El odio forma parte de los sentimientos que podemos experimentar como seres humanos. Parece que los animales no experimentan este tipo de sentimientos agresivos hacia los de la misma especie, al menos no en el sentido de un sentimiento constante de repugnancia o aversión profunda hacia otro animal. En ese sentido, la amistad y el amor se pueden considerar como experiencias propias de las personas humanas y no del mundo animal. Por lo tanto, odiar y amar se presentan como dos rasgos propios de las personas, es decir, de los seres más evolucionados del planeta Tierra.
Todos los que queremos un mundo mejor, y creemos en la fraternidad universal, intentamos hacer del amor nuestro compañero de viaje, dejando el odio y la denigración del otro dentro de la papelera, con las cosas inútiles. Ahora bien, parecería que, en medio del clima sociopolítico que vivimos actualmente, los insultos hacia el otro y las demostraciones de odio se han transformado en nuestro pan cotidiano. Personalmente me duele profundamente ver publicado un artículo como: “Ni diálogo ni mariconadas con los sediciosos catalanes: Las guerras se ganan aplastando al enemigo” o escuchar hablar del Gobierno de España como de unos “fascistas”.
Obviamente, estas no son las actitudes de la mayoría de la población, pero sí que representan una corriente en la cual todos nos podemos encontrar sumergidos: todos nosotros podemos pasar de la ira al odio. De hecho, las emociones y los sentimientos que experimentamos en torno al llamado “proceso” son muy fuertes y profundas. He visto mucha gente de bien, amigos profundamente pacíficos y personas que quieren construir un mundo más unido que, de repente, se han encontrado entre las manos algunos sentimientos de ira que comienzan a transformarse en pequeñas semillas de odio. Lo encuentro normal porque llega un punto en el cual resulta fácil hacer del otro un enemigo, pero ni lo justifico ni me parece que podemos quedarnos de brazos cruzados.
Si comenzamos a experimentar un rechazo, desazón, ira o incluso odio hacia una persona, por sus ideas o posturas políticas, quiere decir que tenemos que ensanchar nuestro corazón. Para poder construir la fraternidad universal hay que tener un corazón magnánimo, cada vez más grande y generoso. Un corazón en el cual puedan caber cada vez más colores, banderas y posturas políticas. No podemos seguirle el juego al odio y, mucho menos, al desprecio del otro. El desafío consiste en no perder de mira el hecho de que el otro es otro yo. De hecho, encontramos una fuente de vida cuando conseguimos experimentar que: cada persona humana es más persona y más humana en la medida que es capaz de acoger en su corazón siempre más variedad y diversidad.
Acerca del autor
Argentino trotamundos y catalán por adopción, interesado desde siempre en el misterio del Amor, un poco existencialista y bastante enamorado de las lecturas y las metáforas.
