La información recibida forma parte de una rutina de entretenimiento, que no nos compromete a nada

 

Parece que no se da la importancia que tiene la sensibilidad hacia el otro. Incluso personas como Jean Paul Sartre, dijo estas frases tan duras como desafortunadas: “El otro es mi infierno” y también “El otro es el limitador de mi libertad”. Seguramente expresaba con estas palabras, experiencias de relaciones personales conflictivas.

Así hemos visto como a lo largo de la historia del pensamiento, se ha dado relieve a cualidades como la inteligencia, la memoria, las habilidades culturales o artísticas, pero en cambio no se ha dado la importancia que tiene la sensibilidad humana.

Ser sensible con el otro, es estar atento a sus necesidades, escucharlo, y si es necesario, ayudarle. Pero parece, desgraciadamente, que en esta sociedad hiperconsumista, domina el egoísmo, la vida autoreferenciada, el deseo de poseer y de presumir de las cosas poseídas. Todo ello forma un conjunto de actitudes que se oponen radicalmente a la sensibilidad hacia el otro.

Abrimos el periódico, y vemos situaciones trágicas. Leemos que en la República Democrática del Congo, se han diagnosticado más de 310.000 casos de sarampión. Han muerto más de 6.000 niños, cuando aquí es una enfermedad que hace muchos años que tenemos controlada. Pasamos página, leemos el fútbol, y una vez terminado el café, doblamos el periódico, y hasta el día siguiente. El periódico ya es parte de nuestro paisaje, pero la información recibida forma parte de una rutina de entretenimiento, que no nos compromete a nada. Podríamos decir que la insensibilidad está  al orden del día, hasta el punto de que tendemos a considerar, la sensibilidad, la ternura, la compasión como un signo de debilidad.

Algunos autores como Friedrich Nietzsche llegan a calificar la sensibilidad hacia el otro como un “sentimiento femenino”. Y aquí deberíamos estar muy atentos con esta expresión de Nietzsche. No sabemos lo que pensaba cuando decía estas palabras, si lo hacía con carácter peyorativo, o por el contrario, eran una visión del “vitalismo” por el derecho a una vida digna.

Con todo hay que decir en clave positiva, que las situaciones de crisis, abren una brecha en favor de la sensibilidad, porque cuando las dificultades o los padecimientos tocan muy de cerca y se viven en primera persona, se puede comprender con más claridad, las dificultades o sufrimientos de los demás. Esto es la compasión, estar abierto al bien o al mal del otro, sin dejar de respetar su alteridad. La sensibilidad hacia el otro, crea un espacio donde ninguno de los dos son absorbidos por el otro.

Esta es la paradoja del amor. Se ama aunque no se compartan sentimientos o convicciones. Es aquella unidad que incluye la diferencia.

Este artículo ha sido publicado en: Converses a Catalunya

 

Antoni Pedragosa
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