La persona en su integridad incorpora un componente espiritual que, aunque a veces escondido, puede tener una gran influencia como estructurante de los pensamientos de las personas.

La espiritualidad, que a menudo incorpora creencias religiosas, pone de manifiesto unos pensamientos o conocimientos que la persona asume como certezas y que habitualmente están en la cima de sus valores proporcionando sentido y significado a los sucesos vitales, del mundo o de la sociedad. Estas certezas contribuyen a reinterpretar y revaluar el significado de la realidad y a reconstruir positivamente los sucesos negativos, como por ejemplo la enfermedad o la muerte de un ser querido.

El tener una visión del mundo en donde los sucesos no ocurren por casualidad o bajo posibilidades probabilísticas, sino bajo la voluntad o permisión de algo o alguien que nos trasciende, facilita la asignación de significados a todos los sucesos.

El hombre necesita de una previsibilidad, una cierta comprensión y anticipación mental de los profundos problemas de la existencia.

Esto resultaría favorable para la salud personal, pero, por otra parte, puede haber aspectos desfavorables, sobre todo cuando uno siente sus límites personales para alcanzar metas tan altas. Es decir, puede sentir una cierta frustración por el bajo cumplimiento. Los sentimientos de culpa que esta inadecuación puede generar serían nocivos para la salud personal.

Dimensión horizontal

Dentro de las influencias que el componente espiritual ejerce sobre las mentes es interesante analizar su dimensión horizontal respecto a las relaciones humanas ideales que propone. Este análisis podría consistir en identificar aquellos aspectos que favorecen y estimulan los comportamientos prosociales. Aquí cabe referirnos a todas aquellas corrientes de espiritualidad y religiones que proponen los siguientes valores al máximo nivel de importancia:

  1. El ser humano como poseedor de una dignidad trascendente, es decir, inalienable y universal, merecedor por tanto de un reco- nocimiento de esta dignidad por los demás. (Respeto y valorización de esa dignidad).
  2. El ser humano como merecedor de estima y amor.
  3. Las relaciones humanas guiadas por un equilibrio entre la atención a las necesidades del Yo y la atención al Tú, al Otro u Otros.
  4. Los conflictos entre los seres humanos superados por esa estima y amor que alcanza incluso al enemigo.

No conocemos en qué medida la existencia del componente espiritual de la persona puede ser necesario para dar fuerza a estos principios. Por ejemplo, en el impulso originario y en el mantenimiento de una motivación de las personas que actuarían

como agentes de cambio prosocial, que se orientan a actuar generativamente en el cambio de otras personas, con notables costos personales.

Lógicamente las personas que mentalmente aceptan y atribuyen una trascendencia a sus acciones, asumen y poseen ya una estructura cognitiva elaborada por la existencia de un ser trascendente y sancionada positivamente y reforzada por la comunidad que comparte la misma creencia.

En otras personas que pueden compartir esa misma visión espiritual de la persona, pero sin referente directo a lo religioso, no conocemos si esa falta estructural o social de doctrina, e incluso esa falta de comunidad referente es superada por un mecanismo de autofidelidad a sus principios. Puede ser interesante cuestionarnos personalmente sobre cómo afecta en nuestra vida y en nuestra forma de relacionarnos con los demás y con el entorno, el hecho de vivir con mayor o menor conciencia la tensión transcendente que llevamos dentro.

Motivación y comportamiento

Tengamos en cuenta que en la motivación y en la actuación de esos principios hemos de distinguir no sólo la intensidad y fuerza sino la persistencia y duración de las conductas. Y respecto a las metas, la extensión o universalidad de esos principios: por ejemplo, estima no sólo a algunas personas o colectivos, sino a todas.

Entre el nivel de creencias y el nivel de los comportamientos hay una notable distancia y no podemos quedarnos simplemente en este nivel de la creencia.

Pueden existir personas muy convencidas de su adhesión a los principios enumerados, pero ¿en qué medida afectan a sus conductas prosociales? Aquí entraríamos en sus niveles éticos y la aplicación y el cumplimiento de los correspondientes comportamientos.

Se abre aquí todo el ámbito de la moralidad, más o menos coercitiva o impulsión de la religión hacia la ejecución o no-omisión de conductas prosociales.

También nos podemos preguntar qué medidas utiliza la praxis religiosa para impulsar y conminar a sus fieles a esa actuación prosocial y cuál es el nivel de efectividad de estas. Aquí aflorarían temas como conciencia moral, satisfacción moral, premio, cielo, paraíso, sentimiento de culpa, pecado, castigo, arrepentimiento, perdón.

Para explorar los aspectos relacionados de espiritualidad y religión con prosocialidad, podemos examinar estos aspectos desde la perspectiva de su influencia sobre las personas.

Para ello podemos distinguir dos niveles:

  1. Consecuencias para el yo (para el autor, autores o sujeto, sujetos).
  2. Consecuencias para el otro (el receptor, receptores, grupos, colectividades)

En este sentido, el foco no estaría tanto en las creencias, como más bien en la forma en que los recursos espirituales pueden contribuir al progreso y solución de los problemas personales y sociales.

Artículo publicado en la Revista número 178, Luz Invisible. Ya disponible en Amazon.

Robert Roche
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