Liderazgos en el mundo religioso. Liderazgos en el mundo universitario. Liderazgos en nuestra sociedad. Hablamos con dos personas tan diferentes como una rabina argentina y una profesora sueca. Repasamos también sus recorridos vitales y qué las ha hecho personas de referencia en sus respectivos entornos.
Fue en el ejército de su país, Suecia, que Mia Ljungblom se dio cuenta de que estaba adquiriendo “hábitos masculinos.” Necesitó varios años y más madurez para entender que esto no debía ser así… ante todo, debía ser ella misma (y, por tanto, las faldas volvieron a su armario). Y también necesitó tiempo para entender la diferencia entre un jefe y un líder y poder aplicarla en sus tareas.
Quizás el proceso no fue tan duro para Silvina Chemen, que, para ser maestra (rabbina) de su comunidad en Buenos Aires, se inspiró en la figura de su madre, y se encontró con que la comunidad le fue otorgando poco a poco el papel de líder.
TECHOS DE CRISTAL
Teniendo delante a dos mujeres que se han abierto camino en ámbitos muy masculinizados, es inevitable hablar del liderazgo femenino y los “techos de cristal” que muchas veces las mujeres encuentran para poder mejorar en el trabajo. Dice Mia que, a pesar de los esfuerzos que se hacen en este sentido en la Universidad de Uppsala, en su departamento aún no hay ninguna catedrática. Y no porque falte talento femenino, sino porque las mujeres “asumen con naturalidad y buena voluntad tareas de apoyo y durante años tratan temas menores que impiden su progreso en el escalafón profesional.” ¡Y esto ocurre en una de las naciones más igualitarias del mundo!
Silvina añade argumentos al tema diciendo que es una contradicción ver cómo a menudo en comunidades religiosas la mayoría de los miembros son mujeres, pero los cargos de responsabilidad los ocupan los hombres, algo que ya vio en una de las primeras comunidades que sirvió como rabina. Las mujeres hacían el trabajo más desagradecido y que no se veía, pero necesario para el funcionamiento de la comunidad. Dice con mucha pasión que “las mujeres hacemos tareas esenciales, pero no somos conscientes de ello”. Asentimiento desde el norte de Europa: Mia pone cara de “esto me suena” y responde que “sencillamente, a veces hay que saber decir que no o distribuir los trabajos de otra manera.” Expone la situación de su universidad en la que, a través del trato cotidiano, se crean jerarquías fácticas aunque en el papel no existen. Y en la base, también en la universidad, hay muchas mujeres que realizan tareas desagradecidas, pero esenciales.
Aprovecho para meter baza en el tema de los liderazgos femeninos en la religión (o más bien de su ausencia). Silvina comenta que, en el caso de la religión judía, al no existir sacramentos, cualquier fiel preparado puede llevar a cabo una celebración o guiar una comunidad. Esto no quiere decir que una rabina sea aceptada por todos en el judaísmo, una religión con distintas corrientes y sensibilidades. Avisa, sin embargo, que ella no se siente limitada por eso: no ve la religión como piramidal (quizás es una visión más cristiana) y no tiene problemas en aceptarse como rabina “porque tengo tanto trabajo con mi comunidad, que no puedo dar muchas vueltas a estos temas”. Añade que ciertos contenidos de sus estudios eran a veces misóginos y a ella le tocó decirlo.
Silvina no me compra el argumento que interpongo: “los hábitos de decenios o siglos pesan mucho”. “Esto es cierto, pero para las personas que están ‘arriba’ esto ya está bien”. Para Mia, algunos procesos ya se ven en la educación infantil, donde a veces separan niños y niñas o la totalidad del personal suelen ser mujeres. Y en ocasiones, estos procesos son reforzados en la educación familiar.
EDUCACIÓN
Entramos de lleno, pues, en el ámbito profesional de nuestras dos entrevistadas. Según Silvina la educación es “esencial para el cambio” y, de hecho, quiso estar en el ámbito de la educación desde joven viendo el compromiso de su madre en la escuela de barrio de Buenos Aires, donde era maestra y en la que realmente tenía un impacto positivo en los alumnos y sus familias, a menudo de clases humildes. En la misma línea, para Mia la educación es la puerta “para enseñar a las nuevas generaciones otras formas de hacer”. En su biografía, Silvina pone de manera muy consciente su amor por el judaísmo y el hecho de que pronto se encontró hablando en la comunidad (ver recuadro). Esto, dice ella, le puso a su alcance otro medio para influir en su entorno e impulsar grupos y comunidades a mejorar el mundo.
