Crecí creyendo
que mi valía dependía
de mis logros.
Pues, me convertí en algoritmo.
Una máquina ciega
que optimiza
los golpes en la espalda,
el reconocimiento
de los que me aman.
Un piloto de aviación que se estrella
una y otra vez
contra la misma montaña
hasta que caiga el alud
del éxito prometido.
¿Cuándo termina la eterna
acumulación de razones
para merecer el Amor,
la Libertad definitiva?
Ochenta y nueve reposa sobre
mi mano cansada
de intentarlo tantas veces.
Justo en este momento
-en este preciso instante-,
¿y puedo ser tan burro de no
tomarlo como una respuesta
sagrada, y absurda y para
cagarse de risa?
Es ella quien escribe el poema,
y que me ama sin
contar las palabras.
Casi dos infinitos invertidos
como dos alas de pájaros
que vuelan, y existen y Son
merecedores de Todo
sólo porque Son,
y cantan.
Cuánto dolor,
toda la autodestrucción
a la búsqueda de respuestas
que estaban desde siempre
en las palmas de nuestras manos.
Y cuánto vértigo no saber.
Haberlo intentado una y otra vez,
para acabar dándonos cuenta
de que la vida es un vacío nuevo
detrás de otro, detrás de otro.
Un abismo, una oportunidad,
un dado al aire. Un juego
sin reglas, y nos vendieron
que las tenía, y nos lo tomamos
en serio porque estamos hechos
de esfuerzo, de voluntad, de disciplina.
Qué herramientas más bonitas,
y qué mal utilizarlas
en contra de la vida.
NOTA: El autor del poema, escrito en lengua catalana en el original, hace un cierto juego de palabras entre “buit” que significa vacío y “vuit” que corresponde al número ocho.
Acerca del autor
Escribo para recordar, para agradecer y no perder de vista lo que de verdad importa. Si lo tengo presente, el resto va cuesta abajo. Lo que mejor he hecho en 22 años de vida ha sido rodearme de las personas con las que he decidido compartirla.
