Todo el mundo sabe muy bien que cuanta mayor oscuridad existe, más importancia adquiere la luz. Posiblemente por esta razón, en medio de todo un inmenso océano de individualismo, la solidaridad aparece como un faro donde recalar. Incluso se puede considerar que la solidaridad toma el valor preponderante en la organización social y política. Es ésta la razón por la que dedico este sexto artículo sobre pensamiento social a profundizar un poco este aspecto.

Hasta finales del siglo XIX se habló básicamente de “caridad”. En la tradición cristiana, la palabra caridad es equivalente a Amor. Aquel Amor propio de Dios que es Trinidad y, por tanto, es un amor que incluye la diversidad, la gratuidad y la reciprocidad. Desde esta óptica, este concepto sería muy superior al de solidaridad. Sin embargo, la palabra “caridad” tomó connotaciones de asistencia paternalista que recomendaron su substitución.

El sociólogo francés Émile Durkheim, en el siglo XIX, usaba el término “solidaridad” para referirse a la cohesión de los grupos sociales y a la forma de relacionarse los individuos entre ellos dentro del grupo. También en el siglo XIX, el jesuita alemán Heinrich Pesch, especialista en ética católica y economista, hizo notables aportaciones sobre el tema. Pesch considera la solidaridad como “la coobligación y, hasta cierto punto, la corresponsabilidad de todos los individuos, grupos y clases en orden al bien común de toda la sociedad”. De esta definición se desprende claramente la vinculación entre solidaridad y bien común. Para Pesch era un camino intermedio entre el individualismo y el socialismo, a lo que llamó “solidarismo”.

Por tanto, si la solidaridad está vinculada a la dimensión social de la persona, en un contexto como el actual, en el que la interdependencia crece día tras día, nos aporta nuevos elementos e incluso la urgencia renovada de plantearnos hasta dónde debe llegar la solidaridad. Se puede hablar de ella a un doble nivel: en el ámbito socioeconómico, cuando nos referimos a la organización de la sociedad, sirviendo de fundamento al modelo de Estado social. Y también, en el ámbito universal, en el marco de la globalización. Posiblemente cada vez sea más difícil diferenciar ambos niveles, pero parece claro que la solidaridad es una condición necesaria para un verdadero desarrollo integral de toda la persona humana y para todos los hombres y mujeres sin ningún tipo de distinción.

Son de especial relevancia las aportaciones que el Papa Pablo VI hizo en el año 1967 en su encíclica “Populorum Progressio”. En este texto, se vinculan las obligaciones derivadas de la solidaridad, a la fraternidad. Una vinculación que se puede analizar en tres ámbitos:

  • El propio de la solidaridad, entendida como un deber de ayuda que las naciones ricas tienen, respecto a los países en vías de desarrollo.
  • El de la justicia social, que debe corregir las relaciones comerciales perversas entre pueblos fuertes y débiles.
  • El de la caridad universal, que debe procurar la promoción de un mundo más humano para todos, donde todos deban dar y recibir, y donde el progreso de unos no sea un obstáculo al desarrollo de los demás.

La interdependencia creciente, nos convierte a todos en verdaderamente responsables de todos y esto implica la implantación de unas dinámicas que vayan en el sentido opuesto a la dinámica de la competencia. Hacerlo depende ciertamente de una actitud personal, pero también de los principios de organización social. Se presenta como necesario y urgente, dotar de alma a las instituciones y estructuras de poder, de forma que reflejen en sus actos los valores éticos fundamentales del Estado social.

Usando palabras del Papa emérito Benedicto XVI en “Caritas in Veritate”, en el mercado deberían convivir instituciones inspiradas en el afán de lucro y la lógica del intercambio, con iniciativas basadas en la lógica de la donación y la solidaridad. Esta dicotomía mercado-poder político es un reto de nuestros tiempos que se ha puesto a prueba no hace mucho de forma muy especial en la crisis de Grecia respecto a Europa.

La solidaridad, sin embargo, debe ir del brazo del principio de subsidiariedad; dado que, si falta la solidaridad, la subsidiariedad acaba en el particularismo; mientras que, si falta la subsidiariedad, la solidaridad termina en asistencialismo. La subsidiariedad aplicada de verdad en el ámbito de la política, puede ser generadora de bienestar y democracia. La raíz ética de este concepto la encontramos en una de las grandes conquistas de la modernidad: la soberanía radica en el pueblo, no en los gobernantes ni en los políticos. Es por tanto el pueblo quien delega su poder hacia arriba. La subsidiariedad se convierte en un principio fundamental para las relaciones sociales en las que intervienen diversos agentes que se encuentran a diferente distancia de los hechos y con grados de información diversos, respecto al problema que se pretende resolver. El criterio debe ser, que el Estado y el mercado no hagan aquello que puede hacer la sociedad civil organizada y las familias.

La subsidiariedad garantiza la diversidad civil, económica y cultural. Las personas más directamente implicadas en un problema, son las más competentes para resolverlo. Es necesario reconocer las competencias específicas de las personas (por ejemplo, de los pobres para resolver la pobreza) como el primer recurso para la solución de los problemas. Los pobres, enfermos, ancianos,… suelen quedarse fuera de las mesas donde los “técnicos y políticos” intentan resolver sus problemas. Un viejo refrán popular reza “sólo tú puedes conseguirlo, pero no puedes hacerlo solo”. Solidaridad y subsidiariedad, dos polos de una energía que lleva al bien común.


Este artículo se publicó en Ciudad Nueva (Diciembre 2015)

Acerca del autor

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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