Por razones profesionales, me he encontrado a menudo hablando de la importancia capital que tienen los recursos humanos para cualquier empresa. Mucha gente tiende a pensar que las inversiones, la tecnología y las instalaciones son los activos principales de una empresa. Muy al contrario, el principal capital son las personas. Esta idea la considero también válida para el conjunto de la humanidad. Pienso que se podrían esgrimir muchos argumentos a favor de esta tesis, pero existe uno que considero fundamental: la persona está dotada de una dignidad que no tiene ningún otro ser vivo y, por descontado, ninguna otra cosa por valiosa que ésta sea. La dignidad es aquel elemento que compartimos todos los seres humanos y su defensa universal, para todo el mundo, sin discriminaciones, es el motor del verdadero desarrollo. Pienso que es significativo que el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclame: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Están dotados de razón y de conciencia y han de comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

El filósofo griego Aristóteles, en el siglo IV antes de Cristo, manifestaba que “la dignidad no consiste en nuestros honores, sino en el reconocimiento de merecer aquello que tenemos”. Posteriormente, el cristianismo, fundamenta la dignidad en la creación de la persona a imagen y semejanza de Dios. Esto la desvincula de cualquier dependencia externa y la universaliza a la totalidad del género humano, sin distinción de ningún tipo. En el siglo XVIII, Immanuel Kant presentaba el ser humano con una dignidad y un valor absoluto que no se puede sustituir por ningún otro valor y, en este sentido, escribía: “la paz mundial perpetua nace de la dignidad humana”. Los horrores de las guerras y la barbarie de los sistemas totalitarios, especialmente durante el siglo XX, tuvieron un gran peso para incluir la dignidad humana como referencia principal para el reconocimiento de los derechos. En este sentido, el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, llega a decir: “la dignidad humana configura el portal a través del cual el sustrato igualitario y universalista de la moral se traslada al ámbito del derecho” hasta el punto que “la idea de dignidad humana es el eje conceptual que conecta la moral del respeto igualitario de toda persona con el derecho positivo y el proceso de legislación democrático, de tal manera que su interacción puede ser el origen de un orden político fundamentado en los derechos humanos”.

Un gran valor que debemos custodiar y proteger entre todos. Así lo hace notar el misionero catalán Vicens Ferrer cuando afirma que “es trabajo de todo hombre convertir en dignidad la crueldad y la injusticia”. También la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), especialmente en épocas recientes, hace llamamientos continuos al reconocimiento jurídico de los derechos humanos. El Papa Francisco, el 25 de noviembre de 2014, en una intervención en el Parlamento Europeo manifestaba que “promover la dignidad de la persona humana quiere decir reconocer que tiene derechos inalienables que nadie le puede quitar arbitrariamente y, aún menos, por intereses económicos”.

Parece pues urgente, además de capital, poner de relieve más que nunca, que independientemente de nuestra condición social, de nuestra capacidad intelectual, del género, del origen o del color de la piel, las personas compartimos un valor: la dignidad. Una fuente de energía que continúa brillando siempre. Incluso cuando alguien degrada o humilla a otro ser humano, aún atenuándose, no se apaga jamás. Es una fuerza interior de la persona que nos mantiene en pie a pesar de las adversidades. Respetar esta fuente de energía compartida es básico para generar una convivencia pacífica. La violencia de género, los sin techo, la explotación laboral, las desigualdades, … son agresiones contra la dignidad humana. Quizás es difícil explicar con palabras el concepto de dignidad humana, pero lo que sí podemos saber son las condiciones necesarias para evitar que sea atacada: respeto, tolerancia, comprensión, paciencia, .. Nadie tiene derecho a considerar indigna a otra persona. Todo el mundo, incluso los que consideran que la han perdido, tienen su propia dignidad. En estos casos extremos, sólo queda una posibilidad, darles la mano y ayudarlos a levantarse.

Es posible que la dignidad y los derechos humanos nunca hayan sido tan vulnerados de forma tan sistemática como actualmente. La situación económica y moral que vivimos ayuda muy poco al objetivo de que los derechos humanos sean respetados de forma estructural. De hecho, algunos autores declaran que lo más universal de la Declaración de los Derechos Humanos es su negación. Son necesarias pues voces claras y potentes que impulsen la reconstrucción de esta degradación. Es precisamente esto lo que hace la DSI cuando insiste en la necesidad de buscar un fundamento de los derechos que los independice del consenso político. Es cierto sin embargo, que las dificultades de superación de las diversidades culturales, ponen más difícil la universalización de los derechos fundamentales. Son muy relevantes en este sentido, las aportaciones de Raimon Panikkar quien, en su búsqueda de analogías existenciales funcionales, aporta elementos interesantes para el diálogo intercultural en un mundo secularizado y plural, donde la ley natural – con una adecuada y humana perspectiva – puede ser una forma interesante de encontrar las bases prepolíticas que unan a los pueblos. Panikkar trata de sentar las bases que permitan el reconocimiento de la dignidad y de los derechos humanos en cualquier época y situación.

Todos tenemos acciones de este capital y no podemos permitir que sea un valor que se siga cotizando a la baja.


Este artículo se publicó en Ciudad Nueva (Julio – Agosto 2015)

Acerca del autor

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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