En la antigua Grecia se definía la prudencia como «Frónesis», que significaría «razón práctica», conocimiento de la realidad, lo que llamamos el sentido común. En catalán tenemos una palabra que lo representa muy bien: «seny». Sería aquella actitud de ponderación y prudencia ante la vida, evitando que las situaciones nos cojan por sorpresa, que nos hace detectar los peligros y nos sitúa bien para hacer lo que es más conveniente en cada momento. Los especialistas consideran que una actitud prudente y calmada favorece la salud física y mental. Fijémonos y analicemos la prudencia en los diferentes ámbitos de nuestra vida. La prudencia doméstica. ¿Cómo llevamos la casa? En la economía doméstica consistirá sencillamente en ajustar los gastos a las posibilidades económicas. Cuando gastamos sin vigilar, sin prever si podremos hacer frente a los gastos… luego vienen las deudas, las angustias, las preocupaciones. Un sentido de prudencia sería ser moderado en los gastos.

Otro aspecto, en el que es muy importante la prudencia, es cuando vamos por la calle, cuando circulamos, cuando conducimos. Adaptar siempre la velocidad al entorno de la circulación. Una acelerada justa, ni poca ni mucha. La acelerada prudente es aquella que no exige una posterior frenada porque hemos acelerado demasiado. Aquí la prudencia exige también atención, evitar distracciones, un estado de ánimo sereno, etc.

También es importante la prudencia en el ámbito de las relaciones humanas. Comienza por la observación profunda del otro. Sería entrar en su realidad. Algo tan importante como es la confianza debe ser administrada también con prudencia. ¿Por qué? Pues porque la persona que la experiencia nos demuestra que dice siempre la verdad, que es de fiar, que no habla mal de nadie… este tipo de persona es merecedora de confianza. En cambio hay gente que no merece esa confianza porque ves que falta a la verdad, encuentras engaño, ves que hace juicios precipitados e injustificados, que con mucha facilidad habla mal de la gente. Aquí la prudencia está en en el trato con estas personas, eso sí, con todos los respetos, pero el trato debe tener unas necesarias reservas, precisamente porque no son merecedoras de confianza.

También la palabra deben ser prudentes. No podemos decir cosas como seguras cuando no lo son. No podemos dar por cierto lo que no sabemos. Una persona prudente nunca hará juicios sobre las personas. Cada persona es fruto de sus circunstancias, por eso es tan difícil ser justo en el juicio a las personas. Por ello es prudente juzgar los hechos pero no las personas. Los expertos dicen que la actitud negativa ante la vida genera sufrimiento mental de la persona, y esto nace cuando juzgamos negativamente los hechos y las personas. Por eso es tan importante la prudencia de la palabra. La palabra puede ser un vehículo de enfrentamientos, pero también puede ser un vehículo de paz. La palabra puede hacer mucho daño cuando mira lo negativo, cuando insulta, cuando desprecia, cuando provoca enfrentamiento. En cambio la palabra que mira lo positivo, que anima, que valora al otro, que no lo juzga, la palabra que se hace silencio para escuchar las razones del otro, esa es la palabra prudente que se transforma en constructora de paz. La palabra que más hace falta en estos días tempestuosos que vivimos.

Acerca del autor

Licenciado en Ciencias Químicas, Master en Astronomía, casado con Blanca, dos hijos, cuatro nietos, colaborador habitual de Ràdio Estel, de Ciutat Nova y de CAT-Diàleg. Asesor ocasional de la Eurocámara en temas de medio ambiente.

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