¿Cómo evolucionan los liderazgos y sobre todo sus prácticas? Silvina cree que son procesos lentos, como todos los cambios sociales; Mia querría ver cambios más rápidos y comenta un tema bastante conocido: “a pesar de las declaraciones de buenas intenciones, todavía nos encontramos con brechas de género, en la universidad y en el país: hay que hacer una sociedad donde cada persona tenga un lugar y pueda ser ella misma.” Silvina considera que un primer paso se da con declaraciones escritas, pero para que no queden en papel mojado, hay que seguir trabajando en equipos y en comunicación, lo que ella ve clave en cualquier proceso de cambio: “hay que tener razón, pero también es necesario que muchas personas crean algo para que se produzca un cambio. Esta es la manera de progresar hacia una sociedad más igualitaria.”
Sin darme cuenta veo cómo la conversación va favoreciendo un tipo de liderazgo que tiene más que ver con el crecimiento personal que con los “liderazgos mesiánicos”, que una y otra consideran no solo desfasados, sino peligrosos si regresan. De hecho, Silvina ve en el momento actual de evolución de la humanidad una tensión entre lo que ella llama “liderazgos carismáticos” a los que opone los “liderazgos colectivos”. Esta tensión se manifiesta en la vuelta a la escena pública de liderazgos muy centrados en torno a un individuo. No es fácil, por tanto, progresar hacia liderazgos más horizontales y compartidos.
Un buen líder es necesariamente una buena persona
Ambas están de acuerdo en que se hacen falta líderes a todos los niveles. Es necesario que cada persona sea empoderada en el lugar donde se encuentra y en las tareas diarias que realiza. Dice Silvina que hay que empoderar a un máximo de personas de todas las edades y condiciones para que sean líderes y ve que el elemento principal de liderazgo es el grupo, no un determinado individuo. Les pregunto a quién toca realmente cambiar las cosas: ¿a los hombres o a las mujeres? Unanimidad a ambos lados del Atlántico: nos toca a todos, porque todos somos parte de una misma sociedad y entre todos la construimos.
BUENOS LÍDERES
Mia retoma una idea interesante: el líder es quien es capaz de cambiar comportamientos sabiendo ponerse en el sitio de los demás, pero también teniendo su personalidad, su forma de hacer. Un equilibrio que para lograrse necesita práctica. El líder es la persona que está más comprometida con una idea o una tarea. Silvina concuerda contando que a ella la consideran líder por su compromiso en educar y servir a su comunidad, no por tener el carácter de una superestrella.
“¿Y cómo consigue un líder motivar a otras personas a ser líderes a su vez?” Pregunto. Pienso en lo que normalmente se conoce como mentoría. “Es un proceso que requiere mucho tacto -explica Mia- para saber cuándo debes acompañar a una persona y cuándo la puedes dejar volar”. Y aquí aparecen en la conversación temas como liderar con el ejemplo o la importancia de los valores en los liderazgos. Y cómo los liderazgos horizontales favorecen el surgimiento de personas empoderadas, cada una con diferentes capacidades y talentos. En un contexto de empoderamiento general se puede elegir a la mejor persona para liderar un proyecto, independientemente de sus ideas personales. Silvina cree que un buen líder debe empujar a los demás a subir al escenario y después saberse “hacer invisible” él mismo. Es decir: cuando los demás están preparados, debe darse un paso al lado.
Mia vuelve a su experiencia en el ejército de su país diciendo que su proceso hacia el liderazgo se cerró cuando volvió a ser ella misma y aplicó sus propios valores, de modo que se sentía cómoda consigo misma y su entorno. Nos confirma, por tanto, que un buen líder debe mostrar sin miedo sus propios valores. Esto significó para ella pasar de ‘mandar a gritos’ a buscar el acuerdo con los demás a la hora de realizar las tareas. De esta forma, podía poner de relieve la experiencia de los demás y aprender de ellos: un líder no lo sabe todo, y por eso necesita las ideas del resto del equipo. Para hacer surgir estas ideas se necesitan liderazgos horizontales y no ‘mandar a gritos’. Ahora, Mia, en sus clases, invita a los estudiantes a reflexionar sobre los liderazgos positivos que han vivido para que traten de integrarlos en sus personalidades.
