El otro día iba caminando por una acera ancha, de una calle amplia, de la ciudad en la que vivo. A esa hora no había demasiado tráfico, ni de vehículos ni de personas. Resultaba agradable caminar tranquilamente dirigiéndome hacia el lugar donde debía realizar una sencilla gestión.
Mientras caminaba se me pasaba por la cabeza la posibilidad de si me encontraría, así por casualidad, con alguna persona conocida. Quizás alguna persona amiga, algún familiar, algún compañero de asociación o excompañero de trabajo… Dentro de mí iba creciendo la idea de que, si encontraba a alguien, le propondría ir a tomar un café y charlar un rato. Enseguida me di cuenta de que no era una intención nada habitual en mí.
La calle era larga y recta y de vez en cuando miraba tan lejos como podía para ver si aparecía algún conocido. Nada de nada. Obviamente, cada vez estaba más cerca de mi destino y empecé a pensar que da igual que, aunque me encontrara a alguien, fuera quien fuera, no aceptaría una propuesta como aquella, porque todo el mundo va y viene por calles y plazas con alguna finalidad. Todo el mundo va a algún sitio donde debe llegar a una hora precisa. Todo el mundo vuelve a casa o va hacia el trabajo porque hay alguna tarea que le espera. De hecho, también yo me dirigía a un sitio concreto, a hacer una gestión concreta, pero ese día no tenía prisa.
Entonces, tomé conciencia de mi reloj interior. Un reloj que en ese momento no tenía prisa, necesitaba detenerse, tomarse un respiro, poder hablar con alguien, compartir un buen café, o una infusión o lo que sea. Generalmente no tenemos tiempo, porque nuestros tiempos los miden y marcan los relojes (aunque sean inteligentes) y los calendarios. Pero las personas tenemos unos ritmos, personales e intransferibles, que van más ligados a los estados de ánimo, a las emociones, a las sensaciones, a unas necesidades fundamentalmente espirituales y que nada tienen que ver con ingenios medidores de tiempo.
Detenerse a charlar alrededor de una mesa sin ningún objetivo concreto puede parecer una pérdida de tiempo. Esta idea de que lo que vale realmente la pena son aquellas actividades que resultan productivas, que hay que hacer las cosas con eficacia y eficiencia y que todo debe tener un objetivo, ha empapado hasta el tuétano la sociedad actual. Perder tiempo puede que se incluya en la lista de pecados del siglo XXI…
La vida en el campo, todavía ahora, tiene unos ritmos más ligados a la naturaleza, a las estaciones, al clima y a la lluvia. Para sembrar no es necesario mirar el reloj y para recoger es necesario mirar más la maduración de lo sembrado, que la fecha del calendario. Seguramente son ritmos más humanos. Ritmos que dejan espacios a las relaciones. Porque las relaciones necesitan tiempo; hace falta tiempo para la conversación, para escribir un correo electrónico o un mensaje en un chat, tiempo para hacer aquella llamada de teléfono o aquella videoconferencia que hace tiempo sé que debería haber hecho, tiempo para pasear por la naturaleza, junto al mar, de vagar sin rumbo…
Creo que es necesario recuperar los ritmos humanos tratando de arañar protagonismo en las máquinas que nos miden los tiempos y nos marcan los ritmos. Detenerse, dejar espacio para lo no previsto ni medido, abrir rendijas para cultivar las relaciones, para encontrar y para encontrarnos, para curiosear, para contemplar.
Aquel día no tomé ningún café, ni tuve ninguna conversación, pero invertí un precioso tiempo sentado en un banco de un parque, masticando una lección que, hasta ahora, no había estudiado.
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.
