Es un jueves de verano. Media tarde. Hace calor. Estoy sentado delante del mar. La mirada perdida en el horizonte lejano. El pensamiento dirigido a la azulada inmensidad. Mi hija adolescente, siempre pendiente del móvil, rompe el silencio. ¡Han atropellado a muchas personas en Barcelona! ¿Qué? ¿Cómo? Cojo también mi móvil. Redes sociales, medios de comunicación, … Se empieza a notar en el ambiente la incertidumbre, la preocupación, la ansiedad, … El resto, es de todos conocido.

La punzada del dolor que, de golpe, irrumpe en medio de la vida. Sin avisar. Como un rayo traidor que astilla la oscuridad anunciando el ruido de la tormenta. La vida, rompecabezas de placideces interrumpidas que encajan con el aguijón que escarba en el dolor hasta lo más profundo del alma. Hilo de hilvanar, frágil y perecedero, cose las orillas que cruzan el horizonte de la vida. De la serenidad del paseo al horror de la tragedia. De la risa confiada a la desolación incomprensible. Sólo en un segundo. La vida, nos lo pone todo a un clic.

De la fiesta mayor al luto. Barcelona se ha envuelto en tristeza. Cambrils se tiñe de llanto. Juntos hemos abandonado prematuramente el verano para imponernos la normalidad de un otoño anticipado.

Las sociedades avanzan con el conflicto, pero no con la violencia. El crimen de Caín clama desde los albores de la historia y continúa ensuciando de rojo la humanidad. Del dolor, puede manar el odio estéril. Pero el dolor puede ser siempre una semilla de esperanza, como nos recuerda la amiga Amparo Gómez en su artículo, impregnado de una fundamentada y envidiable “ingenuidad”.

El clic de la vida nos permite avanzar. Pasar de una pantalla a otra. Cuando el clic duele, activa la solidaridad, despierta los sentimientos nobles que toda persona esconde. Entramos en un escenario en el cual, la conciencia de sabernos unos al lado de los otros, crece exponencialmente. Aparece en las pantallas del televisor aquel “humus” común que compartimos todas las personas, expresado en una gran diversidad de lenguas, de religiones, de culturas, de procedencias, de edades… Entonces, inauguramos el camino de la esperanza. No como un deseo más o menos utópico, sino como una realidad a mantener, a cultivar, a hacer crecer. De golpe, se desvanecen los velos que esconden y los espejos que deforman. Nos encontramos cara a cara con aquello que ya somos. Sorprendidos de este encuentro inesperado, podemos continuar instalados en el desconcierto, en la rabia, en el dolor o en el odio. Pero, en el fondo, somos conscientes de que la realidad se acabará imponiendo. La hemos visto. Haríamos bien de no dejarla escapar. Todo dependerá de qué giro tome el clic de cada uno.

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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