Más allá de la añoranza, el recuerdo y la ternura, la abuela es aquel faro que guía el laberinto de la vida. Unos espacios, unas mujeres, unos referentes.

 

Me he puesto una foto de la mamá y de la abuela cuando eran jóvenes, en la pantalla de bloqueo. Salen fantásticas, sonrientes, cogidas del brazo. Contentas de tenerse. Es bonito poder coger del brazo a tu hija, y que alguien haga una fotografía sin que estés mirando a cámara. Así tu nieto podrá ponérsela en la pantalla de bloqueo algún día, y sonreír cuando te añore.

Espero que estés bien, abuela. Ahora hacía semanas que no te lloraba, pero te escribo y no puedo evitarlo. Te echo de menos.

Gran parte del amor que no puedo darte trato de entregarlo a la abuela, con tu permiso. Es un regalo poder hablar con ella; y reír aún, y sentirnos cómplices y confidentes entre toda la multitud de esta familia numerosa nuestra, que ella fundó. Y verte a ti en su ternura. Este calor de abuelas debería ser patrimonio de la Tierra.

Una videollamada con ella es un bálsamo de agradecimiento, de entender por qué la vida les va bien a ciertas personas. Personas que no saben de rencores, ni reproches, ni culpables. Que se empeñan en fijarse en lo importante – que es invisible, y no sale en las noticias -. Y a amar, y confiar, por defecto. Y a enseñarnos a hacerlo.

La abuela nos es faro, y yo me quiero agarrar fuerte a él hasta que se le apague la luz. Hasta que sólo me quede y pueda recordarla, y escribirle, como a ti. Y tu respuesta, abuela, no me llega de viva voz, pero me llega con la claridad de la tarde y las olas de nuestro mar, donde te recuerdo bañándote. Este apartamento pequeño de playa que te hacía de casa de verano hasta que te lo impidió el dolor de las piernas. Y tu habitación sigo viéndola tuya, por más que la llamemos de invitados. Por más que perdiera allí la virginidad y me pasaran otras cosas importantes, en esta habitación pequeña. Y la barra de la bañera que pusimos para que pudieras entrar sola a la ducha me recuerda esporádicamente que faltas, que ya no estás, que no puedo llamarte. Y alguna lágrima se mezcla con el agua que mana del mango, y el champú que se me desliza por la piel.

Tú estarías preocupada por mí, tantos días solo en casa. Y yo te diría que no sufrieras, que estoy bien, y sería verdad. Que lo estoy, a pesar de que me faltas. Pero te llevo dentro y te veo en las cosas bonitas de la vida, y aquí en la playa es fácil encontrarlas y reconocerte en ellas. Y eso me consuela y me hace sonreír. Como tú en la fotografía con la mamá, feliz.

Este artículo ha sido publicado en el blog del autor: algunsaprenentatges

Acerca del autor

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Escribo para recordar, para agradecer y no perder de vista lo que de verdad importa. Si lo tengo presente, el resto va cuesta abajo. Lo que mejor he hecho en 22 años de vida ha sido rodearme de las personas con las que he decidido compartirla.

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