colaborar a construir un mundo mejor) parece claro: “el arte es signo que se convierte en símbolo, éste se convierte en palabra y la palabra en acción”. Con todo, nuestro entrevistado también es consciente de que hay que ser universal: “cuando una masa crítica de personas despierte, sabemos que generará una sociedad diferente”. Y justamente hay artes que pueden favorecer procesos más masivos: la música, por ejemplo, permite expresiones más colectivas, de decenas de miles de personas en conciertos (ante la pintura, que es mucho más personal, o la poesía, que es totalmente íntima). La música puede tener este valor añadido: conectar miles de personas en tiempo real, haciendo arte relacional. Duván dio cuerpo a algunas de estas ideas cuando decoró la capilla de Sant Martí de Besalú. Se trata de una antigua capilla (quizás de una aún más antigua sinagoga) donde ha tratado de plasmar “todas las posibilidades de pensamiento arraigadas en la ética a las que hay que dar voz”. Un espacio donde se mezclan los grandes interrogantes con las tradiciones religiosas que han intentado resolverlos. (véase la fotografía) De Girona a Madrid: María José Callizo, cantante
Cuando hablas con María José, enseguida ves que es consciente de ser portadora de un don que pone al servicio de los demás, no solo para ganarse la vida, sino para hacer el bien a quienes la rodean. En este sentido, ella cree que la actitud del artista es clave en cuestiones como facilitar el acceso al arte rompiendo prejuicios. Un artista que trata con gente (caso de los cantantes como ella) debe ser empático y darse a los demás, no ir de divo. De hecho, cuando ella canta en ceremonias tales como bodas, aconseja musicalmente a las personas “como si fuera mi propia fiesta”. Tratamos también el tema de los macro–conciertos, incluso los que son por la paz, que ella matiza: es verdad que un mensaje (en este caso de paz) llega a mucha gente congregada, “pero hay que trabajar bien para que este mensaje perdure y no sea solo un momento de euforia que vive la persona”. En manifestaciones musicales donde varios artistas colaboran, María José cree que la buena disposición y la empatía están en la base de todo: para que “el trabajo” (como ella llama sin problemas a su arte) salga bien, es necesario que todo el mundo se remangue. Esto no excluye la diversidad: la música se caracteriza por una fuerte variedad de voces y de instrumentos que, no obstante, hay que armonizar, “y eso ya puede ser un ejemplo”. Desde su vertiente de formadora musical, María José ha experimentado muchas veces la fuerza que tiene la música para desarrollar capacidades mentales: disociar las manos cuando se toca el piano, o bien cantar mientras se toca un instrumento, ayuda a alcanzar habilidades mentales superiores. Ella también valora la capacidad de la música para abrir y estabilizar nuestras mentes, porque nos hace salir de nuestro territorio habitual hacia nuevas experiencias: “la música ordena la mente”, resume. Incluso nos explica la experiencia de una persona con ictus que gracias a la música recuperó algunas de sus capacidades comunicativas.
Cambiaremos el mundo con el amor, y la música puede ser una expresión de este amor.
Regresamos a nuestra pregunta original: ¿cómo puede ayudar la música a cambiar el mundo, a hacer de él un lugar más pacífico? Se le ilumina la expresión cuando dice que “cambiaremos el mundo con el amor, y la música puede ser una expresión de este amor”. Ver un conjunto de músicos de procedencias diversas que crean belleza y armonía es también un mensaje de paz muy fuerte. Es verdad que la música puede ser un arte bastante masivo, “pero, al final, el nivel personal es el que gana: es la relación con quien tienes cerca lo que hace cambiar a las personas. Como granitos de arena, vamos sumando”.
Este artículo ha sido publicado en el número 195 de Ciutat Nova: ¿Dónde está la paz? Y DE AHÍ… ¿HACIA DÓNDE? “Armonía en la diversidad” es una de las sensaciones que se me vienen a la mente al acabar este artículo. Dos personalidades bien diferentes, de procedencias diversas, de expresiones artísticas diferentes, que se comunican de forma diferente… pero que viven el arte exactamente de la misma manera. Esto ya es de por sí una lección sobre cómo el arte nos acerca y nos ayuda a sentirnos un solo cuerpo, aun con nuestras diferencias. Y estos artistas me han descolocado, lo reconozco: tienen audiencias potenciales de miles y miles de personas (¿cuánta gente va a un macroconcierto o a una exposición antológica?), pero ellos quieren ver el impacto en cada persona individualmente. Las multitudes parece que no existan para ellos, sino que existe cada ser humano, y cada uno cuenta. Este es el ámbito en el que dicen que impactan en la sociedad y donde ven que contribuyen a construir un mundo más justo y fraterno.
Este artículo ha sido publicado en el número 195 de Ciutat Nova: ¿Dónde está la paz?
Acerca del autor
Del Ampurdán a los Andes: las buenas rutas raramente son rectilíneas. Por el camino, muchos encuentros y enseñanzas. Todo esto me ha llevado al turismo, donde enseño y hago investigación.

Sóc en Ferran Planellas Vidal , pintor , visc ja 50 anys a Palafrugell .
m’ha agradat molt el seu artícle He fet donació de la meva obre al Museu de Suro , que pertany al ajuntament de Palafrugell .
amb apreciació, una salutació.