‘Ser uno mismo’ parece todo un reto para quienes son pioneros en nuevos territorios. Mia y Silvina han sido las primeras mujeres en terrenos muy masculinos y subrayan la importancia de ser uno mismo para ser un buen líder, no imitar a los demás (lo que a veces ocurre incluso con la estética o el aspecto externo), como subraya Silvina. La autenticidad y la preocupación sincera por todos los que nos rodean parece otro rasgo importante que favorece la confianza, según Mia. “La gente huele enseguida si los liderazgos son auténticos o no”, remata Silvina. De nuevo, asentimientos desde el otro lado del mar.
LA COMUNIDAD
“Pero si un líder debe ser una persona honesta, coherente, comprometida… ¡Entonces todo el mundo puede ser un líder!” – digo yo. Responde Mia diciendo que, potencialmente, muchos de nosotros podemos ser líderes. A veces, algunos valores de un líder pueden no ser compartidos, pero existen valores humanos básicos que siempre deberían estar en la base de los liderazgos.
Según Silvina, los liderazgos hoy significan “muchas personas trabajando unidas con un propósito común”. Los conceptos de liderazgo están cambiando y se trata de ser más colaborativos: “todo el mundo debe hacerse responsable de un proceso, esto está evolucionando en la sociedad y el liderazgo debe verse como un movimiento de personas.” Y la globalización permite también unos intercambios muy interesantes a la hora de definir los nuevos liderazgos. Mia subraya que en algunos países estas ideas todavía tardarán en llegar, si bien los países que desarrollan estos liderazgos tienen la responsabilidad de ser modelos para toda la comunidad mundial.
Para Silvina, las religiones (que construyen comunidades, amplían la idea de la horizontalidad, propician diferentes formas de voluntariado y subrayan la necesidad de justicia, igualdad y amor entre todas las personas) también pueden ayudar en esta transición, especialmente en los países que menciona Mia. Esta explica que, en las conversaciones con sus amigos de la iglesia luterana (confesión mayoritaria en Suecia) a menudo le dicen que, dado que ella se preocupa por las personas y procura que todo el mundo a su alrededor esté bien, tiene una manera de hacer de persona creyente. Y es entonces cuando se encuentran puntos comunes. Silvina, como creyente, no puede evitar afirmar que la religión no es solo la oración del individuo, sino que es toda una comunidad que se mueve y hace el bien. Me atrevo a creer que estas comunidades religiosas y asociaciones de la sociedad civil que actúan positivamente en su entorno son, colectivamente, los nuevos líderes que nos han descrito nuestras dos entrevistadas.
Mia Ljungblom
Mia es profesora de la Universidad de Uppsala (Suecia), donde investiga en temas de liderazgo. Después de 16 años en el ejército sueco y unos cuantos más como consultora, pasó al mundo universitario. De joven ya le gustaba ser representante de sus compañeros de clase, porque, según ella, “hay que hacer oír la propia voz en los debates, y saber disentir si es necesario”. Piensa que, por no tener miedo a decir las cosas, ahora es miembro de diversos círculos de la universidad en temas de igualdad donde puede dar su opinión, aunque a veces sea una “voz incómoda”.
SILVINA CHEMEN

Silvina es rabina de la sinagoga Bet El, en Buenos Aires, la mayor comunidad hebrea de América Latina. Hija de familia judía emigrada que -como muchas- dio más importancia a la asimilación que a la transmisión de tradiciones. Su sueño juvenil fue convertirse en educadora. Nunca buscó dirigir una comunidad, sino que, teniendo ciertos talentos, empezó sustituyendo a rabinos y se fue encontrando en el papel de rabina “porque la comunidad me lo pedía, y siento que fue la comunidad que me puso allí”. Un ejemplo de liderazgo que ha salido “desde abajo.”
Este artículo ha sido publicado en el número 194 de Ciutat Nova: ¿Líder de quien?
Acerca del autor
Del Ampurdán a los Andes: las buenas rutas raramente son rectilíneas. Por el camino, muchos encuentros y enseñanzas. Todo esto me ha llevado al turismo, donde enseño y hago investigación.
