Aquí en Cabrera de Mar los abuelos empujan la vida adelante como la silla de ruedas del abuelo: paseando lento y en círculos. Bordean el jardín de casa donde la hierba no crece, de tan pisada, pero los árboles hacen sombra y pasa una brisa que roza suave las hojas verdes. Se han quedado para ellas todo el verde de la hierba marrón. El azul del mar ya no se ve como hace noventa años porque nos lo tapan, intermitentes, algunas casas de la urbanización de abajo. Y da igual si las parcelas del bisabuelo se malvendieron, porque el mar se ve y eso es lo que cuenta.

En la mesita blanca, al lado de las sillas, la abuela ha puesto las flores que le regalaron por su cumpleaños y las encuentra preciosas porque lo son. Un jarrón de rosas, otro de lilas y flores blancas de las que no conozco el nombre. Estas pequeñas cosas son las que explica a la familia cuando la vienen a ver. Son las ligeras variaciones agradables del camino circular y alicatado que es la vejez.

Cuando llegan al límite de la última baldosa, la abuela gira ciento ochenta grados y vuelven a empezar la vuelta empujando la silla de ruedas del abuelo. Ella dice que camina mejor y más estable así que cuando va sola. De hecho, ya no saben -no pueden-, caminar uno sin el otro. El abuelo, como un niño, coloca las manos en silencio señalando la dirección de la curva en movimiento. Cuando la abuela le dice que ahora descansamos y nos sentamos en la mesa redonda, primero protesta, pero luego le coge el brazo con ternura y se lo acerca a los labios para darle besos. A mí también me lo hace, y robarle un milisegundo de sonrisa cuando te mira a los ojos y te ve, es un regalo.

Ambos me sacuden al dominó y a construir un proyecto de vida y raíces estables. Por goleada. Conviviendo con ellos, recibiendo visitas y llamadas de hijos y nietos -y vídeos entrañables de biznietos jugando en la bañera-, parece que cualquier otro tipo de aspiración para el futuro que no sea formar una familia se quede corta. En su época no se lo planteaban, pero me parece que si se lo hubieran planteado la abuela lo hubiera tenido clarísimo igualmente. Y todavía habla de cuando presenció por primera vez un bebé recién nacido y buscaba agujeros en el techo para averiguar por donde lo había escondido la cigüeña – era Manolo, el hijo de los caseros que ha acabado siendo propietario de una cadena de hoteles en América-. Y recuerda como Antonio, el hermano pequeño y mimado de la familia Sala, cuando no le decía «Quequeu» se refería a ella como «mamá pequeña». Así que cuando sus padres se fueron unas semanas y dejaron a cargo a su hermana mayor Joaquima, Antonio sentenció «perfecto, la Cotita la madre de todos y la Quequeu mi mamá».

Con 91 años parece que la abuela los tenga más presentes que nunca: los recuerdos de infancia, sus hermanos, los padres. Quizás esta trayectoria también es circular, y los extremos de vida se tocan en tantos sentidos como se aprecia en la vejez desafortunada. «No puede ser que acabemos así», dice para sí la abuela cuando el abuelo hace alguna de sus rabietas. Y debe recordarlo despierto, e irónico y haciéndola reír. «Nadie en este mundo me ha hecho reír tanto como tu abuelo», y yo pienso que debería entrenarme para ser más divertido, y lo añado a mi -últimamente- larga lista de ‘deberías’ para ser alguien que valga la pena.

Ellos no me juzgan. Las dudas e inseguridades de un joven (?) de 26 años están demasiado fuera de su contexto y demasiado lejos de su visión como para empeñarse en aconsejarle, y les queda demasiado poco tiempo como para malgastarlo en no amar. Así que aman, y acogen, y yo lo aprovecho ahora que lo que tengo es tiempo y un montón de incertidumbres menos una: que los echaré de menos cuando ya no estén.

Este artículo se ha publicado en el blog del autor: algunsaprenentatges

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Escribo para recordar, para agradecer y no perder de vista lo que de verdad importa. Si lo tengo presente, el resto va cuesta abajo. Lo que mejor he hecho en 22 años de vida ha sido rodearme de las personas con las que he decidido compartirla.

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