Hablar de globalización, es sobretodo hablar de interrogantes. Nadie discute la intensidad del fenómeno, pero pocos se atreven a poner la brújula para tratar de averiguar hacia dónde nos lleva este camino. El argentino Néstor García Canclini (1939, La Plata), describe la globalización como un “proceso de fragmentación del mundo, con una recomposición posterior de los fragmentos”[1]. También el sociólogo inglés Anthony Giddens (1938, Londres) dice que se trata de un proceso que genera nuevas esperanzas y, al mismo tiempo, abre grandes interrogantes. Son muchas las dudas a la hora de ver las posibilidades de supervivencia de la recomposición de la rotura. Parece contradictorio, pero la globalización, tal como se nos plantea, es fundamentalmente económica y financiera, provocando la desintegración de la producción[2] y una gran fragmentación social.
Después de la experiencia negativa vivida durante la década de los treinta del siglo pasado, a raíz de la grave crisis del 29, la materialización del GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio), hizo caer las barreras a favor del libre flujo de bienes, servicios y capital. Esto abrió la puerta al mercado mundial y a la producción allí donde sea más beneficioso para los fabricantes. En los últimos 60 años, el valor del comercio mundial se ha multiplicado por 16, mientras el de la producción lo ha hecho sólo por 6. A este hecho, es necesario añadir el desarrollo acelerado de las comunicaciones, el aumento imparable de la capacidad de procesamiento de la información y la evolución de las tecnologías aplicadas al mundo del transporte que han permitido reducir los costes y aumentar los volúmenes.
Todo este cuadro, ha ido perfilando un cambio estructural profundo en el equilibrio de la economía mundial. A un lado del escenario se dibujan grandes beneficios y oportunidades de crecimiento económico; mientras en el otro, se plantean importantes retos a los gobiernos de los estados, que se ven incapaces de poder resolver situaciones de sobrepasan las fronteras de su supuesta soberanía y también a los ciudadanos, devaluados a la categoría de consumidores. Una trama donde toman protagonismo ganadores y perdedores, dando paso a un mundo de desequilibrios y desigualdades cada vez más acusadas. A la guionista, la integración financiera sin alma, desconocedora del término solidaridad, parece no importarle demasiado cuál sea el final.
Nos encontramos lejos del personalismo de Max Scheler (1874, Munich – 1928 Frankfurt) defensor de que el hombre debe ser autor, centro y fin de cualquier proceso histórico. Apuesta pues, por una globalización con criterios éticos, que respeten los derechos humanos, fundamentada en la solidaridad y con la finalidad del bien común universal. Parece que nos encontramos más cerca de los retos que expresa el filósofo alemán Jürgen Habermas (1929, Düsseldorf) que ve en la globalización un proceso de cambios que obligan a repensar los fundamentos de las democracias liberales y del estado social y de derecho. Un tormentoso giro de paradigmas, ansioso de voces que puedan aportar chispas de luz.
También la Doctrina Social de la Iglesia cataloga la globalización como un fenómeno complejo y polivalente que comporta riesgos y oportunidades. Insiste reiteradamente en la necesidad de reorientarla desde la preocupación por la justicia, la igualdad y la solidaridad. En el contexto de la DSI, crear una cultura de la solidaridad es el elemento clave. Globalizarla, el gran reto y la gran tarea a desarrollar. Juan Pablo II, en su mensaje a la Jornada Mundial por la Paz de 2005, coincidiendo con el economista Jeffrey Sacks (1954, Detroit) y también con Bono, el cantante irlandés del grupo U2, denuncia el drama de la pobreza que considera estrechamente vinculado al problema de la deuda externa de los países pobres, en el contexto de una globalización que genera injusticia. La encíclica “Caritas in Veritate” (Benedicto XVI, 2009) considera que la interdependencia planetaria necesita encauzar su dinámica desde la civilización del amor (CV33). La aportación crucial de este documento, es la propuesta de revisar la teoría y la práctica económicas, tomando como base la ética de la gratuidad y la fraternidad. El sector económico no es éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Sólo recuperando la vocación original de la economía, en esta época de globalización, se puede fomentar y extender la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común.
Ante las críticas de que, todo esto, sea sólo un puro idealismo sin contenido, la propia CV recoge la influencia de una nueva corriente de pensamiento y de política, que encuentra su encarnación en la economía de comunión, entre otras iniciativas, y en las aportaciones de los profesores Stefano Zamagni y Luigino Bruni. Una nueva manera de ver y de vivir la economía que, partiendo de la base de que la lógica del don no es ajena al mercado, hace posible incorporar el principio de reciprocidad a las actividades empresariales.
El Papa Francisco, en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” (2013), denuncia el desarrollo de la globalización de la indiferencia que actúa de antídoto de la idea de que el mercado libre acabará generando crecimiento e igualdad al mismo tiempo, mientras los excluidos siguen esperando. Apuesta también por frenar el acelerado deterioro de las raíces culturales, favoreciendo una globalización que haga compatible la tensión local con la global. Faros de luz, que pueden ayudarnos a nosotros, actores principales de esta obra, a hacer de la globalización, el camino hacia el mundo unido.
[1] N.GARCIA, “Consumidores y ciudadanos” (conflictos multiculturales de la globalización), Grijalbo, 1995
[2] R.FEENSTRA, “Integration of Trade and Disintegration of Production in the Global Economy”, Journal of Economic Perspectives 4/XII (1998), 21-50
Este artículo se publicó en Ciudad Nueva (Enero 2017)
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.
