Cuando alguien dice la fatídica frase de «no hay nada que hacer», o bien, «no hay alternativa», está dictando una sentencia de muerte a la esperanza. ¡No se lo merece! La esperanza quiero decir, y quien la pronuncia tampoco. Vivir sin esperanza, me da la impresión, que es como no vivir. Algo así como perderse el presente de la vida, pensando que no hay futuro.
Creo que la esperanza tiene mucho que ver con la confianza. En cierto modo, esperar es confiar en alguien, confiar en nosotros mismos, confiar en que las cosas pueden cambiar, confiar en que el tiempo hará su trabajo. ¡Y esperar a que pase! Pero nunca ocurrirá nada si concebimos la espera como una actitud pasiva. Sería bueno que la espera nos cogiera en la calle, a la intemperie. Si la espera nos visita en el sofá, entonces el futuro será como el presente.
La esperanza es un trabajo enorme. No sólo porque a veces cuesta encontrarla, sino especialmente porque esperar es trabajar en el presente para construir un futuro distinto, mejor. La esperanza no es una ilusión, tampoco una ingenuidad; es una convicción, una firmeza, un compromiso.
El mundo cristiano, cuando se acerca la Navidad, vive un tiempo de esperanza de forma más intensa que el resto del año. Desconozco la estadística de cuántos cristianos lo logran. Ojalá fueran muchos, ojalá fuéramos todos, creyentes o no. Porque, posiblemente, esperar sea vivir más intensamente.
El relato del nacimiento de Jesús en Belén esa noche de Navidad, puede sernos de utilidad, nos lo creamos o no. Esto es así, porque los relatos evangélicos son todo un manual de esperanza en medio de la más absoluta intranquilidad, de las inquietudes más desgarradoras, de las incertidumbres más desoladoras y de los misterios más incomprensibles.
Si uno los lee con esta clave, se dará cuenta de que, más allá de las creencias, aquellos relatos nos ayudan a comprender un poco mejor la grandeza y la profundidad de la debilidad. Un niño que nace casi a la intemperie, después de que sus padres fueran rechazados en todas las posadas del lugar; nos pide, desde la más absoluta precariedad, nuestra confianza. ¿Se ha visto cosa igual?
Sí, leamos este relato, y los que le preceden. Y, por qué no, también los que le siguen. Encontraremos toda una historia de esperanza, de confianza, en medio de la pobreza, la sencillez, la humildad, la incomprensión… Encontraremos muertes, traiciones, condenas, dudas, preguntas sin respuesta, ejecuciones de inocentes, situaciones que nos llevan al límite de la nuestra humanidad. Y ahí, en ese humus vital, crece siempre la esperanza.
Seguro que ésta no es la única historia de la que extraer esperanza. Pero, en mi opinión, ésta es muy buena. Lo es porque toma lo más humano que tenemos, lo que compartimos todas y todos; nuestra debilidad, nuestra vulnerabilidad y nos muestra que es posible convivir con ellas y vivir en ellas para construir un futuro.
Ojalá, pues, este tiempo que invita a poner en marcha la fábrica de la esperanza a diestro y siniestro, no quede medio enterrado entre envoltorios de papeles brillantes y bien iluminados. ¡Aprovecho para desear a todo el mundo una muy FELIZ NAVIDAD!
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

aquesta lectura als fets Evangelics , ens remotiva de viure millor les nostres » realitats familiars» , i en l entorn ….gracies per l oportuna reflecció
Moltes gràcies Hilde