Escucha y confianza. El tren que nos lleva a la estación del otro, requiere de estos dos ejes para poder circular de la estación de la incomprensión a la del diálogo fecundo. Allí donde el encuentro puede ser generador de nuevos espacios de convivencia, cada vez más amplios, abiertos y plurales.


Las voces diversas y plurales necesitan ser escuchadas. Escuchar implica la vo­luntad de hacerlo. Oímos por casualidad, pero escuchamos porque queremos saber. Escuchamos porque tenemos el deseo de conocer el secreto que el otro esconde. Este interés por conocer aquello que el otro nos quiere comunicar, requiere una base de confianza. Tal como afirma la profesora Laurence Cornu-Bernot, la confianza es “una hipótesis sobre la conducta futura del otro”. Partir de la desconfianza es poner las bases para un fracaso en la comunicación. Esto adquiere un relieve especial en el encuentro intercultural con quien es diverso. Cuando percibo que el otro puede poner en peligro mi confort, la puerta de la desconfianza puede abrirse con gran facilidad.

La escucha y la confianza, estaciones de enlace de una ruta que pasa por la acogida, la comprensión y el amor. Ingredientes necesarios, todos ellos, para un verdadero interés por el mundo del otro. Un deseo que nos lleva hasta el umbral del conocimiento de aquello que nos es desconocido y diverso. Un umbral que será necesario traspasar para poder ir más allá del necesario, pero insuficiente, conocimiento. Un umbral que nunca puede ser un límite, sino una puerta de entrada. Cruzarla debe permitirnos superar la pura simpatía. M. Bennett, cofundador del Instituto de Comunicación Intercultural, recomienda ir más allá de la regla de oro de la simpatía: “Trata a los demás, tal como quieres que te traten a ti”, para alcanzar la regla de platino. “Actúa con los demás, como ellos actuarían con ellos mismos”. Una actitud que debería ser tan habitual como envolver el bocadillo de cada día..


Ilustración: mbofill_art


 

Francesc Brunés
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